NICK LOWE EN LOS 80

Nick Lowe en los 80, la “larga travesía del desierto”

 

 

Que Nick Lowe siga grabando a día de hoy y haciendo esos discos que suenan atemporales y clásicos se lo debemos a Elvis Costello. Sí, así de curiosa es la vida. Recordemos que Nick Lowe fue uno de los pilares de la carrera de Elvis Costello, su mentor y más poderosa influencia en sus inicios. Produjo cinco de sus discos, tocó en al menos una docena de sus grabaciones, participó como músico acompañando a Costello en conciertos al menos una docena de años, grabó varias de sus canciones e interpretó otras en directo y compuso temas como “Heart of the City”, “Ugly Things” o “(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love and Understanding?” que Costello incluyó en sus discos y en sus directos. Fue –y es­– su amigo, confidente, productor, acompañante…

 

Realmente, Costello, cuando aún se le conocía por su verdadero nombre Declan MacManus, solo quería ser Nick Lowe. Se obsesionó tanto con su banda, Brinsley Schwarz, que acudía a todos los conciertos suyos que podía. En 1972, cuando todavía formaba parte de su primer grupo, el dúo Rusty, Costello vio la oportunidad de charlar con Lowe y se le presentó en el pub The Grapes en la calle Mathew de Liverpool, justo enfrente al mítico local The Cavern, un año antes de que fuese demolido, donde Brinsley Schwarz tocaba esa noche. El resto de la banda lo vio venir y le comentó a Lowe que se les acercaba ese tipo de mirada extraña que estaba en todos sus conciertos pero que nunca se había atrevido a aparecer por los camerinos tras una actuación. Según la versión de MacManus, él lo invitó a una copa, aunque Lowe mantiene lo contrario. En cualquier caso, aquella tarde hablando de música trabaron una amistad que dura hasta hoy.

 

A partir de ahí sus caminos recorrerían vías paralelas, cuando no confluían directamente. MacManus empezó a alojarse en el apartamento de Lowe cuando viajaba a Londres y, de vez en cuando, incluso echaba una mano a Brinsley Schwarz como roadie. Fue también en un concierto de este grupo cuando conoció al bajista Michael ‘Mich’ Kent, con el que formaría su segunda banda, Flip City. Más adelante, cuando Stiff necesitó alguien para grabar el primer single –y luego el álbum debut– de Declan MacManus ya con el nombre de Elvis Costello, Lowe fue la elección lógica: era uno de los artistas del sello, no había que pagarle mucho más y tenía la experiencia de un veterano (¡de 27 años!), así que la gente de su entorno, como Costello, confiaba en él, aunque no tuviese ni idea de la técnica de un estudio.

 

En menos de una década, todo había cambiado. Lowe mantenía más o menos la misma reputación pero, mientras Costello era ya un músico admirado y reclamado por medio mundo, la creatividad del primero dejó de fluir en los 80. Abandonó la producción –“Odiaba los sonidos que hacían las máquinas”, reconoció en su día– mientras que sus propias creaciones se volvieron erráticas, a veces incluso insípidas. “Empecé a odiar los discos que estaba grabando. De repente me decían que ya era hora de grabar otro álbum. Tendría una o dos canciones decentes y unas pocas ideas pero ya había secado el pozo. Estaba desmotivado y sin inspiración, bastante alcoholizado, un miserable. Mi matrimonio con Carlene se había ido al garete. No me gustaba a mí mismo y me parecía estúpido porque había sido un productor y sabía que eso podía pasar. Había bromeado con mis mánagers y había hecho comentarios despectivos sobre otros artistas. Sabía cómo funcionaba. Tenía un currículo impresionante para un tipo al principio de la treintena. Me había pateado los tugurios de Alemania. Había servido en las guerras del pub-rock. Había estado al principio de Stiff. Había escrito éxitos para otros y los había producido. Y, sin embargo, no sentía que hubiese hecho nada realmente bueno”.

 

 

Los años 80 fueron, según sus propias palabras, su “larga travesía del desierto”. Su intención, y lo que más le frustraba entonces y le impedía avanzar, grabando discos para él rutinarios y que no creía que merecieran la pena, era permanecer en el mundo de la música con un proyecto a largo plazo, y en ese momento no había casi ningún ejemplo que seguir, a excepción de gente como Frank Sinatra, Johnny Cash, Chuck Berry o Jerry Lee Lewis. Sin embargo, aunque todo el mundo les tenía respeto a estos artistas, a nadie le interesaban lo más mínimo sus nuevos discos, si es que llegaban a editar alguno. Lo que veía a su alrededor era que en el mundo del jazz envejecer era un valor, pero no así en el mundo del pop. Pensaba que debía haber una forma de hacerlo, de poder componer y grabar para sí mismo solo por el placer de hacerlo, aunque luego el producto de su trabajo pudiese llegar a otros y encontrar su público, pero en aquel momento no tenía ni idea de cómo se podía conseguir.

 

Ahí apareció, de nuevo, Elvis Costello. Le ofreció irse de gira con él formando parte de su banda, The Confederates, por Australia y Japón, simplemente tocando la guitarra rítmica y haciendo coros. Para Lowe esos conciertos fueron el principio de su renacer, la primera luz al final del túnel. Una de aquellas noches Costello le propuso hacer de telonero durante 20 minutos tocando alguna de sus canciones en solitario, pero hubo de insistir y presionarlo hasta cierto punto. Lowe, con la confianza literalmente por los suelos, salió a enfrentarse con el público creyendo que aquello sería un desastre. Por suerte, estaba en Japón, y allí el público es siempre entusiasta y receptivo. Ya más proclive a repetir algo así, le organizaron un concierto en solitario en Tokio. Por primera vez en años, Lowe se sintió cómodo con sus propias canciones y pudo centrarse en lo que había compuesto en aquellos años, fijándose en las letras y los arreglos, pensando cómo había llegado hasta ellas. Incluso trazó una estrategia para los directos que le sigue funcionando hoy en día: dejar caer una canción detrás de otra, de forma que se ayuden entre ellas y sin dar tiempo al público a perder la atención.

 

Por eso sus discos de los 80, los que ahora se reeditan (sin que Lowe lo supiese; se enteró cuando una revista lo llamó hace unas semanas para preguntarle por ello) son los que menos le gustan a su autor de toda su trayectoria en solitario. Tras Jesus of Cool (1978) y Labour of Lust (1979), Lowe tardó tres años en volver a grabar. Entre 1982 y 1985 grabaría cuatro discos, uno al año, esos que le pillaron sin motivación y sin inspiración, forzado por las presiones de su discográfica: Nick the Knife (1982), The Abominable Showman (1983, de título revelador: El abominable hombre espectáculo), Nick Lowe and His Cowboy Outfit (1984) y The Rose of England (1985). A pesar de su valoración negativa (y de parte de la crítica y de parte de sus propios seguidores), hay en ellos algunas canciones valiosas.

 

Algo similar sucede con los dos discos que cerraron aquella década, en 1988 (Pinker and Prouder than Previous) y 1990 (Party of One), aunque ahí ya la influencia de lo vivido en aquella gira con Costello y lo que había re-aprendido empezaba a hacer mella. Él mismo reconoce que quería cambiar su sonido y que lo intentaba, pero aún no sabía muy bien cómo tenía que ser, con quién grabarlo y cómo lograrlo. Su intención era pasar a escribir con la guitarra acústica y grabar con ese espíritu, pero sentía que su público aún no lo comprendía y no tenía la confianza total en el giro que pretendía darle a sus canciones.

 

Tal vez el mejor ejemplo de todo este proceso esté en una de sus canciones, “The Beast in Me”, que empezó a componer en 1981, justo antes de grabar su primer disco de los 80, pero que no finalizó hasta principios de los 90, justo a tiempo para entrar en The Impossible Bird (1994), el álbum que marcaría su cambio de sonido hacia lo que siempre quiso y lo que sigue haciendo a día de hoy. En su primera encarnación solo tenía algunas frases escritas una noche regada con abundante alcohol. Creyéndose el mismísimo Johnny Cash, le dijo a su mujer Carlene que tenía un tema para su padrastro, el ‘hombre de negro’. Cuando esta se lo comunicó a Cash, Lowe se estaba despertando envuelto en una profunda resaca y para nada convencido de que aquello que había escrito la noche anterior valiese la pena. No obstante, se la tuvo que tocar a Cash y su mujer June cuando se pasaron por Londres. Cash le aseguró que no se preocupase, que tenía algo entre manos pero que debía seguir trabajando en ello.

 

Cada vez que se encontraron durante los años 80, Cash le preguntaba por la canción, aunque Lowe pensaba que le tomaba el pelo. Aun así, no dejó de darle vueltas todo ese tiempo por si encontraba el tono que buscaba y podía completar la letra. Cash no dejaba de insistir e incluso le hizo salir al escenario la última vez que tocó en el Albert Hall de Londres, preguntándole de nuevo por ella. Esa misma noche, después del ridículo que había sentido en el escenario, Lowe cogió su guitarra acústica, le aplicó al tema aquello que tenía en mente pero no se atrevía todavía a hacer y la completó de una tacada con una interpretación mucho más acústica. Después de enviarle a Cash la prueba de sus avances, lo próximo que supo es que la canción aparecía en el disco de resurrección de Cash American Recordings (1994).

 

Eso le dio cierta confianza, aunque ya había otros elementos que le empujaban hacia esa senda. Por ejemplo, la imposición de su mánager que le obligó a aceptar una invitación para entrar en el estudio con John Hiatt en Los Ángeles para participar en su disco Bring the Family (junto a Ry Cooder y Jim Keltner), algo que él había rechazado previamente porque tenía una cita con una mujer a la que llevaba tiempo persiguiendo tras la ruptura de su matrimonio con Carlene Carter. Aquellas sesiones de grabación tuvieron continuidad en el debut del súper-grupo Little Village en 1992, marcando la proverbial línea divisoria de una nueva etapa que estaba por llegar. Otro elemento inesperado jugó a su favor: la banda sonora más vendida de la historia, la de El guardaespaldas en 1992, llevaba una versión de su canción “(What’s So Funny ‘Bout) Peace, Love and Understanding” a cargo de Curtis Stigers, lo que le inyectó una enorme cantidad de dinero justo cuando estaba medio arruinado.

 

Gracias a todo ello, poco a poco fue imaginando y encontrando ese nuevo sonido, aquel en el que las canciones fuesen cada vez más y más sencillas y orgánicas, compuestas a la vieja usanza, grabadas con sus músicos en el estudio todos a la vez y en las que no hubiese ninguna duda sobre qué estaba escribiendo su compositor. Lo empezó a mostrar en The Impossible Bird en 1994 (y lo ha seguido perfeccionando desde entonces en otros cuatro discos en los que fusiona sin complejos country, soul, R&B y pop), aprovechando aquel dinero inesperado para grabarlo como él quería y para hacer una gira en los Estados Unidos, donde pensaba que con ese disco podía encontrar un nuevo público que compensase los seguidores que perdería al sentirse desubicados con la nueva dirección. El resumen de aquella travesía del desierto en los 80 y su posterior resurrección lo escribió él mismo en “Hope for Us All” del disco At My Age: “He de admitir que hubo épocas en las que todo lo que hacía era subir por las paredes / Incluso si yo, un hombre irresponsable / Que ha malgastado todas las oportunidades que ha tenido / Puede encontrar a alguien que vigile su caída / Entonces debe haber esperanza para todos nosotros”.

 

 

 

 

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