CAMPUS GALICIA ARTICULO LIBROS ROCK

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ULTRASÓNICA

ARTÍCULOS 2000


Libros rock, lectura imprescindible

 

Últimamente abundan los libros dedicados al rock, tanto biografías al uso como volúmenes mucho más profundos. No son las compañías discográficas las únicas que se lanzan con todos los medios a su alcance a por los consumidores del rock. También las editoriales quieren su tajada del pastel. ¿Y a nosotros que narices nos importa si el caso es tener libros decentes en las librerías? 

Lo más curioso del fenómeno es que si hasta hace muy pocos años la bibliografía rock era muy, muy escasa por aquí, ahora llueven los libros rock. No todos son recomendables, pero suponemos que las editoriales, al igual que las multinacionales del disco, tienen que tener su parte de chicos de la calle de atrás y chicas especiadas en los quioscos para poder poner en el mercado otras cosas. Tampoco lo que se edita está al nivel de otros Estados, pero allí el mercado es más grande, tienen más tradición y un libro documentado sobre rock está bien considerado. Aquí, por ahora y por desgracia, sigue siendo un género menor. 

De todas formas, publicaciones como las que ahora comentamos empiezan a romper con esa tendencia. Para empezar, cabe referirse a la imprescindible colección “De música” de la editorial La Máscara, que ya nos ha dado títulos completísimos como Satanismo y brujería en el rock, Geografía del rock, Historia del rock, La censura en el rock o Diario del Rock, entre otros. 

En los últimos meses han editado un volumen titulado La gran guía del rock en CDs, escrito por Jordi Bianciotto con voluntad enciclopédica. En él se repasa toda la discografía que se puede conseguir en disco compacto de 400 grupos y solistas de la escena pop-rock internacional. Desde los años 50 hasta el año 98, con especial incidencia en los 90, se repasa la producción de las figuras más relevantes de estas cuatro décadas, con puntuaciones orientativas muy acertadas, breves comentarios sobre los discos más relevantes y una pequeña ficha de cada artista. Además, también recoge una parte de la escena estatal, lo que lo diferencia de otras publicaciones extranjeras similares y de todo lo que puedas encontrar en Internet. Evidentemente, y a pesar de cubrir una laguna muy importante en el campo editorial español, los 400 nombres se quedan cortos y siempre se echará alguno de menos, pero el intento era necesario y ha quedado muy digno. 

Por su parte, Radio 3: 20 años se dedica a homenajear a la emisora a la que tanto le debemos con motivo del vigésimo aniversario de su creación, que se celebró el año pasado. En este caso, y con la pluma de muchos de los que han sido los responsables de su programación –Jesús Ordovás, José María Rey, Julio Ruiz, José Miguel López, Tomás Fernando Flores, Ramón Trecet, Lara López, Iñaki Peña, Diego A. Manrique, Juan de Pablos, Manolo Ferreras- y de otros que crecieron escuchándolos y que han cimentado su carrera en el apoyo de la emisora –Pedro Almodóvar, Alaska, Radio Futura, Dover, Miguel Anxo Prado, Lucía Etxebarría, Fernando León….- se hace un balance de la cadena que más ha tenido que ver en la agitación musical, cultural y social entre la juventud de la historia de la reciente democracia. No esperes encontrarte con una historia detallada, pero sí con una crónica sentimental de veinte años de emoción. 

El título de Cadáveres bien parecidos remite bien a las claras a su contenido: la crónica negra del rock. Desde las muertes prematuras de estrellas como Buddy Holly, Jimi Hendrix, Jim Morrison o Janis Joplin, cuando el rock aún no había hecho más que comenzar a andar, hasta las más recientes de Kurt Cobain o Michael Hutchence. Ahí están todos los muertos que vivieron deprisa y dejaron un bonito cadáver, con las causas de sus fallecimientos. No hay lugar para el morbo pero sí para una crónica perfectamente detallada, en la que Jordi Bianciotto actualiza el trabajo que en 1987 hiciera Jordi Sierra i Fabra. 

El más reciente de estos completos trabajos es Rock en el cine, escrito por Jordi Bianciotto, centrado en las relaciones que desde los años 50 han mantenido ambas artes. El recorrido se abre con una breve cronología introductoria y continúa con el análisis de más de 450 películas que tienen una estrecha relación con el rock, bien por su significado histórico, por su banda sonora, su argumento o sus protagonistas. Además ser recogen otros 350 títulos con alguna relación con el rock, así como la filmografía de músicos y grupos de todos los tiempos. Si realmente hay algún error en todo este apasionante recorrido, es algo que puede llevar días descubrir. 

Queda para el final una nueva biografía sobre The Clash –Fuera de combate- escrita por uno de los dos directores de Ruta 66, Ignacio Juliá. Como todos los trabajos de la colección “Imágenes de rock”, se completa con una discografía, póster y carátulas de CD con información sobre los discos. El libro cuenta con una amplia selección de fotos y un buen resumen de la importancia y la historia de los Clash. Los hay más completos, pero difícilmente habrá un libro dedicado a The Clash de tanto contenido visual. 

Xavier Valiño

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ARTÍCULOS 2000


Lectura rock, de los 60 a la revolución sexual

 

        Al igual que en el número anterior, cabe reseñar una vez más la aparición de libros centrados en fenómenos o en artistas del rock, que contribuyen a acercar más su obra a sus seguidores, a destripar parte del contenido de la trayectoria de ciertos artistas y a darle a la música contemporánea un cierto halo del que no anda muy sobrado. 

        Para empezar, hemos de mencionar la imprescindible colección “De música” que ya nos ha dado títulos completísimos como, entre otros, Satanismo y brujería en el rock, Geografía del rock, La censura en el rock, Cadáveres bien parecidos o Rock en el cine

        En las últimas semanas se ha editado un volumen titulado La revolución sexual del rock, escrito por Jordi Bianciotto. En él se repasa el componente sexual del rock, evidente desde los primeros contoneos de Elvis Presley, y que ha continuado, a través de figuras como la de Madonna, hasta nuestros días. Para ello se ha dividido el libro en once capítulos, un anexo de letras de canciones seleccionadas y con relación con el tema, declaraciones diversas y jugosas de las estrellas del rock y una galería denominada erógena, en la que se recogen los mitos sexuales de estos casi cincuenta años de historia del rock. 

        Lo mejor del libro está en que propone toda una revisión del sistema de valores dominante en el rock, desmontando, como no podía ser menos a poco que se profundizase en el tema, la pretendida liberación e igualdad sexual que el rock ha traído a nuestra sociedad. Bajo el amparo de la sociedad-espectáculo y avivado por una audiencia que rinde culto al escándalo, el rock ha creado monstruos: atropellos sexuales por parte de líderes altivos y exhibicionistas, institucionalización de la mujer objeto y perpetuación de valores atávicos en la relación entre el mundo masculino y el femenino. 

        De este modo, se pasa revista a la galería del folclore propio del género, pero va más allá y utiliza una descripción de este escenario grotesco para proponer un debate sobre el agotamiento del rock como lenguaje subversivo y su sumisión a esquemas regresivos. Su visión crítica se dirige, en primer lugar, al mito de la estrella masculina, pero apunta también hacia el acomodo de la mujer en su papel actual de diva de la seducción mediática. Su mirada atenta a subgéneros como el heavy metal, el hip-hop, el soul, el pop para fans y el rock alternativo da forma a una tesis que colisiona abiertamente con la función transgresora que la sociedad ha otorgado tradicionalmente al rock. 

        Dentro de la colección “Todas las músicas” aparece un nuevo volumen dedicado a The Beatles. En principio, podría pensarse que ya poco queda que decir sobre el cuarteto de Liverpool, pero lo cierto es que en este libro siempre habrá algo que sorprenda. Se trata de una recopilación de las anécdotas más divertidas de los Beatles: infidelidades, drogas, manías, gamberradas, traumas, detenciones, escándalos y complejos que, además de influir en sus canciones, contribuyeron a convertir a la banda en uno de los mayores fenómenos del siglo XX. 

        Es cierto que buena parte de todas estas anécdotas son célebres, pero aquí están recogidas en un único libro, y siempre habrá algún detalle desconocido hasta para el más atento seguidor de las andanzas del cuarteto. Lo más sorprendente, por mucho que su trabajo pueda haberse limitado a la recopilación de historias sobre los músicos, es que el libro lo ha escrito una joven de quince años, Helena Celdrán. 

Siempre hay novedades en el mercado editorial que se centran en la biografía de un artista de especial relevancia. El primero de los dos que aquí comentamos se titula Bob Dylan, una introducción. Y eso es lo que ha pretendido Darío Vico, consciente de que hay bastantes personas en nuestro Estado que conocen más sobre el cantante norteamericano que él mismo. 

        Así que el enfoque es lo que más se agradece, siendo crítico o añadiendo unas gotas de humor y subjetividad que hacen su lectura más amena. Por ello las omisiones se perdonan más, como la casi nula mención a su mejor disco de los últimos quince años, Oh Mercy, también relegado a un segundo plano en la más que acertada calificación final de los discos de Dylan. Evidentemente, contarlo todo sobre Bob Dylan necesitaría de varios tomos y un acercamiento en profundidad a la obra de quien ha estado nominado al Premio Nobel en más de una ocasión no parece tarea fácil ni es el cometido de la colección “Imágenes del rock”. 

        En la misma colección aparece ahora también Van Morrison, Belfast Cowboy. En este caso sus autores, Juan Vitoria y José Díez han optado por la crónica de su historia sin más, en una formulación bastante más tópica, con lo que su lectura pierde en interés si no se van buscando datos concretos sobre su obra y su biografía o si no se toma como un primer acercamiento a la obra del león -¿cowboy?- de Belfast. La discografía está bastante completa, aunque se limita a las ediciones oficiales, aunque no se entiende que para las fichas de los CDs se hayan dejado fuera logros como It’s Too Late To Stop Now o Hymns To The Silence.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO GORAN BREGOVIC

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Goran Bregovic

El latido de los Balcanes

         Fue en 1989, durante el Festival de Cine de Cannes, que el público pudo empezar a apreciar por primera vez el acento nostálgico de unos repetitivos acordes llenos de lirismo que resaltaban, como un motivo encantado, las impactantes imágenes de la película de Emir Kusturica El tiempo de los gitanos

         “Ederlezi”, una canción basada en un retazo de una melodía procedente del folklore albanés, iba a ser la pieza definitiva para catapultar a Goran Bregovic al reducido coto de los compositores de culto de música para películas, revelando al mismo tiempo su variado talento, tanto a la gente de la industria cinematográfica como al público internacional ávido de nuevas emociones. 

         En el tiempo de unos escasos diez años, Bregovic escribiría algunas bandas sonoras excepcionales, entre las más hermosas de la década, en especial aquellas que extendieron su colaboración con su alter ego Kusturica para una trilogía ya legendaria: El tiempo de los gitanos, El sueño de Arizona y Underground.  

         No sería todo: asimismo compondría, manteniéndose fiel a su arte del collage, algunas extrañas y cautivadoras melodías para La reina Margot, la magnífica evocación del siglo XVI hecha por el director Patrice Chereau, y pondría su pluma también al servicio de Train de vie, de Radu Mihaileanu y Lionel Abelanski, y Kuduz, de Ademir Kenovic. 

         Lo más curioso es que Bregovic no fascina por conformarse a aquella vieja regla que dice que una buena banda sonora es aquella que no se escucha, sino, precisamente, por todo lo contrario, por retar tal afirmación y oponer la salud de su propio universo a los trabajos de los directores de esas películas, sin ceder un ápice en sus principios estéticos. 

         Bregovic no es uno de esos ilustradores-compositores que intenta con su música seguir el rastro y el dictado de unas imágenes, como si de una fantasía por encargo a medida se tratase, realzando devotamente cada emoción, cada efecto, manteniéndose fiel a las situaciones dramáticas propuestas en la pantalla. 

         Lo que presenta es un sentido real de la imagen, verdaderamente personal y original, así como una genuina percepción del movimiento, como si se tratase de un auténtico dramaturgo que, a su manera, va llenando progresivamente el espacio sónico. De esta forma intenta controlar su energía, descubriendo cada canción en sí mima como un ruidoso argumento que muestra, con sus sentimientos exagerados, una ironía cáustica, el gusto por todo lo que es espectacular, su intención deliberada de impresionar… 

         Al final el espectador se pregunta si Bregovic no estará más por la labor de intentar crear un discurso paralelo, casi efectivo por sí mismo, con sus propias tensiones dramáticas, su propia lógica narrativa, independiente de la película, y mucho menos interesado en que su banda sonora sirva para dar servicio a la imagen. Aún más, ¿no cabría pensar que su relación con las películas para las que trabaja no es una alianza, sino simplemente un conflicto? 

         Al final, todo su talento descansaría en su travieso arte del montaje, en una visionaria forma de unir dos aspectos que nunca se crearon para ir unidos, de conveniar los extremos, de unirlos por un momento en la misma utopía, de ligarlos en el mismo trazo de una única voluntad. 

         De todas formas, las bandas sonoras de Goran Bregovic no pretenden resolver nada, ni negar diferencias de opinión, ni sentar contrastes formales, sino que presentan retos, para jugar con ellos, para atreverse con las conexiones más audaces, los más alocados anacronismos y hacer que se entren en discordia unidos. 

         Eso es lo que, al fin y al cabo, vienen a probar sus dos colecciones más recientes, Music For Films, con retazos de todas las bandas sonoras que ha compuesto en la última década, y Songbook, un tratado abierto en el que se recogen todas las composiciones cantadas incluidas en estos filmes, en los que, tanto el salvaje Iggy Pop, como la melancólica Cesaria Evora, el gótico Scott Walker o la lírica oriental de Ofra Haza son llevados desde el terreno de sus intérpretes hasta la perspectiva regional de Bregovic, de forma que aquello que los une pueda aportarles luz propia. Para el compositor de los Balcanes, las canciones son el lugar perfecto en el que hacer brotar la reconciliación, más allá de la edad y de la cultura.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO DIEZ AÑOS DEL SELLO ELEFANT

CAMPUS GALICIA ARTICULO DIEZ AÑOS DEL SELLO ELEFANT

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Luis Calvo, diez años al frente de Elefant

          Allá por el 89, un leonés inició un sello discográfico con el pop como bandera. Diez años más tarde, y después de editar algunos de los mejores discos estatales de la década –Family, Le Mans- llega la hora de hacer balance y mirar hacia el futuro sin ira. 

– ¿Cuándo comenzaste había algo similar a lo que tú pretendías en el Estado?

– Cuando comencé lo único que pretendía era sacar cosas que me gustaban y que casi nadie conocía, y supongo que hay mucha gente, y había mucha gente, haciendo lo mismo. Lo que sí era único y diferente era el estilo musical del sello, iba contracorriente, era el único sello pop del momento, todo lo demás era punk, garage, rock…

 – ¿Has colaborado con otros sellos en estos años?

– He colaborado con muchos sellos nacionales e internacionales durante todo este tiempo. Siempre hemos querido ayudar a los sellos pequeños de fuera con la distribución en España y lo mismo con sellos nacionales (Acuarela, Munster, Houston Party, Splat, Astro, Grabaciones en el mar…) que distribuimos por correo y exportamos fuera de España. Además de todo eso, muchos discos de Elefant han visto la luz en diferentes sellos japoneses, americanos, ingleses, alemanes, franceses, griegos…  

– Al principio también organizabas conciertos. ¿Cuánto tiempo duró y por qué lo dejaste?

– No lo hemos dejado, seguimos haciéndolo. Hace poco trajimos a Marine Research y los últimos grupos internacionales importantes que hemos traído de gira han sido Damon and Naomi, Frank and Walters, BMX Bandits… Nunca lo dejaremos, siempre me ha gustado traer a mis grupos favoritos para poder verlos.

– También fuiste el impulsor del Festival de Benicassim en sus orígenes. ¿Ha cambiado mucho con respecto al proyecto original que teníais?

– Ha cambiado respecto al proyecto original que teníamos cada uno de los cuatro que empezamos el festival. Creo que cada uno, después de la primera edición, se imagino su Festival ideal y eran diferentes. 

– En cuanto a Viaje a los sueños polares, vuestro programa de radio, ¿con qué intención nació?

– Con la misma intención que han nacido casi todos los proyectos que he realizado o en los que me he visto envuelto –la revista Spiral, los sellos Elefant y Acuarela, la sala Maravillas, el Festival de Benicassim…-: con la idea de apoyar y promocionar la escena independiente de este país y la música pop en general. Viaje a los sueños polares es la plataforma del pop!!!!!

– ¿Cómo es posible que os hayáis hecho con un hueco en una emisora como 40 principales?

– Un milagro!!!!!… Dios es pop!!!

 – ¿Ha servido de algo emitir desde esa cadena?

– Ha servido, sirve y servirá de mucho. Es la emisora de radio más importante de este país y llega a muchísima gente. La audiencia del programa es muy grande, entre 125.000 y 150.000 oyentes diarios, y eso ya se está notando en muchas cosas. Hay mucha gente que no conocía la música independiente, no sabia ni que existía, y ahora, gracias a que el programa está en los 40, lo ha podido descubrir, y además le gusta, que eso es lo bueno.

 – ¿Por qué grupos como los que se pinchan en el programa no llegan a la gente? ¿Es que la gente no los quiere escuchar?

– La gente escucha lo que le dan, no se preocupa de investigar o de descubrir y tampoco tiene muchas alternativas. No conocen este tipo de música  y estoy seguro de que si tiene posibilidad de oírla, un tanto por ciento muy grande estará encantado con ella.

– ¿Cuáles fueron los motivos de la desaparición de la revista Spiral?

– Muchos y muy diferentes, entre ellos el paso de Viaje a los sueños polares de Cadena 100 a 40 principales.

– Has trabajado como DJ, aunque no sé si continuas. ¿Es lo que tiene una respuesta más inmediata de la gente?

– Siempre he pinchado. Me gusta la música y me gusta pinchar para la gente, para que se lo pase bien y además disfrute de la música. Es un contacto más inmediato con la gente. 

– ¿Cuál de tus actividades consideras la principal y cuál es la que más te llena?

– Elefant siempre estará por encima de todo como mi proyecto más importante en todos los sentidos. De todas formas, Viaje a los sueños polares es también algo muy importante en mi vida. 

– ¿Es difícil mantener la lucha por la continuidad del vinilo?

– Sí, es muy difícil y muy caro, pero no importa, me gusta el formato y seguiré luchando por él. 

– ¿Es la distribución la bestia negra de los sellos independientes?

– Es una parte de la bestia negra. Las tiendas también son parte importante en esto y luego esta la gente y los medios de comunicación.  

– ¿Cuántas veces ha estado a punto de desaparecer Elefant?

– Nunca desaparecerá. Siempre será algo muy pequeño y aunque tengamos épocas mejores o peores económicamente hablando, nunca desaparecerá. 

– ¿La separación de Le Mans coincide con una nueva etapa en el sello?

– Coincide con nuestro décimo aniversario, coincide con más experiencia, con una nueva generación, con una manera de hacer las cosas mucho mejor, una nueva década…

– Después de unos años con el noise como referencia, la nueva generación, de la que Elefant tiene a una buena parte de los grupos, parece más cercana a los principios de los 80 y al pop. ¿Lo ves también así?

– Cualquiera que conozca Elefant desde el principio al 100% sabe que siempre ha sido un sello muy, muy pop. Hay mucha gente que sólo conoce a algunos grupos del sello. En estos 10 años hemos publicado más de 125 singles de vinilo, y más de 125 compactos y LPs, así que no creo que haya un cambio ni nada parecido. Hay una evolución con los tiempos y con la gente en general. No hemos tenido al noise como referencia: nuestra única referencia siempre ha sido el pop, en el amplio sentido de la palabra. Lo de noise es un término inventado por nosotros de casualidad, por la gira Noise Pop 92. Si le hubiésemos llamado a la gira banana 92, ahora todo el mundo hablaría del sonido banana. No tiene nada que ver. Noise significa ruido y eso se puede entender de muchas maneras. Cuando surgió el sello y se montó la gira pensé que ruido era un buen nombre, pero no para una generación, sino para una gira. Sólo era para eso. Es la prensa la que se equivocó. No creo que ahora sean grupos ochenteros para nada. Todo depende de la música que escuches y de como veas las cosas. Si, por ejemplo, Bis son un grupo ochentero para ti, entonces Vacaciones también, o si lo son Broadcast o Stereolab, entonces Niza también lo son.  

– ¿Y estás de acuerdo en que esta generación existe en buena parte gracias a lo que ha hecho Elefant?

– Sí, eso lo dicen ellos mismos. Creo que si luchas por el pop y estás mucho tiempo trabajando y sacando cosas, al final eso repercute en las nuevas generaciones. Casi todos los grupos nuevos son muy fans de Le Mans, Family, Automatics, Beef, Patrullero Mancuso… 

– ¿En qué grupo tienes depositadas mayores esperanzas?

– Todos los grupos nuevos me parecen especiales y estoy muy contento con ellos. Ahora estoy muy ilusionado con los dos últimos fichajes: La casa azul y Juniper Moon. 

– ¿Crees que esto explotará en unos meses con el reconocimiento masivo?    

– No, y tampoco lo deseo. Sólo quiero que crezca poco a poco y que lleguemos a un punto de equilibrio inteligente. 

– Y para los próximos diez años, ¿hay alguna nueva filosofía o proyecto?

– No; seguir igual que hasta ahora: vivir por y para la música.

Xavier Valiño

CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL DOCTOR MUSIC 2000

CAMPUS GALICIA ARTICULO FESTIVAL DOCTOR MUSIC 2000

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Doctor Music: Beck bien vale el intento 

Xavier Valiño

 

Beck en directo

         “Viajo sin rumbo fijo en mis botas viejas…” Evidente: si Beck no existiera, el Doctor Music Festival tendría que inventárselo. Genios así –por fin el mismo se propone ya como tal sin paliativos- no abundan ni nacen todos los días. Llegó con su pinta de desvalido tísico y levitó, a base de blues rural, acústica y armónica, por encima de cualquier interrogante en una carpa que se quedaba a la altura de su tamaño físico: pequeña para tamaña demostración. Le bastaron tres canciones para amenazar con que lo suyo no tendría parangón. Nada ni nadie lo podría parar y, mucho menos, superar. 

        Dos horas después, en el escenario principal arrolló a todo lo que se puso a tiro. Su música, de otra dimensión; sus músicos, tan extravagantes como efectivos; su pinchadiscos, arrancándose por bulerías extraterrestres en los platos; sus canciones, tan grandes como el anfiteatro natural al que se dirigía; su final, de un teatral que aún justifica el pasado alternativo que se le supone. “Jack-Ass” sirvió de detalle, interpretado como “Burrito” en un ininteligible castellano y a golpe de mariachi. ¿El concierto de su vida? Probablemente. Si Prince es el príncipe de Minneapolis, y Björk se convirtió un buen día en la reina de Benicassim y de nuestras vidas, Beck fue el rey de todas las vacas, al menos de las pasadas, y el único capaz de sustentar en su frágil figura todo un macrofestival, justificando, de paso, los 37 millones que se llevó y que los organizadores se lo robaran a un festival de la competencia a golpe de talonario. 

        No queda claro si el viernes se declaró como día triunfal sólo por su presencia, aunque hay que reconocer que Muse le pusieron más intensidad y entrega que nadie en la Carpa Cabra 1, que Henry Rollins volvió a desgañitarse sobre las tablas como poseído por el demonio, tres versiones de Thin Lizzy incluidas, y que Rinocerose dejaron planear libremente su electro elegante como nunca antes sobre los prados de Llanera, convirtiéndose en la inesperada sorpresa de la onda bailable. Incluso Pet Shop Boys tuvieron un pase, a pesar de su insospechada sobriedad, al desgranar sus éxitos uno tras otro sin respiro y con intervalo acústico incluido. 

        No había avanzado mucho el sábado en la esfera de los relojes de quienes habían tenido la suerte de vivir un día sin igual en las 24 horas precedentes, cuando quedaría claro, con Zebda en el escenario, que ése era el día para cumplir con las expectativas que a cada uno se les tenían reservadas. 

        Los franceses se refrendaron como los más firmes candidatos al trono vacío de Mano Negra. Paul Weller supuró clase, estilo y gusto como nadie, aunque haciéndoselo evidente sólo a una generación muy concreta, porque a los demás les faltaba una canción con la que conectar. Hefner confirmaron que no hay nadie como ellos para que le reflejen a uno las contradicciones de la vida propia con inteligencia y simpatía, a medio camino entre Violent Femmes y Jonathan Richman. Manta Ray, de nuevo, sí, tejieron sus ambientes hipnotizadores, esos a los que llaman canciones sin serlas. Tindersticks volvieron a dramatizar sus lamentos no pensados precisamente para grandes eventos. 

        Incluso el espectáculo teatral de Els Comediants, grandes como todos los anteriores, podía intuirse: el fuego como excusa perfecta para sacar sus pasacalles de demonios traviesos, brujas enrevesadas, bufones gamberros, tracas y antorchas, todo ello coronado por fuegos artificiales y extras encarnando a la Razón. Sólo Sandy Dillon, por desconocida, y 7 Notas 7 Colores, por desplegar más artillería verbal de lo habitual y contar con DJ Vadim a los platos, se escaparon al guión previsible para brillar como el resto de sus colegas de día. 

        No las tenía todas consigo el domingo y, a medida que pasaban las horas, aún fue a menos. Sólo Gomez y Leftfield salvaron los trastos. A Lou Reed los aguaceros no le levantaban el ánimo y su sobria actuación fue retrasándose lo indecible. Cuando salió, dejó claro que los mejores músicos de los tres días estaban detrás de él y que su sonido era excelso, pero, de nuevo, no estaba por las concesiones fáciles y, al igual que a su colega Dylan, acabaron exigiéndole más. 

        Puede que no todos aprecien la calidad por sí sola. Es más: últimamente la vistosidad escénica se impone a la calidad artística. Y en el Doctor Music Festival hubo ejemplos para dar y tomar: Molotov, Bloohound Gang –estos al menos políticamente incorrectos-, Soviet Sister… 

        Aunque, una vez más, por desgracia, el protagonista principal fue la ausencia de respuesta popular. Los responsables del evento no saben apuntar una razón y hay que reiterarles que es exclusivamente una: un cartel tan amplio y variopinto que, aún siendo ésta también su mayor virtud, impide marcar una línea de referencia y ahuyenta a los espectadores. Con abonos más baratos y un cartel más atractivo –sí, la primera edición es, definitivamente, insuperable- otra vaca les cantaría. Además, deberían suplir sin disculpas las ausencias, muchas y de renombre en esta ocasión: Les Rythmes Digitales, Gorky’s Zygotic Mynci, Robert Plant con Priory Of Brion, Manchild, Rae & Christian… 

        De lo demás, nada que objetar. Tal es la impecable organización, la comodidad y las excelentes infraestructuras que lamentaríamos tener que dejar al Doctor Music Festival dormitar en la noche de los tiempos. De todas formas, y al menos por esta edición, siempre quedará Beck y sus caleidoscópicas imágenes en el recuerdo.

Xavier Valiño

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