MIKE FARRIS LIVE

Mike Farris en concierto

 


Alabado sea el Señor. Por haber conducido hacia la luz a Mike Farris y, detrás, a todos nosotros. Por haberlo llevado a conocer el abismo, a reencontrarse con su familia después, cual hijo pródigo, curándose y descubriendo su fe; por dirigirlo de nuevo al libertinaje de la vida en la carretera, con el alcohol y las drogas haciéndose otra vez con su cuerpo en los tiempos de Screamin’ Cheetah Wheelies y la Double Trouble acompañando a Steve Ray Vaughn; y por, una vez más -y puede que la definitiva- girar definitivamente hacia la luz para encontrarse con la Roseland Rhtyhm Revue y extender la palabra del Señor por medio mundo a golpe de góspel-rock.


Sus demonios los expía ahora cada noche en directo, desde que hace tres años editara el explícito, desde el título, Salvation in Lights (Salvado por la luz) y lo confirmara el año pasado con su traslación al directo Shout! Live (¡Grita! Vivo) -parece que todos, incluso él, hemos olvidado su debut, Goodnight Sun (Buenas noches sol) del 2002-. Ahora, en lugar de caer en la tentación, se desfoga cantando sus himnos religiosos, los que él ha escrito y los que ha recuperado desde la tradición, de su infancia en el hogar roto.


Pueden ser los tradicionales góspel, habituales de cualquier servicio religioso que se precie, como “Oh, Mary Don’t You Weep”, “Precious Lord, Take My Hand”, “Sit Down Servant”, “Will the Circle Be Unbroken” o “Can’t No Grave Hold My Body Down”. Pueden ser sus originales, como la nueva “Power of Love”, o las reclamadas a voces por la audiencia -lo que evidencia que van camino de convertirse en clásicos- como “Selah! Selah!”, “I’m Gonna Get There”, “Streets Of Galilee” o “Take Me (I’ll Take You There)”.

 


Pero también pueden ser sus revisiones del soul más jubiloso (“(Your Love Is Lifting Me) Higher And Higher”, “Good News”) o político (“A Change is Gonna Come”). En todas ellas pone su alma herida y cicatrizada, su voz entre Bon Scott y Al Green, en todas ellas se reconoce al hombre que en 2004, tocando fondo sentado sobre la tumba del amigo desaparecido, decidió que debía ir por los garitos cantando para ayudar a la gente, “como hizo Jesús”.


En el aniversario de A Reixa hubo todo eso. Y, en verdad, fue una auténtica fiesta. Más bien una celebración. De la música, de su poder redentor, de su capacidad para sanar y para, durante las dos horas y media que Mike Farris estuvo en el escenario, olvidar todo lo pasaba fuera, la que está cayendo. A la felicidad por el góspel, con un protagonista acompañado por las McCrary Sisters y observado por su hijo desde el escenario que -ya se sabía del Azkena Rock, por ejemplo, del que había más de un veterano en las primeras filas- triunfa por encima de todo y de todos.


Por si fuera poco, además, se saltó el repertorio previsto y volvió al escenario solo tras los bises para rendirse a Johnny Cash y rendirle tributo -de los cinco discos que había en su casa de niño, tres eran del hombre de negro- a través del blues de la prisión de Folsom e incluso para recordar a Screamin’ Cheetah Wheelies, recuperando un “Gypsy Lullaby” que hacía 10 años no tocaba. Mucho más de lo esperado. En grandes recintos o festivales, este año recordaremos los recitales de Leonard Cohen, The Divine Comedy o LCD Soundsystem. En pequeños recintos, sólo hay un nombre: Mike Farris. Por todo ello, alabado sea Mike Farris, alabado sea el Señor. Amén.


(Sala Capitol. Santiago de Compostela, 8 de octubre. Promotor: A Reixa. Público: 800 espectadores)

 

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