PUMUKY 2009

Pumuky, equilibrio-desequilibrio

 

Detrás de Pumuky se esconde Jaír Ramírez, quien comenzó su andadura allá por 2002 bajo el nombre de Alex Kid en el país de las tormentas, con el que consiguió sonar habitualmente en distintas emisoras y obtener excelentes críticas en diversos medios. Como Pumuky editó De viaje al país de las tormentas, en el 2006, en Federación de Universos Pop, y el mini-LP Los exploradores perdidos, al año siguiente, para Lejos Discos. Ahora publica su nuevo álbum, El bosque en llamas. El grupo lo forman hoy Jaír Ramírez, Noé Ramírez, David Jiménez, Tomás García, Nacho Yoldi, Vicente Rosati y Edu Martínez. Jaír es quien contesta a nuestras preguntas.

 

Los dos primeros trabajos de Pumuky se publicaron en Federación de Universos Pop y Lejos Discos. ¿Cómo te enfrentas a esta nueva etapa con Jabalina para El bosque en llamas?

– Nos encontramos muy a gusto en Jabalina. Nos dan cariño y no nos tienen muy en cuenta nuestras rarezas… ¡Qué más se puede pedir!

 

Tengo entendido que la grabación del disco en Friol con Arturo Vaquero fue complicada. ¿A qué se debió?

– Aunque David, Noé y yo llevábamos tiempo trabajando en las canciones que luego formarían El bosque en llamas, el resto de músicos que ahora nos acompañan entraron en la banda justo antes de ir a grabar, por lo que tuvimos muy poco tiempo para preparar el repertorio con ellos y hacerles entender qué es lo que perseguíamos con estas canciones. Ya en el estudio tampoco disponíamos de todo el tiempo que nos hubiera gustado para registrar lo que teníamos en mente, que era bastante, por lo que siempre íbamos a contrarreloj. Fue una grabación compleja, agotadora, incluso desquiciante por momentos. Aun así guardo gratos recuerdos de aquellos días fríos que pasé con mis compañeros y con Arturo en aquel apartado paraje gallego.

 

¿Estás contento con los resultados? ¿Se parece a la idea que tenías antes de entrar a grabar?

– Salí del estudio anímicamente tocado pero creo que fue por la presión y el agotamiento acumulado. Aunque desde el principio de la grabación lo llevábamos todo bastante estructurado y organizado, y nunca se nos llegó a ir de las manos completamente, al final tenía la sensación de no saber exactamente qué demonios habíamos grabado; solo tenía la certeza de haber registrado decenas y decenas de pistas por canción, y que cuando las hacías sonar todas juntas daban dolor de cabeza. Semanas después, cuando nos enfrentamos de nuevo a las canciones con los oídos más descansados y sanados, empezamos a depurar las mezclas y a verlo todo más claro. De nuevo fuimos conscientes de que el resultado final se había mantenido fiel a cómo sonaban las canciones en nuestras cabezas antes de entrar en el estudio, y eso nos alegró mucho. Personalmente estoy satisfecho con el resultado, aunque uno luego tenga ese lado instigador que piensa que las cosas siempre se pueden hacer mejor.

 

¿Se podría decir que en este disco hay un concepto detrás de las canciones relacionado con el fuego, las llamas, los sentimientos vivos?

– No escribí ninguna canción pensando en la anterior, pero cuando ya tenía un puñado de ellas me di cuenta de que todas giraban en torno a cierta temática a las que se le podía buscar un paralelismo asociado al poder destructor, y regenerador, del fuego. A su luz y a su oscuridad, a su intensidad vital…

 

En las letras también parece que hay una preocupación especial por el paso del tiempo. ¿Producto de la reflexión, crecer…?

– Sí existen esas referencias, pero no lo veo como una preocupación especial. Creo que lo normal, a los 15 años y a los 75, es ser consciente, y reflexionar, sobre el paso del tiempo, sobre la vida a fin de cuentas.

 

Aunque se puede hablar de cierto desasosiego en las letras, siempre aparece la esperanza o luz al final, ¿no?

– Si no se tiene al menos un atisbo de esperanza fallarían las fuerzas hasta para sostener un lápiz en la mano e intentar expresar ciertas ideas. Tampoco tendría mucho sentido hacerlo. Si he tratado sobre sentimientos sombríos es porque éstos me han empujado de una forma más intensa a escribir, a diferencia de otros estados de ánimo más amables que me han incitado menos. Me ha sucedido así durante un periodo de tiempo, pero no tiene por qué ser siempre así. De todas formas, no hay solo tristeza y desasosiego en las letras de Pumuky. Una melodía pausada automáticamente se interpreta como una canción triste, cuando no tiene porqué serlo. Me considero una persona equilibrada/desequilibrada y feliz/triste en un grado óptimo, y soy bastante optimista. Esa fachada de felicidad desbordante que algunos proyectan es solo un obcecamiento transitorio, una estúpida ceguera auto impuesta; la tristeza de otros es simple orgullo y egoísmo, estupidez también, a fin de cuentas. Claro, también habrá felicidad y tristeza por motivos legítimos. La vida a día de hoy da para lo que da, no hay que esperar ni más ni menos. La vida es maravillosa, como decía aquel.

 

 

 

 

¿Hasta qué punto utilizas las canciones para dar salida a tus sentimientos, como catarsis?

– Es uno de los usos que le doy, el terapéutico, digamos. El otro uso sería más bien lúdico: hacer música puede ser bastante divertido.

 

¿Se podría decir que cada vez expones más tus sentimientos, como en “Los Enamorados” o “La metamorfosis”? ¿Te importaría aclarar algo respecto a esas letras?

– Sí, es posible que me haya expuesto más que en ocasiones anteriores, con menos miramientos. A veces uno tiene la necesidad de exponer ciertos asuntos de forma directa, sin trucos para despistar al receptor. Quizás también vaya perdiendo las vergüenzas por el camino. Esas canciones que citas tienen letras muy explícitas, no creo que pueda aclarar nada más de lo que ya esté dicho… Dar más explicaciones sería exhibicionismo.

 

¿Cómo llegáis a esta ambientación sonora inquietante, oscura, que no creo que sea premeditado?

– No, no es premeditado. Imagino que los acordes que captaron mi atención en el estado de ánimo en el que me encontraba cuando escribía esas canciones serían presumiblemente acordes menores, que dan sensación de tristeza, o eso dicen los musicólogos. El BPM pausado de los ritmos también tiene mucho que ver. Si simplemente le subiéramos la velocidad, se convertirían en canciones mucho más festivas. La gente canturrea sin darse cuenta verdaderas tragedias con una sonrisa de oreja a oreja, sólo porque el ritmo es más animado. Por lo demás, seguro que utilizamos instrumentos parecidos a cualquier otro grupo simpático.

 

 

Aunque en el fondo es pop, se agradece como oyente que no sea de forma evidente, sino que el disco necesita de la implicación del oyente, demanda atención. ¿Es ésa la música que más te llega?

– Los discos que han llegado a ser más influyentes para mí, y que me siguen gustando aunque los haya escuchado hasta la saciedad, normalmente han sido discos difíciles, con muchas aristas, que necesitabas escuchar muchas veces para poco a poco ir adentrándote en todos sus recovecos, que te permitían descubrir algo nuevo con cada escucha. Luego ya no te los puedes quitar de la cabeza. Por supuesto, también me puede gustar una sencilla y bonita melodía, sin parafernalias.

 

Da la impresión de que te gusta explorar nuevos caminos en cada disco, no repetir lo ya hecho. ¿Ves tú así esa evolución?

– Lo desconocido siempre es atrayente, estimulante. Como te comenté antes, veo la música también como algo lúdico; repetir siempre la misma fórmula sería muy aburrido. Estas inquietudes quizás nos hayan ayudado a conseguir cierta evolución y encontrar nuevas fronteras en nuestro sonido, pero tampoco es algo demasiado buscado ni calculado.

 

En este disco vuelves a grabar “El eléctrico romance de Lev Termen y la Diva del Éter”, que estaba en Los exploradores perdidos. ¿Alguna razón?

– Es una canción que nos gusta y que suele gustar; se convirtió en una especie de fetiche para nosotros. Vimos adecuado que también estuviera en este disco, y no solo en el EP donde era más fácil que pudiera pasar desapercibida. Por ello la volvimos a grabar, intentando que fuera fiel a la primera versión sin ser exactamente igual.

 

 

¿Se podría decir que Pumuky y Alex Kid en el país de las tormentas son proyectos personales tuyos y que cuentas con otros músicos para conformar la banda que te apoye en directo? ¿Hasta qué punto contribuyen ellos al sonido?

– Alex kid en el país de las tormentas, y luego Pumuky, comenzaron siendo un proyecto personal. Con el tiempo quise contar con la compañía de otras personas. Mi deseo era poder formar una banda al uso, donde todos estuviéramos a las buenas y a las malas, y con un sentimiento de apego al proyecto. Sin embargo me ha costado encontrar personas que estuvieran dispuestas a adquirir ese compromiso, y en los últimos años han ido entrando y saliendo gente de Pumuky, generándose un ambiente bastante inestable. Esto no ha contribuido a disfrutar de un espíritu de banda, donde cada uno tiene su peso específico en el grupo. Mi inclinación a necesitar controlarlo todo tampoco ayuda demasiado, aunque siempre intento que cada uno tenga su parcela creativa dentro del grupo, y que ahí pueda hacer y deshacer. En la actualidad el grupo de personas que me acompañan forman lo más cercano que he estado nunca de sentir que tengo una banda.

 

¿Cómo se lleva el tener una banda repartida por el Estado?

– Es complicado, y lo que peor llevo con diferencia. Alguna vez me gustaría sentir eso que sentirán otras bandas cuando tienen ensayos regulares y consiguen un control casi total sobre la interpretación de su música. Cuando piso un escenario suelo tener una sensación que creo que será parecida a la de realizar un salto al vacío; nunca tengo la certeza de lo que va pasar… mini suicidios públicos.

 

¿Hasta qué punto la continuidad del grupo ha estado en entredicho por la situación de la industria musical en España?

– Durante años nos dificultó mucho encontrar un sello que tuviera los medios para publicarnos el disco, perdimos años valiosos en el intento. Por fortuna, con el tiempo encontramos discográficas, Federación de Universos Pop, Lejos Discos y ahora Jabalina, que se liaron la manta a la cabeza y con mucha valentía sacaron nuestros discos, a pesar del panorama desolador.

Si nos moviéramos solo por intereses económicos, el grupo hace mucho que hubiera dejado de existir, pero estamos en esto por muchas otras cosas, así que la crisis de la industria musical no deja de ser algo anecdótico para nosotros, al menos a día de hoy. Por supuesto nos encantaría que todo fuera más fácil y que pudiéramos disponer de más medios y remuneraciones.

 

¿Nos puedes contar alguno de esos conciertos vuestros que no salieron todo lo bien que debieran?

– Los primeros conciertos que dimos, en Tenerife, los recuerdo especialmente traumáticos. La gente nos torcía la mirada como si fuéramos bichos raros, pero por lo general aguantábamos estoicamente la indiferencia y el murmullo generalizado. Recuerdo una vez que me venció la histeria y finalicé el concierto a los 10 minutos de empezar, esta vez en Las Palmas de Gran Canaria, porque el sonido de la sala se nos vino abajo. El técnico no parecía tener ningún interés en hacer algo por ir en nuestro auxilio, y un etílico grupejo cercano al escenario ya nos daba la espalda y hacían un corrillo mientras canturreaban algo parecido a una rumba catalana, con palmas y todo. Mi pobre nivel interpretativo algo tuvo que ver, asumo las culpas.

 

Por último, ¿cuál ha sido la anécdota más curiosa de estos años en la música?

– Creo que la anécdota más curiosa es que sigamos en esto de la música.

 

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