NUEVO SOUL

Nuevo soul, el estado de la cuestión

 

 

De aquellos polvo, estos lodos, en este caso en el bueno sentido. Digamos que hubo una generación, a partir de principios de los 90, que tomó lo mejor de la música negra de otras décadas y lo adaptó a su tiempo, para su generación, sin renegar de la influencia que tenía el hip hop, tal vez el elemento más novedoso en la mezcla.

 

Hablamos de nombres como Erykah Badu, Lauryn Hill, Maxwell, D’Angelo, Jill Scott, Angie Stone, Macy Gray, Alicia Keys, Bilal, Anthony Hamilton, India Aire, Kelis, Meshell Ndegeocello, Rashaan Patteerson, Raphael Saadiq… Buena parte de ellos siguen grabando y haciendo giras. Sin ir más lejos, Erykah Badu, quien será cabeza de cartel este año del festival Primavera Sound. Cierto que otros, especialmente el sangrante caso de Lauryn Hill, han desaparecido prácticamente o no han vuelto a obtener las cotas de popularidad que en su día tuvieron.

 

Muchos de los artistas que han surgido en la última década han tenido tanto en cuenta las enseñanzas de los nombres clásicos (Otis Redding, Sam Cooke, Marvin Gaye, Aretha Franklin, Wilson Pickett, Curtis Mayfield, Stevie Wonder…) como las de los que los siguieron en la generación inmediatamente anterior a ellos. Es difícil ya incorporar algo nuevo, aunque hay quien busca introducir la música urbana, el trap o el pop electrónico en la mezcla.

 

De todos esos nombres aparecidos en los últimos años, Janelle Monae parece la más directamente encaminada al éxito, mostrándose como una mujer que domina tanto la composición como la interpretación, el espectáculo o la realización de vídeos espectaculares, una artista total que ha confirmado con su cuarto disco, Dirty Computer (2018) ser la auténtica reina del soul de hoy en día, conformado por tantas aristas que no se sabe muy bien bajo qué denominación englobarla.

 

Un peldaño por detrás en el escalafón del éxito estaría Aloe Blacc, a quien el éxito de la canción “I Need a Dollar” ensombrece el resto de su producción, traducida por ahora en tres discos que tampoco muestran tantos registros como los de Janelle Monae. Él sería la punta de lanza de un camino que siguen otros artistas de color, alguno de ellos más dotado probablemente pero que no han encontrado esa canción que haga saltar la banca, si es que alguno de ellos lo pretende.

 

Leon Bridges se destapó con un primer álbum de soul casi canónico, Coming Home (2015) pero le dio continuidad con otro (Good Thing, 2018) en el que parecía querer decir que aquello lo había limitado o encasillado mucho y que necesitaba tomar aire, puede que perdiendo parte del encanto por el camino. Curtis Harding, también con dos discos, se nutre tanto del funk y el soul como del rock en Soul Power (2014) y Face Your Fear (2017). Puede que haya pasado algo más desapercibido, pero tiene todos los elementos para gustar a quienes sigan sintiendo devoción por la época clásica de los 60.

 

 

Más sintonía con sus antecesores de los 90 tienen otros dos artistas de color más heterodoxos y que parten del jazz y el hip hop para construir sus discos: Anderson .Paak lo lleva haciendo en sus tres discos a su nombre, dos como Breezy Lovejoy y uno con Knxwledge bajo en nombre de NxWorries, mientras que Amp Fiddler ha editado ya ocho discos desde 2004, contando incluso con un álbum editado en 1990 que lo entronca directamente con sus predecesores.

 

Aunque podía asimilárseles, Coddy ChesnuTT no ha dejado de marcar sus diferencias, especialmente porque su primer disco, The Headphone Masterpiece (2002) se puede considerar el más experimental del lote, un afán rebajado un tanto en Landing on a Hundred (2012). Espíritus libres son también Blood Orange, el proyecto más negro de Dev Heynes (quien antes hizo rock independiente con Test Icicles o folk con Lighspeed Champion) y Thundercat, la aventura en solitario de Stephen Bruner, que fue bajista de  Suicidal Tendencies y componente de la banda de Erykah Badu (la relación aquí es indiscutible), además de colaborar en Cosmogramma (2010) de Flying Lotus. Menos deudor del soul clásico o de la generación precedente y, por el contrario, más engarzado con la electrónica actual es lo que hacen Sampha o Moses Sumney, ambos debutantes hace poco tiempo.

 

Debutante es también Jorja Smith, nuevo valor británico, a la que Georgia Anne Muldrow le lleva ya bastante ventaja. Ellas sí tienen más puntos de anclaje con el pasado, seguramente más que la rutilante Solange, hermana de Beyonce. Lejos de lo que hace su hermana u otras divas del r&b que asaltan las listas cada vez que editan un disco como, por ejemplo, Rhianna, Solange factura un soul electrónico y mucho más contemplativo que parte claramente del jazz, siendo la heredera más evidente de Erykah Badu.

 

No deberían faltar en esta relación blancos que se sienten negros o, al menos, que intentan sentir y crear música de color, como Mayer Hawthorne, Nick Waterhouse, Jamie Lidell o Daniel Merriweather. Y si contamos a aquellos que se hacen acompañar de sus respectivas bandas, ahí están también St Paul & The Broken Bones o Nathaniel Rateliff & The Night Sweats, también blancos, o JC Brooks & The Uptown Sound y Black Joe Lewis & The HoneyBears, ambos negros y más cercanos al rock. Todos ellos han tenido su lugar en estas páginas.

 

Queda para el final Durand Jones & The Indications, tal vez el más fiel al sonido de Lee Fields, el que proviene directamente de los 60, el que tan bien han mantenido en estos últimos años veteranos como Sharon Jones, Charles Bradley o todo lo que ha salido de la factoría Daptone, como Sha La Das o The Budos Band. Ninguno de estos últimos podría englobarse en el neo soul, aunque todos parten de la misma tradición para tomar callejones, atajos, avenidas y desvíos que configuran parte de la música más excitante del siglo XXI.

 

 

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