MAGÍN BLANCO

Magín Blanco, días de lluvia

 

           

“Purita” tiene ya 32 años. Cuando cumplía 25 años apareció publicada por primera vez en un disco titulado Ella… Purita era también uno de los primeros proyectos en los que se vio involucrado Magín Blanco, a finales de los 70, junto a Nancho Novo. Hubo otros después. Pero no fue hasta 1989 que La Rosa, trío fundado por nuestro protagonista, editó su primer disco, La Rosa (Edigal, 89), en el que ya quedaba claro un estilo que lo ha acompañado desde entonces: canciones con las raíces en los clásicos de la música americana y una melancolía que va más allá de la morriña habitual de la tierra que lo vio nacer, Galicia.

 

En aquel primer álbum había, como en el resto de su obra, varios clásicos desconocidos que todavía resisten el paso del tiempo como “Otis Redding”,  “Llévame lejos”, “Gotas de lluvia” o “Tejadito blues”. Estas dos últimas fueron regrabadas posteriormente con ayuda de Josele y Fino de Los Enemigos, tal vez sus mayores valedores, para un single que se regaló con la segunda tirada del disco.

 

Era mal momento para aparecer. Los grupos que habían surgido a principios de la década ya no estaban en su mejor momento de creatividad y  no enganchaban a las nuevas generaciones, que ignoraban otras propuestas más interesantes. Las bandas que aparecieron a continuación no tendrían nada que ver con lo que ellos hacían. Así que no es de extrañar que sus tres siguientes discos, Tren de Azúcar (Edigal, 90),  El sueño del camaleón (Sons Galiza, 1992) y En el arco iris (Sons Galiza, 1994), grabados para pequeños sellos mientras trabajaba en la carpintería familiar en su pueblo, A Rúa, con nula promoción y producciones no muy conseguidas, obtuvieran una muy escasa repercusión.

 

Aún hoy siguen siendo cuatro discos desconocidos pero totalmente disfrutables. Además de las ya citadas, alguien debería hacer un recopilatorio -o su propio autor regrabarlas- en el que se incluyesen “El final del romance”, “La reina del mate”, “Balada roja”, “Tren de azúcar”, “Vendo mi alma”, “El sueño del camaleón”, “La canción de la serpiente”, “Flores”, “Querido amigo”, “En el arco iris”, “El rey del pegamento”, “Maldito viento”, “Gira el mundo”, “Cuando te hayas ido”, “Humo para mí”, “Tras tus pasos” o “Los blues de la calle Pop”.

 

Como muy bien dice Carlos Rego en la web www.maginblanco.com, lo que hacía necesarias las canciones de La Rosa era esa especial capacidad para convertir en creíbles unos tópicos (lluvia, viento, sol, corazón, soledad, mar…), que en manos de otros sonaban a calderilla emocional, pero que ellos conseguían elevar a emoción auténtica. Por si alguien no se hubiera situado todavía, baste decir que en su tercer disco atribuían el diseño gráfico nada más ni nada menos que a Lou Reed, John Hiatt, Neil Young, John Cougar y Keith Richards. ¿Quedan claras cuáles eran sus referencias? Por situarnos un poco más, añadiría cuatro nombres: Chris Isaak, J. J. Cale y, en especial, Josh Rouse y Lucinda Williams, sobre todo en sus dos primeros discos en solitario.

 

Es esta una etapa que se inició en el 2006, tras doce años sin grabaciones suyas, con nuevo álbum acreditado ya a su propio nombre y titulado Ella…, que editó el sello del estudio en el que fue grabado, Casa de Tolos. A él le siguió Realidad. Después grabó su primer álbum junto a Burgas Beat, Clic. Un accidente laboral que afectó a su mano nos hizo temer por su futuro en la música, pero esas dudas se disiparon con A nena e o grilo al que ahora da continuidad con A nena e o grilo nun barquiño. Repasamos toda su trayectoria.

 

¿Qué recuerdos amargos y agradables tienes de La Rosa?

– Los mejores recuerdos son los ensayos. Ensayábamos todos los días a todo volumen y esto fue durante años. Sin embargo, los directos eran más agobiantes, no se disfrutaban igual.

 

¿Crees que aquellos discos deberían haber llegado a más gente?

– Creo que las cosas fueron como fueron y ya está. Siempre compaginamos la música con el trabajo y eso no nos permitía tampoco tener expectativas más ambiciosas.

 

¿Habrá algún día un recopilatorio de aquellas canciones?

– No creo que tenga mucho sentido, cada experiencia, para bien o para mal es prisionera de su tiempo

 

Si tuvieras que hacer tú la selección, ¿con qué canciones te quedarías y qué disco te gustaría que estuviera más representado, por ser el que más te gusta?

– Quizás el primero sea el que más me gusta, aunque la producción es infame y cueste escucharlo. En este disco están todas las referencias: “Otis Redding”, “Flores”, “Gotas de lluvia”… Ese disco tiene canciones con las que fui construyendo mi universo musical.

 

Tras la disolución de La Rosa pasaron 12 años hasta la aparición de tu primer disco en solitario. Da la impresión de que no puedes vivir sin la música así que, ¿cómo llevaste aquello y por qué de aquel retiro transitorio? ¿Perdiste la ilusión o las ganas de hacer música? ¿Estabas concentrado en tu trabajo al margen de la música?

– Básicamente me concentré en mi vida personal, arreglar la casa y ese tipo de cosas. Pero nunca dejé de escuchar y disfrutar música y tocar esporádicamente con Pepe Losada con el que luego grabaría Ella.

 

En el 2006 llegó Ella…, el disco que te devolvió al mundo del rock. Está claro por el título que era un homenaje a las mujeres, aunque sé que no se trataba de un álbum conceptual. ¿Por qué ese tributo?

– No creo que las chicas necesiten homenajes. En todo caso, se trata de una muestra de gratitud a  una persona en concreto  y un guiño a su universo feminista.

 

Un año después grabas Realidad, un disco bien presentado, bien grabado. ¿Se puede decir que ese sería el ideal al que aspirar en tus discos?

– De los discos, lo más importante son las canciones. Luego, si alrededor de ellas puedes desarrollar cualquier cosa. Mejor. En este caso aparecen unas ilustraciones y unos textos que podrían considerarse antecedente de lo que ahora es el formato de  edición de A nena e o grilo: cuento, ilustración y canción. El mundo gráfico y la edición me parecen fascinantes, de ahí el interés.

 

Tu colaboración con Burgas Beat, a los que conocías desde mucho tiempo atrás, llega en 2008. Clic es un disco especial, único, en el que cada uno ponéis lo mejor de vosotros. ¿Quedaste tú también satisfecho de aquel trabajo? ¿Sacas provecho de las colaboraciones?

– Mucho, y disfruté mucho trabajando y tocando con ellos; son gente maravillosa y una gran banda. A mí me llevaban en volandas: hasta hacían arreglos a mis temas, y siempre con acierto.

 

Creo que todos los que escuchamos aquel disco anhelamos una segunda parte. ¿Llegará algún día?

– Estaba previsto y ellos se volvieron atrás. Ahora me tiran los tejos otra vez,  pero no lo sé. Primero tendría que tener las canciones y, luego, el tiempo y la pasta. Yo ahora me centro más en productos que también me ayuden a sobrevivir.

 

No sé si quieres comentar el accidente laboral que casi te aparta de la música. ¿Cómo lo viviste tú? ¿Cuáles fueron tus temores?

– Lo viví con naturalidad  y tuve la suerte de que los amigos no dejaran nunca que me desanimara. Primero seguí componiendo con el piano y, poco a poco, me fui reencontrando con la guitarra.

 

Después llega tu primer disco aparentemente orientado al público infantil, A nena e o grilo en el 2010, una sorpresa inesperada sino fuera porque la parte artística de Realidad la había hecho Iván Prieto, ilustrador de libros infantiles. ¿Cómo surge el proyecto? ¿Un encargo? ¿Cómo es que de repente te diriges a los más pequeños?

– No fue un encargo. Un buen día Uxía, que fue la productora musical, y yo le propusimos el proyecto a una editorial, OQO. Grabamos maquetas de cuatro o cinco canciones, gustaron y seguimos adelante hasta completar el libro, porque los textos ya los tenía. Luego buscamos también una forma de presentarlo en directo y empezamos a montar el espectáculo. Nada ocurre de repente; hay un proceso y una adaptación, que, básicamente, consiste en saber a quién te diriges exactamente y qué quieres decir. Simplemente eso ya te sitúa en el proceso.

 

 

Tanto en ese disco como el que ahora presentas, A nena e o grilo nun barquiño, hay grandes canciones (“O meu país”, “Arco da vella”, “Rumba das Apertas”, “Voga voga”, “Todos somos capitáns”, “A formiga Lúa”, “Meu amor estoupa”) que, por una parte, pueden agradar a cualquier adulto y, por otra, dignifican las canciones dirigidas a los niños. ¿Tú lo ves como algo distinto o encuentras también una unidad con el resto de tu trayectoria?

– Buena pregunta. Yo lo veo parte de lo mismo. Las personas no somos seres unidireccionales, sino que estamos conformados de montones de matices e influencias Yo canto, pero también hago canciones. Para mi la canción es el fruto más valioso y, cuando encuentro a alguien que también lo entiende así, el reconocimiento es instantáneo. Me gusta compartir con otras personas e intercambiar visiones, y me da  absolutamente igual que tenga que ver con un tipo u otro de música.

 

Quizás “Happy”, la única en inglés, no engancha igual. ¿Cómo ves ese intento en otro idioma?

– Bueno, como transversalidad pedagógica creo que está muy bien ir incorporando otras lenguas, y el inglés es la más obvia. Pero también teníamos una en francés que al final no entró. Ahora estoy con una en italiano. En portugués también sería relativamente fácil. A mí las lenguas me gustan, me interesan y me parecen muy divertidas.

 

Lo que llama la atención es que empieces a cantar en gallego justo cuando te salen este tipo de canciones. ¿A qué crees que se debe?

– Creo que a dos razones. Cada tipo de música tiene su iconografía, y la del mundo infantil la tenemos como muy en el subconsciente colectivo, al igual que la necesidad de identificarnos con un lugar y un pueblo. Y la segunda es que cada vez me fui relacionando más con expresiones artísticas y personas que utilizan habitualmente esta lengua.

 

¿Crees que en este último disco con instrumentos como la zanfona, el arpa o el acordeón te acercas más a la música de raíces?

– A ver… A veces tengo la impresión de que el mundo del pop o rock y el de la música tradicional viven de espaldas el uno al otro. Y a mí me apetece y quiero participar de ambos, porque lo siento así  y me parece enriquecedor.

 

Está claro que los niños no van a pillar las referencias a “tutti frutti”, “sugar, sugar”, “baby I love you”, “baby blue”, “o tren”, “miña terra galega”, “honey honey”, “do do run run run” o “spanish bombs”, pero está bien que las vayan conociendo.

– Da igual que no las conozcan. Algún día más adelante las escucharán y entonces establecerán la relación. No todo tiene que ser inmediato.

 

Por poner dos ejemplos de colaboraciones con voces femeninas, en “Tris tras tres” te acompañas de María Faltri en la voz (parece, además, una canción tradicional) y en “O meu país” era Uxía. Aunque tu voz no puede llegar a los registros de ellas, el contrapunto que ofrecen está muy bien. ¿Te gustan ese tipo de temas a dos voces?

– Mucho. Creo que un ‘producto’ para niños es más agradecido si lo interpretamos chicos y chicas. Quizás se pueda ver como otra transversalidad para ilustrar que todo es más divertido si participan los dos géneros y que las segregaciones son más traumáticas que otra cosa.

 

¿Cómo te planteas llevar a directo este tipo de propuestas relacionadas con el público familiar?

– En principio lo movemos más por espacios vinculados al mundo del teatro. Todavía mantenemos el primer espectáculo, y el nuevo sigue la misma línea, solo que la parte teatral está mas próxima al mundo del circo, no hay tanto diálogo y todo es más visual. Pero queremos también acceder a espacios estrictamente musicales. Ahora ya tenemos repertorio suficiente con los dos libros y también estamos preparando la edición en castellano del segundo.

 

¿Cómo viviste en su día que más de 30 artistas te dedicaran un disco colectivo, Doutor Apertas, algo muy extraño en España, y más en vida del homenajeado?

– Pues además de aprovechar para dar gracias públicamente a todos, solo decir que ahora trabajo con personas (María, Jorge y Jerry) que conocí a través de ese disco. Pero también quiero resaltar que Dani Neno Elliot, Uxía y el resto, pero sobre todo ellos, lo urdieron para darme una autoestima  y un reconocimiento gracias a los cuales todo es mucho más fácil y agradecido.

 

¿Crees que tu música sigue incluso hoy los parámetros de los artistas que más te han gustado o influido todos estos años o has visto alguna evolución relacionada con algún descubrimiento reciente?

– Bueno, me dejo llevar por lo que surja sin pensar en a qué puede sonar. Sí que hay una cosa que tengo más presente que antes o que le doy más importancia: al menos para la SGAE, la letra es el cincuenta por ciento de una canción.

 

¿En qué crees que has depurado tus canciones después de estos años? Diría que en los textos, pero tampoco son tan distintos de los de que ya hacías hace años.

– Es cierto que no son tan distintos. Procuro que sean sugerentes y no estén sobrecargados. Sí, creo que en el fondo conservan esa dosis de sencillez y carga emocional, que decía alguien.

 

A pesar de ser gallego, yo no diría que lo que hay en tus canciones sea morriña, sino melancolía. ¿Por qué es tu tema recurrente?

– Me da la impresión de que la melancolía tiene ese poder emocional que es capaz de conectar a las personas a través de los sentimientos, quizás sea eso.

 

Parece mentira, pero hay mucha gente relacionada con la música que ni siquiera te conoce. ¿A qué crees que es debido?

– Pues no sé. Estarán poco informados, ja, ja. ¡Tampoco hay que conocer a todo el mundo!

 

Por último, ¿cuál ha sido la mejor anécdota de todo este tiempo en el mundo de la música?

– Sin duda, conocer a mucha gente con la que compartir, por ejemplo Gloria van Aersen en familia, o la familia Senlle.

 

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