MORRISSEY 2009

Morrissey, el encantador de serpientes

 

Estás sentado en una habitación con Morrissey y alguien más para hablar de su nuevo disco, Years Of Refusal. Se supone que esa persona se debe encontrar allí para que la conversación fluya con algo más de ritmo de lo que lo haría si estuvieras solamente tú con Morrissey. ¿Será esta persona su único amigo? No puedes evitar este pensamiento cuando estas en compañía del juguetón y solitario Morrissey.

 

Él, con deleite y exasperación, ha dejado que circulasen muchos rumores sobre su vida y su carrera, o ha asistido sin reaccionar ante la acumulación de escándalos, acusaciones y agravios, hasta el punto de que todo lo que realmente sabemos de él tenemos que deducirlo de sus canciones que dan un gran exceso de información para que pueda ser una confesión fidedigna o su reputación extravagantemente trazada ante la opinión pública. Todo esto nos lleva a pensar en él como un monstruo sagrado, con un aire grotesco, aunque, para ser honestos, la realidad es que no es así en absoluto.

 

No habría suficientes páginas en un libro, dejando a un lado este escueto panfleto, para decir lo que se debe sobre Morrissey. Digamos entonces que él no es sus canciones y no es su imagen pública, aunque ambas dan pistas sobre su compungida, reticente y atormentada personalidad. Las dan en el sentido de que tiene la personalidad de alguien que crearía esas canciones y por lo tanto es objeto de tal intenso escrutinio, aunque use las canciones, y el alboroto que provocan para crear una deseada distancia entre él y el resto del mundo donde poder esconderse aunque se esté exhibiendo. No es lo que parece ser. Es más mundano y todavía mucho más misterioso.

 

Así que esa otra persona que está en la habitación, ¿es alguien cercano a él pero no hasta el extremo de demostrarle en público su calidez? ¿O le acaba de conocer y le ha invitado a entrar en su vida durante unos pocos días como si hubiera ganado algún tipo de premio, una especie de codiciado acceso a esos momentos en los que todo lo que hace es comer, beber, afeitarse y estar a sus cosas? En esos momentos no es el Morrissey que conocemos a través de su música y su leyenda, sino el Morrissey que sólo él mismo conoce, hacia el que siempre señalaban las portadas de sus discos, y en dirección opuesta, arrojando luz acerca de sus preocupaciones, pero sobre todo, impidiendo la visión.

 

Esta persona debe estar presente para asesinarte a ti o a ambos si se usan las palabras erróneas o se hacen los gestos incorrectos. Morrissey tiene con frecuencia una expresión en su rostro que sugiere que está punto de ver el último telón en el preciso momento en que pensó que llegaría, tendido por la mano de la persona que está casualmente a su lado, que siempre parece tener una sorpresa escondida debajo de la manga. Esta expresión típica, ligeramente diferente de su expresión ahora, sugiere, suavemente, que está disfrutando de una broma que solo él conoce, un chiste que empezó a contarse hace más o menos 30 años y que se acerca lentamente hacia un fin bastante fuera de lo común.

 

Puedes decir que sus canciones, tanto con The Smiths como en su producción en solitario, hasta llegar a los temas de este nuevo álbum, hacen referencia directa o indirecta a esa broma y al tiempo que ha tardado en llegar a darle término. Las canciones se refieren directa o indirectamente a muchas otras cosas, aunque es un poco peligroso cuando estas sentado en una habitación con Morrissey preguntar qué otras cosas puedan ser ésas. A menos que, por supuesto, desees provocar una clásica visión del gesto de Morrissey, que será siempre la visión de una gran impaciencia pero también de la indulgencia, de un cierto tipo de placer, su corazón desangrándose.

 

Pero, admitámoslo, de un corazón todavía latiendo, puesto que tú aún estas muy interesado, tras todos estos años, en sus canciones, en sus maneras altaneras e íntimas, en sus palabras, que hasta cierto punto tratan acerca del terror por la fugacidad, de la tragedia de los límites de la vida, de cómo la dicha romántica de una nueva relación por lo general se desvanece hacia el desencanto, de cómo las vidas prosaicas tratan de encontrar la chispa de la magia liberadora y de cómo siente la condición de la soledad humana con una especial desolación.

 

Puedes mencionar que sus canciones te provocan esas sensaciones y él pondrá los ojos en blanco y cambiará de tema, porque no te cree realmente. Difícil sacarle nada sustancioso. También está esa cara que pone cuando dices algo halagador pero quizás no tan acertado, y entonces te hace una pregunta sobre su vida pasada para contrastar su capacidad de memoria, que quizás sea tan ágil como siempre fue, que, desde luego en canciones tan ardientes, incluso algo siniestras, sigue siendo capaz de expresar los detalles con precisión deliciosa y floreciente.

 

Si preguntas por qué el nuevo álbum tiene el título que lleva, Años De Rechazo (Years Of Refusal), y por qué en la portada lleva un niño en brazos, tras haber llevado en portadas previas un violín y una pistola, porque después de todo la gente lo desea saber o se desatarán más rumores para la voracidad del mundo y la sombra agitada de Internet, la vista de su gesto se tornará en irritación real. Si navegas cerca de la fuerza huracanada del viento y le recuerdas las situaciones bochornosas en las que se ve envuelto cuando habla de su mítica y vieja Inglaterra, su desaparición y/o conversión cultural y comercial, y el flirteo de forma hereje con esa bandera, entonces su mirada no conocerá límites.

 

No hay nada como estar en una habitación con Morrissey y otra persona cuando las cosas se ponen algo tensas y raras. En cierto modo, lo opuesto a este extraño silencio es una de esas sublimes melodías que te hacen estrujarte el cerebro, teñidas de euforia de dar vida, que a la postre contienen todas las respuestas a cualquier pregunta que podamos tener sobre el título, el niño y quién cree ser él para pensar que es tan diferente.

 

“Me gusta que todo sea un descubrimiento por parte del que escucha. No quiero explicar cómo sucedió algo. No quiero verme forzado a decir lo mismo todo el tiempo, por qué hice esto y no hice aquello. Todo lo que deseo de una entrevista es que se diga algo diferente. Quiero que la gente diga cosas diferentes. No quiero escuchar las mismas reacciones siempre”.

 

 

Hay que mencionar que esto le hace parecer algo obtuso en las entrevistas a las que a fin de cuentas él accede de forma voluntaria, y hay un atisbo de gesticulación que revela a la vez contención, encanto y verdadera desesperación. Esto conduce a la irascible cara que adopta cuando se sugiere que tiene la obligación como artista de explicar lo que hace, de explorar con cortesía algunos aspectos de su creatividad… “¿Con quién? No tengo obligaciones para con nadie. En absoluto. Conmigo sí. Pero con nadie más”.

 

Después está la cara que pone cuando está apunto de decir: “alguien tiene que ser yo”, una cara que deja claro que está complacido, asustado y algo irritado de que se trate de él. De ahí se llega a la cara de divertido, condenado y tierno pasado de moda que adopta cuando con frecuencia explica: “No tengo elección”.

 

Hay muchas cosas sobre las que no tiene elección y entre estas se incluyen:

 

1. Ser él mismo, a su manera y constantemente inquieto.

 

2. Convertirse en cantante, que al final es lo que es, un cantante que compone, y después canta sus temas, con centelleos entre el éxtasis y el lamento, exagerando ciertas cuestiones existenciales como sólo él puede hacerlo, cantando como un admirador de cantantes como Billy Fury, David Johansen, Jobriath y Howard Devoto. Estos son, en cualquier caso, bien parecidos cantantes inadaptados, que cantaron canciones sobre el amor, el insomnio, la justicia, el castigo, los desastres domésticos, las obligaciones arduas, las pasiones retorcidas y la sensación de encontrarse en el medio de un gran océano negro de tremendo ímpetu. Él es uno de ellos porque quiso serlo.

 

“Cuando era pequeño siempre cantaba. Cantaba los éxitos del top 30. Siempre estaba al tanto de lo que estaba en las listas de éxito. Me subía a la mesa de la cocina y cantaba. Después la mesa se convirtió en escenario. Empecé a apreciar la manera en que un cantante canta sobre algo triste u horrible pero lo hace de un modo que hipnotiza al que lo escucha”.

 

3. Convertirse en el cantante vulnerable y sin piedad de los Smiths, tras años de un amor extremadamente privado por la música y por supuesto de abandono, exilio, aburrimiento, malicia de provincias, terrores de adolescencia, represalias vengativas, fallos humillantes, ferocidad desmesurada, muestras enfurruñadas de mal genio, las dolorosas lágrimas del tradicional bagaje de la ciudad de Manchester, extrañamente perdida hoy, así como era en 1970.

 

Su obsesión con este concreto e imaginativo territorio que emergió e impregnó 1970, y sus conexiones físicas y metafísicas con los años anteriores, hasta llegar al año de su nacimiento en 1959, que él convirtió en una fantasía musical sobre cómo un sensible y observador joven con un temperamento depresivo y combativo, enamorado de la cultura popular, se convirtió en un tipo de estrella del pop que antes alababa e incluso, de alguna manera, a la que seguía los pasos.

 

3. Que todavía compone canciones y las interpreta fielmente a pesar de que el mundo crece cada vez más plagado de música pop pasada y presente, a pesar de que se encuentre compitiendo con su propio trabajo del pasado con los Smiths. Tanto es así que hay personas que le odian por no seguir haciendo lo mismo una y otra vez, como si eso fuera posible, y él mantuviera oculto este material ilusorio por resentimiento.

 

Ahora también tiene que competir con el material que ha compuesto últimamente en solitario. Hay algunos que se quejan de que sus temas en solitario no dejan tan honda impresión como sus canciones con los Smiths y también hay quienes creen que su carrera en solitario puede dividirse en éxitos y fracasos, triunfo y declive, que algunas veces está en forma y otras no.

 

Esta forma de pensar no hace justicia al modo de trabajo de Morrissey. Debe seguir adelante, curiosamente considerando que está comprometido a reescribir y volver a imaginar mundos que una vez existieron, por lo menos desde su punto de vista. “Tengo que seguir adelante, reemplazándome con mis canciones, que son una forma de poder vivir para siempre evitando el hastío”.

 

 

Lo primero, debe seguir adelante separándose de los días en los que cantaba con los Smiths, catalogando una acre historia psicológica de tempranas heridas que le dieron la libertad y a la vez le atraparon en una prisión de expectación. Ahora debe seguir adelante cada vez que hace un álbum en solitario. A pesar de que haya decidido con su tradicional criterio musical cómo deben sonar sus canciones, recordándole a él y a nosotros la música que le gustaba incluso antes de que empezara a hacer música, y que cada canción debe reflejar ciertos patrones recurrentes y consolidados, ninguna de ellas puede aproximarse a repetirse dos veces.

 

“Algunas canciones son más profundas, más dulces, más desagradables, más sabias que otras, algunas no son tan definitivas ni tan bonitas, algunas no son tan explosivamente enrevesadas, algunas son más lacónicas, conscientes y brillantes que nunca, pero últimamente continúo, no por comparar canciones nuevas con las viejas como hacen los críticos y los fans sino simplemente -aunque no sea tan sencillo- componiendo canciones que reflejan mi estado de ánimo en cada momento”.

 

Estas canciones están relacionadas con el hecho de que ya ha compuesto temas especiales, desesperadamente conmovedores que trataban de cómo se sentía en los 70, 80 y 90, durante su adolescencia, a los 20, 30 y 40. La persona que compuso esas canciones en 1980 está componiendo ahora estos nuevos temas 20 o 25 años después, y es claramente la misma persona pero diferente, precisamente porque escribió esas canciones en 1980 y porque decidió continuar. O porque no tuvo elección.

 

Es descorazonador rechazar cualquier nuevo álbum sólo porque no expresa en apariencia los repentinos instintos o urgencias de una concreta canción antigua. Parece un enjuiciamiento feroz -aunque habiendo crecido con Morrissey ese prejuicio surge fácilmente- decidir que como Morrissey fue en el pasado tan expresivo ahora debiera ser silenciado, debería abdicar, retirarse por siempre o, como diría él, “irse a vivir a Cheadle Hulme”. Mientras tanto, a pesar de aquellos que piensan que se ha debilitado o desenfocado, o que le han descubierto, él posee aún el mismo vigor independiente, incontable, auto fabricado y sostenido de forma precaria.

 

El nuevo disco muestra donde el deshonrado y vergonzante compositor se encuentra ahora, frente a la elaborada frontera de su propia leyenda y el fastidio de su legado. Afecto pudiera ser lo que deseaba, pero lo que obtuvo fue atención. “De álbum a álbum, de canción a canción, verso a verso, de penumbra a penumbra, recopilo un constante drama, un mundo compuesto de palabras, la inagotable comedia y tragedia de una vida, de la pérdida, el remordimiento y el anhelo, y la miseria que llevan la historia adelante, y un día todas las piezas encajarán y todo lo que he escrito tendrá relevancia en el final de este patrón vital solitario y extenso”.

 

En cualquier caso, su leguaje en el nuevo disco merece una atención. Sus letras se vuelven más simples, al menos por ahora, como si, tras su largo recorrido vital y el de su producción, hubiese decidido ponerse a ello ahora, cribando todo lo que podría decir pero no le importa.

 

4. Pensando que la vida es corta y llena de tristezas, y que la ama mucho más de lo que nunca llegarás a saber, refleja la existencia retorcida y envenenada en canciones repletas de florituras verbales y toques dorados que reflejan la extrañeza amenazadora, la sorda disonancia del ser humano.

 

Entonces ves un gesto de Morrissey que raya endiabladamente la dulzura al que acompañan las palabras: “Tengo mucho amor dentro de mí”. Le gusta decirlo para ver qué cara pones al reaccionar, como si no pudieras creer que Morrissey haya dicho semejante cosa. Te encantará la sincera y suave expresión de víctima que adopta para puntualizar: “No deseo mal a nadie”, aunque puedes sopesar esa aseveración si te planteas en voz alta por qué a veces parece sentirse tan auto derrotado y a la defensiva.

 

Le sigue la expresión que pone cuando le contestas. A menudo lo dices porque parece muy frustrado de que su talento, ese enredado ovillo vital y medio, aún cuando es alabado en vez de ser desdeñado, de alguna manera es infravalorado, porque sus canciones presentan espectacularmente la vida en esencia como una soledad, un renovado exilio del presente, un cambiante escenario de espejismos que sólo un genio descriptivo podría sostener rápido.

 

7Tal cumplido puede provocar una forma de autodesprecio, o puede que remueva la frustración que pudiera sentir de que den por sentado lo que dice, puesto que nadie -bueno, muy pocos, y probablemente sean los pocos que conocía cuando oficialmente vivía en el norte de Inglaterra- realmente le comprende y entiende plenamente su inimitable imaginación o la esencial inocencia de su regocijo cerebral.

 

Después de haber estado en una habitación con Morrissey y ese otro que esté ahí solo para reírse en el momento adecuado, porque no está claro si Morrissey está siendo gracioso o, bueno, del todo perverso, algo pasa a continuación. Ese algo depende de dónde estés. ¿Estas en Los Ángeles en la mansión que perteneció a Berry Gordy Jr, un sitio a la altura de alguna locura del negocio discográfico que pueda insinuar la naturaleza del final del chiste de Morrissey consigo mismo? ¿Quizás después de un concierto en Blackburn o en Lllandudno, París o Roma, con unas pocas personas intimidadas que le adoran que cautelosamente le conocen y le hablan, con su atención levemente concentrada en otro sitio, otra parte del remate final del chiste? ¿Tal vez en una lujosa y anónima suite de hotel que destaca como el lugar más solitario del planeta?

 

Después de haber estado en la habitación y, digamos que fue en el centro de Londres, pasa algo a continuación. Morrissey tiene absoluta necesidad de comer, y sale en busca de alguna rareza galesa. Ahí va, casi corriendo por Piccadilly en Londres, llegando tarde, en una carrera para escapar de sí mismo, una auténtica figura, un artista con muchas cosas en la cabeza, tanto que es difícil seguirle.

 

Se decide por Fortnum y Mason, no porque esté muy lejos de su escuálida casa en 1970, sino porque tiene metido en el corazón un lujoso café pintoresco que le hace sentirse seguro porque la probabilidad de que alguien le reconozca es nula. Nadie le preguntará cuándo se reunirán los Smiths, intactos, enfermamente sentimentales, así que no necesitará desenterrar esa expresión particular de perforador.

 

Hace cola pacientemente para que le den mesa detrás de pululantes turistas y señoras ancianas, lo que es en sí mismo un pedazo de exotismo sin ningún valor. Preguntas si quiere que le acompañes a comer.  ¿Quiere compañía? ¿Quiere que lo dejen solo?  Una pausa. Una expresión que indica el comienzo de un familiar tipo de agonía. Un gesto suavemente irritado que podría ser una doble protesta contra el dolor y la muerte. “Oh, es una larga historia…”

 

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