LOS DISCOS 2

LOS DISCOS: Historia y práctica de un amor obsesivo Pt.2

 Los chicos de los discos
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Somos los chicos de los discos. Somos los chicos de los pisos inclinados por el peso de todo ese vinilo mal distribuido. Somos los chicos de las Expedit llenas. Los de las peleas conyugales por espacio, los de las pilas de “nuevas entradas” que crecen hacia el horizonte, somos los que pedimos que nos falsifiquen el ticket de compra en las disquerías para que –a efectos maritales- parezca que hemos comprado menos.

Somos los chicos de los ojos fijos y los dedos sucios. Somos los arqueólogos del LP. Los de la memoria fotográfica para años y sellos y miembros e instrumentos y portadas y números de serie. Somos los que podemos pasar dos horas, tres horas, cuatro horas, cinco horas, todas las horas, buscando en cajones de discos de Todo a 3 Euros con la esperanza de encontrar algo. Somos los que, cuando cinco horas más tarde aún no hemos encontrado nada, nos obligaremos a encontrar algo vagamente digno que justifique el tiempo empleado (Kid Creole, el All right de Christopher Cross, Nilsson barato, MOR no vomitivo, Kitchenware de segunda fila, algo de Creation mitad-de-los-90, 99 red balloons, el disco de Poison Idea que está en todas partes, Ned’s Atomic Dustbin, Cat Stevens, lo que sea).

Somos los snobs de los discos. Sabemos lo que queremos, y vamos a conseguirlo. ¿Hablar con aficionados? ¿Hablar con no-creyentes? Para nosotros, esto es una religión. Y, como dice el Lermontov de Las zapatillas rojas, “a uno no le gusta ver su religión practicada… así”. Lo que somos, tiene valor. Lo que somos, implica una gran cantidad de horas, obsesión, sufri­miento, atención, dedicación, pasión extrema, búsqueda deses­perante, investigación detectivesca, debate interminable y eterno sobre puntos e íes. Nuestra figura, tiene que ser reivindicada. Creo que era en el Head-On de Julian Cope donde se reivin­dicaba la figura del descubridor de discos, el turner on, el tipo que ilustró a otra gente en la existencia de determinados discos magníficos, cambia-vidas, línea-en-la-arena-y-una-vez-las-has­cruzado-ya-está, discos gloriosos, catárticos. Ese tipo no tenía necesariamente que escribir en un fanzine o tocar en un grupo; el mero hecho de ir por el mundo haciendo que la gente prestara atención a los discos adecuados era suficiente marca de respeto y sabiduría y apasionamiento.

 

Somos ese tipo.

 

Somos los que dejamos de desayunar durante una semana para conseguir un disco. Tan solo ese gesto, por sí solo, define cuál es la implicación original –adolescente y obrera- en todo este lío de los discos. Somos los que robamos para conseguirlos. Los que tuvimos ataques de asma entre cajones. Los que nos peleamos por ellos en bares. Puñetazos por los Jam no parece una tontería, ni siquiera hoy. Ni siquiera hoy.

 

Lo que somos, es: somos los enterados de los discos.

 

¿Es esto tan importante como para que la gente nos admire? “La vida te da la posibilidad de escoger entre el vestido y el vestido sin gracia”, diría Tibor Fischer en su coolVoyage to the end of the room, “entre la música hecha por un músico inteligente y exigente y la hecha por un tontorrón con notas cansadas y robadas, y los que efectuamos la elección correcta deberíamos ser aplaudidos. Sin duda la vida es cribar las opciones correctas y ser aplaudidos por la gente correcta, ¿no?”. Sin duda.

 

Somos los que grabamos cinta tras cinta a novias, amigos, amigas, desconocidos, futuras amantes. Cintas que reposan en cajas, en coches ajenos, cintas que se perdieron hace tiempo o son tarareadas aún en viajes a l’Empordà. Hicimos carátulas. Dedicatorias. Pusimos títulos absurdos e inventamos discográficas que no existían. Somos esos pobres locos, los que cada vez que conocieron a una mujer tenían automáticamente el dedo en el Rec de grabar, casi sin darse cuenta.

 

Somos esos tíos penosos, sí.

 

Pero su pena, sólo los discos la podían curar.

 

Somos gente algo enferma, gente de ideas fijas y tradi­ciones largas, así que no nos vengas con MP3, CDs grabados, Ipods. Solo por respeto, no vengas. Esto significa algo, estamos aquí batallando por la belleza del sonido y el receptáculo que lo almacena, por las cosas que importan, no podemos perder tiempo. Estas cosas nos preocupan. Hay demasiado que alma­cenar, buscar, grabar, pinchar, demasiada gente que humillar con nuestro conocimiento, demasiados utilizadores de la palabra “pop-rock” que poner en su adecuado lugar con un par de defi­niciones exactas y certeras de un sonido. Tantos discos, tan poco tiempo, tanto que conocer, tanto espacio que usar.

 

Esto somos:

 

Somos los chicos que se van a divorciar. Los que olvidan los potitos pero saben todas las reediciones venideras. Los que tienen 17 años mentales y, encima, bajan a 14 cuando escuchan punk rock. Los que bailan a los Fleshtones en calzoncillos, aún. Los que ponen monedas encima de los brazos del tocadiscos. Los que saben qué disco va con cada cena, viaje, mañana, polvo, cumpleaños, fiesta, amigo, tía, resaca. Los que cantan las canciones con el salto de la aguja incorporado. Los que se enamoran y graban cintas, y luego ven a la chica marchar con el deportista cenutrio, una y otra vez. Los que se enamoran y graban cintas, y de golpe funciona y la chica dice Esto es increíble, creo que te amo y, en efecto, nadie puede creerlo, nosotros mucho menos. Somos los del dolor del pasado y la angustia del futuro, y entremedio, discos. Discos para todo. Para mitigar la pena y potenciar la exhilaración. Discos para una boda. Discos para un entierro. Discos para nuestra cordura y también para nuestra locura. Si no te gustan los discos, ¿qué te gusta? Vamos a tu casa a escuchar discos, y a la mierda todo lo demás.

 

Somos los chicos de los discos, hombre.

 

the fleshtones

 

A. Almacenaje

 

Empezamos con la poética (¡Son discos!), pero en el ante­rior número prometíamos práctica y técnica, y aquí está. Almacenaje significa que, por lógica pura, si uno compra discos y no es nihilista, aquellos discos acabaran acumulándose. Es lo que hacen los discos y las dudas y las facturas y los remordimientos y las ex-novias: acumularse. Dado que esto es así, y que no podemos mandarlos a un plano supe­rior o a un planeta paralelo, habrá que enfrentarse al hecho de que hay que tenerlos ordenados de algún modo. A la vez, llegar a este punto implica que uno posee ya bastantes discos. La gente que tiene tan solo quince -o cincuenta- no necesita un orden; lo que necesita es una razón para vivir. Pero eso no viene a cuento ahora.

 

Asumamos pues que la mejor forma de tener los discos es en una estantería (las Expedit de IKEA parecen hechas espe­cialmente para este propósito), y colocados con los lomos hacia fuera. Es mentira, la mejor manera del mundo es tenerlos horizontalmente en racks, como en una tienda de discos, pero nadie tiene ese espacio de campo de golf en el propio comedor. Asumamos lo que hemos dicho, pues, y veamos las seis formas de ordenar los discos:

A.1)   El método Lester Bangs: Está mamado, da un valor bastante alto en el cool-o-metro, y no requiere orden ni cuidado ni limpieza de ningún tipo. Se trata de tenerlos por todas partes, hechos una mierda, fuera de las fundas, algunos en pilas, algunos verticales, qué mas da, dejando que ellos se pongan al lado de quien quieran, con ceniza y restos de mostaza en las portadas. El nombre viene de una famosa foto del crítico norteamericano en la que puede contemplarse su colección de discos, despanzurrándose por aquí y allá como una catedral de escombros. Para este método hay que ser: a) un cerdo y b) soltero. Un cerdo soltero. Los que no cumplan ambos requisitos no debe­rían ponerlo en práctica, pues, o se volverán locos (los control-freaks) o les van a atizar tan fuerte con escobas y amasadores de pan que van a creer que nacieron con el cráneo violeta.

 

A.2)   Alfabético: El más popular, y también el más square de todos. Resulta formidablemente práctico, siempre se encuentra todo lo que uno busca a la primera y, además, está al alcance de cualquiera; su único requerimiento es saberse el alfabeto. Aparte de algunos fans del Oi!, creo que nadie debería tener problemas con esto. Así que ahí los tienen: colocados en un espléndido A-Z autoexpli­cativo. ¿También ustedes ven lo que sucede, verdad? En efecto, es aburridísimo, y pertenece más al mundo de los coleccionistas de sobrecitos de azúcar que al nuestro, al de los que tratamos con materia glorioso-emocional. Para colmo, no encaja. Algo mayor que todo lo enume­rado falla. Los fanáticos del contexto y el contacto y la comparación preferirán antes un cólico miserere que tener a Close Lobsters al lado de Creation al lado de Comet Gain al lado de Capitols al lado de Colleen. ¿No ven? No tiene ningún sentido. Que todos empiecen por C no es razón suficiente para agrupar nada, a parte de en algunos estadios primigenios del parvulario. Con este método van a encontrarlo todo, pero están desordenando el equilibrio del cosmos. Y, además, están siendo muy poco cool.

the records

 

A.3)   Por orden de adquisición: Por mucho que dijesen en Alta fidelidad, esto es un falso método, pues nadie los ha tenido almacenados así y nadie los tendrá jamás, exceptuando quizás en temporadas de impasse (un año viviendo en otro país, por ejemplo) o zonas concretas de la colección como las Nuevas Entradas, o en el caso de gente fenomenalmente enajenada. Como técnica, requiere un espantoso esfuerzo de memoria cada vez que se busca algo, pero a la vez (si hay que buscarle un lado bueno) la progresión de su alma­cenamiento se resuelve sola. Solo hay que ir poniendo los últimos tras los penúltimos. Chupaíto. Ahora, si cada vez que quieren sacar el disco de los Sorrows tienen que pensar si lo adquirieron en abril o mayo de 1986, vayan sacando el Diazepan. Y los Kleenex también, que los recuerdos nunca vienen solos.

 

A.4)   Por colores: Era broma. Espero. Si algún lector los tiene por orden cromático, que nos escriba de inmediato. Necesitas ayuda, tío.

 

A.5)   Por sellos: Una alternativa plausible, sobretodo para aque­llos que coleccionan singles de northern soul o –especial­mente- reggae y ska, no ya tanto para elepés, y menos para indie de una-sola-referencia, discos que jamás volverán a ver, encontrar y escuchar si clasifican con este selectivo sistema. El método Por Sellos da un registro razonable­mente alto en el medidor de cool, y tendrán oportunidad de hacerse los listos en todas las conversaciones, pero luego estarán solos para capear con las desapariciones Rip Van Winkle de sus álbumes favoritos cuando tanto los necesitaban. Álbumes que reaparecerán 35 años después, cuando ya sea tarde. Para escucharlos y para muchas cosas más.

 

A.6)   Por estilos: Sin querer alardear –es el que utiliza un servidor- esta es una de las mejores formas de apretujar LPs en estanterías. Admito que no sirve para colecciones astronómicas (las de 15.000 y 20.000 discos que tienen los DJs de hip hop, por ejemplo), pero como no es el caso de ninguno de ustedes, da igual. Con esta técnica tendrán el reggae con el reggae, el sixties punk con el sixties punk, negro con negro, todas las pandillas y sonidos agrupados por afinidad, sin choques de estilo ni descontextualización. El inconveniente reside en el orden preciso que decidan aplicar dentro de cada estilo; el mío, se lo digo ahora, es el rudo Barullator. Por tanto, a veces pasan algunos minutos hasta que le echo el guante a algo. Pero la espera lo vale, ojo. A Barullator también se le aplica en los abundantes singles que yacen en cajas de zapatos Clarks por todas partes, y cuyo único etiquetaje es la prosaica división Soul/ Club, Indie/Punk y 60’s escrito en cada una de ellas. Esto sí que es un embrollo cataclísmico y una invitación a la taquicardia (“¡Dios, lo he perdido! ¡Me lo dejé la última noche que pinché en el Heliogàbal!”) o al más endiablado mal humor, que aparece fielmente tras pasar más de media hora buscando una canción. Por otra parte, el juego “A ver qué coño sale ahora” puede proporcionar la chispa que una determinada velada sin fuelle estaba requiriendo a gritos.

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B. Búsqueda y captura

 

Escuchar en bares no es suficiente. Cualquiera que esté obse­sionado con el asunto éste de las canciones hermosas acabará necesitando su posesión infernal. Algunos interrumpirán el saqueo de ciudades antes, otros continuarán haciéndolo toda una vida; algunos se contentarán con tener algunas muestras, otros sufrirán el tumor del completismo y se verán empujados a poseerlo todo, perdiendo por el camino empleos, mujeres y dignidades varias. ¿Quiénes somos nosotros para lanzar la primera piedra, o cualquiera de ellas?

Los discos, ya saben, van a encontrarlos en determinados lugares; no los regalan por la calle. Lo mínimo que podemos hacer es indicarles dónde. La faena posterior ya es sólo suya. Y menuda es.

B.1)   Tiendas de discos: No vamos a entrar en detalles particulares ni nombres propios, pues es este un negocio extremadamente susceptible a la ofensa y el agravio, y se sabe de editores de fanzines que han sido amenazados y perse­guidos por calles por cosas menores que ésas. Tampoco, por las mismas razones, vamos a perfilar los tipos de dueño/ dependiente porque –aunque el buen humor no reñido con el gusto está garantizado aquí- los puñetazos los recibimos en el extremo editorial, no lector; una injusticia, si me preguntan. Les diremos tan sólo que una tienda de discos es un lugar donde adquirir material discográfico a cambio de dinero. Esos álbumes los encon­trarán en secciones generalmente señalizadas engañosa­mente, o sin pista alguna de su contenido. No desesperen; es el trabajo que hemos escogido. Las secciones que sí exhiben nombre propio pueden dividirse básicamente en tres, y recomendamos visitarlas en el orden que seguida­mente les proporcionamos:

B.1.a. A-Z Rock / A-Z Soul: Lo más parecido a una escudella que hay en el mundo del disquismo. En el A-Z entra todo, independientemente de si es la banda sonora de La mujer de rojo o el primer álbum de The Chesterfields. No olviden nunca que el resto del mundo no es como ustedes, y tengan siempre presente el conocimiento discográfico medio del rockero que trabaja en un establecimiento de este tipo. Bajo, por decirlo sutilmente. Las cosas pueden estar en cualquier parte (y a cualquier precio); tatúense esto en el dorso de la mano. Así, enfrentarse a un A-Z entero –no saltando de un a otro cajón como una liebrecilla perdida– es una de las pruebas básicas de pertenecer o no perte­necer al selecto grupo de los connoisseurs (ver definición del término al final del artículo). Un auténtico obsesivo-conocedor atacará las fi las del Rock A-Z en estricto orden alfabético, y armado de una mezcla de paciencia Jobiana, desapego y esperanza bajo control. El equilibrio entre las tres cosas no debe desestabilizarse en ningún momento, o todo el proceso se antojará de golpe punitivamente absurdo. Demasiado desapego les aburrirá; demasiada esperanza va a llevarles a un chasco desesperante cuando hayan pasado por onceava vez una copia del So de Peter Gabriel. Calma: Flexionen los dedos, fliqueen velozmente y no aparten la vista del cajón. Aquel disco de new wave que tanto buscan puede perfectamente estar allí. Lo que pasa es que antes van a toparse con una cantidad tal de álbumes de los Eagles y Bros como para mandarles al sanatorio más cercano de por vida.

 

B.1.b. Estilos: Una vez hayan acabado con el A-Z ya pueden ir a la zona donde los discos están (al menos teóricamente) separados por sonido. Aquí ya no valdrán lo que valían en el anterior –otra de las atracciones del A-Z– pero, claro, al menos sabrán a qué atenerse: Punk, hardcore, funk, garaje, 60’s (término amplio y, por tanto, como­dinesco)… No tiene más secreto, pero no olviden que aquí también pueden estar colocados mal. O, como suele suceder, que algún listo –podría tran­quilamente ser uno de ustedes, seguro- no llevaba dinero para tal álbum de Tim Hardin y decidió taimadamente esconderlo al final de la sección de Metal con la intención de volver por él algún día con dinero suficiente. Un truco viejísimo que, sorprendentemente, aún funciona.

B.1.c. Todo a 1 Euro: La jungla del vinilo. Solo los muy machos o muy dementes o muy jubilados se atreven a meter las falanges aquí, y por esa razón es justo lo que les encomendamos que hagan. Esto es el ghetto de la tienda de discos, el gran montón de basura, los discos que nadie ha amado jamás y, por supuesto, la zona con los cajones más sucios. A su lado, el A-Z es un Taj-Mahal de sofistica­ción y tesoros ocultos. En la zona de 1 Euro solo suele haber Cançó catalana, Zarzuelas, melódicos españoles, BSO inmundas, pésimos 12” de los 80’s, AOR del más bajo en la escala social y, por supuesto y con toda la lógica del mundo, heavy. Es altamente improbable que encuentren algo aquí, pero es que no se trataba de eso. Se trataba de demostrarle al mundo y al resto de gallinitas de la tienda que pueden pasar una hora viendo solo portadas de Manolo Escobar sin perder la compos­tura, a pesar del fulminante ataque de asma que les está aquejando desde los primeros discos. Repí­tanse a ustedes mismos: Ventolín, valor y victoria.

the chesterfield kings

B.2) Ferias: Básicamente son sólo tiendas de discos MUY grandes. Van a encontrar las mismas secciones que en una tienda, pero multiplicadas hasta el infinito y con muchos más álbumes. Una feria, a todos los efectos y si siguen nuestros consejos, va a convertirles en un über-conocedor, un Superviviente, un Dios Vinílico. Hay un antes y un después de hacerse entero el Todo a 3 Euros del holandés que cada año viene a la Feria del Disco de Barcelona. Estas cosas le cambian a uno. Decenas de cajones tamaño arca de Noé sin ningún orden ni señal representan, a efectos del buscador, como enfrentarse a la definitiva cima del connoisseur. Por tanto, no vayan a intentar coronarla armados solo de un poco de cordelito y una lata de alubias. Van a necesitar toda su paciencia, memoria, poder digital y conocimiento para culminar con éxito este reto; poca gente puede. Cuando terminen, independientemente de su éxito material (lo que se lleven pueden lanzarlo al contenedor al salir; esa no era la cuestión), recogerán la recompensa de ser uno de Los Elegidos. Y precisamente por ello podrán escupir a la masa que se amontona ante los cajones de los más caros dealers, suplicando como niñas por una rebaja a ese single de 200 libras que ustedes, si no decaen, tendrán por 3 euros algún día.

B.3) Dealers: Todo acumulador de discos debería tener como mínimo un dealer propio. Es una de esas cosas que, como tener un sastre, o un barman que sabe exactamente lo que deseas tomar sólo olisquearte dos manzanas más allá, otorgan distinción y denotan buen gusto y maneras, y le hacen sentir a uno que pertenece. El dealer sabe exacta­mente lo que quieres y buscas y, si sabe hacer bien el trabajo encomendado y tiene el menor interés en ganar un centavo, sabrá contactarte cada vez que por su puerta entre esto o aquello. Por supuesto, uno no debe fiarse nunca del propio dealer; sería como encomendarle el cuidado de nuestra hija de seis meses al camello de MDMA. Cuando el dealer dice “Tengo algo que te va a encantar”, lo que en realidad está diciendo es “Tengo algo que nadie quiere ni regalado”. Cuando te dice “Te hago un precio por los tres, te salen casi a precio de coste”, implica obviamente que está consi­guiendo una ganancia del 400%. Al dealer le va la vida y los garbanzos en que usted le crea y compre, así que suele tener pocos escrúpulos.

Pero incluso dentro de su difa­mada profesión hay clases: algunos pretenden no distin­guir entre las gradaciones “Buen estado” e “Inescuchable y lleno de mierda y más rayado que una uralita”, otros son más meticulosos. Algunos sobreprecian, otros no. Algunos nunca les tienen en la lista de prioritarios, y les mandan la lista cuando ya solo quedan las migas y las reediciones de Charly R&B. Y encima ponen rictus de sorprendidos y espetan un “Ah, pero, ¿ibas tras ése?” cuando acaban de venderle a cualquier mastuerzo el absoluto número 1 de su lista de Singles Buscados. Los dealers son, como decían de los productores teatrales en Eva al desnudo, “conejillos infelices”. Pero pese al corrupto submundo de su mente, pueden ofrecerles satisfacciones sin nombre; manténganles cerca.

 

B.4) Ebay: El mercado de subastas de discos (y otras cosas) de Internet, claro. Daría para un artículo entero, pero resu­miré. Ebay es peligroso como la cocaína más pura; les llenará momentáneamente de placer, pero los precios son demenciales, la novedad termina rápido y es muy adictivo. Además, la mayoría de señores con los que van a tratar en Ebay son dealers; no digo más. Para los que aún no han entrado en sus redes de perdición, un consejo: no traten de evitar el célebre Primer Mes del Despendole Mone­tario. Nos ha sucedido a todos, y no es una vergüenza. De hecho, es perfectamente humano. Se trata del mes en que han descubierto ese badulaque virtual y van a pujar y sobrepujar por todos los discos, sin reparar en los dañinos gastos de envío con los que luego van a ser golpeados (sí, en la Localización del Artículo que no leyeron ponía Djakarta), sin mirar detalles de vital importancia como “P/S Only” (no hay disco dentro; se han comprado una puta portada por 10 dólares, cretinos), sin miedo y, al final, también sin dinero. El soplamocos que les va a arrear la VISA va a ser de antología, así que recomiendo empezar a pensar excusas (“Era para la podadora de césped que queríamos, pero hubo algún error y me han mandado todos estos discos, cariño. ¿Qué hacemos?”). Ebay es un putiferio salvaje y todos mienten; pero como la Gomorra bíblica, qué de tentaciones.

C. Cintas (grabarlas)

 

Las cintas, los recopilatorios de canciones grabados en cassettes de toda la vida, se confeccionan por tres razones, que yo llamo las Tres Es: Educar, Enamorar y Egoísmo. Y también para adelgazar; nadie puede imaginar el esfuerzo físico que conlleva hacer un recopilatorio de 90 minutos. Levanta, apunta, busca, pincha, (inevitablemente) baila, vuelve a buscar. Y luego se extrañan cuando nos subimos por las paredes cuando alguien nos recrimina que “sólo” hemos regalado una cinta para el cumpleaños de alguien. En esa cinta, señores, van dos horas de faena y 600 gramos de grasa y sudor. ¿Que no? Pero vayamos por las EEEs:

C.1) Educar: Cuando uno graba para educar, de lo que se trata es de introducir a alguien en determinados grupos y sonidos. Esto no es un pasatiempo, y no se trata de que nadie lo pase bien: las cosas buenas se cimientan en casti­llos de lágrimas. Así que un recopilatorio de estas caracte­rísticas buscará la rareza, la diversidad, la riqueza y la más pura gloria, pero no la pulpa fácilmente masticable ni la simpatía gratuita del oyente. Como dijo Albert Ayler: “Si no les gusta ahora, ya les gustará”, y ése debe ser nuestro lema. Se trata, al fin y al cabo, de que el receptor tenga que recogerse la mandíbula con grúa, y a la vez impresionar, compartir, celebrar y –con suerte- ayudar a alguien a comenzar una futura relación con la música pop hermosa. Se combinarán hits subterráneos con piezas duras de roer, baile con reposo, emoción con furia, local con visitante. Al final, la cinta será una obra de arte de corta-y-pega, una biografía del momento, una Polaroid para el futuro. Una cinta bien hecha tiene narrativa; está contando algo. No se lo tomen a la ligera, por favor.

 

C.2) Enamorar: No sé por qué insistimos, si casi nunca funciona, pero es un clásico del fan enamorado de todos los tiempos. Fans especialmente adolescentes, pero esta jodida manía nunca termina, a pesar de sus –repetimos– constantes demostraciones de falibilidad. La lista de mujeres que, después de recibir mi titubeante regalo en una TDK -con portada hecha a mano- se dieron la vuelta para introducir su lengua en la tráquea del cabeza-de­yunque rugbista más cercano es casi infinita. Pero no me entiendan mal: No les guardo rencor. No todo el mundo tenía el gusto educado por aquel entonces para salir con enclenques narizotas peinados a lo Ronnie Lane. En el caso de la Cinta de Amor, todo lo que no ponga la piel de gallina debe ser desechado firmemente. Queremos HITS. Queremos Power pop exultante (Teenarama de The Records), punk emotivo con coros (como el Gabrielle de The Nips o el First time de The Boys) y soul de corazones llameantes. Buscamos emoción y producción de fero­monas, y hay tipos de música que fueron concebidos espe­cialmente para este propósito: para llevar a señoras guapas a desordenar camas. Pueden incluir piezas románticas, lentas y baladas pop, pero sin pasarse: No somos unos blandengues. Somos rebeldes con gusto; duros con alma. Cuidado también con el artwork de portada; su diseño tiene que estar entremedio del nonchalance “te lo hice ayer en un ratito, guapa” y el cuidadoso “he torturado mi cuerpo durante horas para conseguir esta obra maestra de la creación”. Ni una mierda con churretones que denote completa falta de interés por las futuras proezas sexuales de la homenajeada, ni tampoco una currada delirante con 7 rotuladores fosforescentes de colores distintos que le diga al mundo que no tenemos amigos ni nada mejor que hacer con nuestras tardes. El receptor/a de la cinta ya asume que somos unos freaks; no se lo pongamos más fácil.

C.3) Egoísmo: No es incompatible con la amistad ni el amor, pero la cinta que se graba por esta razón surge de una intención primordial muy explícita: el evitar que la gente nos bombardee con su gusto apestoso en coches, cenas y estancias en casas rurales. Este tipo de cinta es un regalo bumerán: ustedes la están regalando, pero sólo para que las canciones que residen en ella regresen a sus oídos. Pueden incluso llegar a deslizarse hasta la completa desfachatez de grabarle a alguien sus novedades o últimas adquisiciones y experimentos para poder escucharlos seguidos en ese trayecto hacia L’Escala. Es algo innoble y bastante desca­rado, pero funciona. Por supuesto, de portaditas y zaran­dajas ni hablar. Un tracklist mal apañado en un pedazo de servilleta o papeleta electoral y avall.

Es innegable, sin embargo, que las cintas no son un formato diseñado siguiendo instrucciones del Altísimo. Se oyen bastante mal, sobreviven en un estado de completa fi lo-destrucción (difí­cilmente reparable, pero aun así es más fácil que reparar un maldito CD) y ya nadie posee soportes adecuados para escu­charlas. ¿Para qué narices seguimos grabándolas, pues? Por nostalgia, porque son cucas, porque la gente aún tiene radio-cassette en el coche y por lo fenomenalmente divertido que es confeccionarlas. Tírenlas tan solo recibirlas si quieren, porque lo que es yo, tengo planeado seguirlas grabando eternamente. Nota: La teoría de que la gente que se educó en el amor a los discos mediante cintas adquirió un mayor oído y una infini­tamente mayor capacidad de absorción de nuevos sonidos que la siguiente generación de diskmans es cierta. La situación era ésta: Una cinta, un LP por cara y ese condenado FFWD que nunca chutaba y, cuando lo hacía, gastaba más pilas que un reactor de Boeing y, cuando no, nunca nos dejaba en el segmento deseado. Por todo ello, el escuchador de álbumes en K7 perdió la esperanza de avanzar o retroceder, y se abandonó estático a los sonidos registrados en el orden deseado por el artista en cues­tión, absorbiéndolo todo sin chistar, aprendiéndose los discos de memoria. O, como diría en otras palabras el amigo Jordi B-Core: “Vaya machaque les metíamos a esas cintas”.

D. Pinchajes

 

Pinchar es educar. Pinchar es hacer bailar. Estos son los dos pilares que justifican y empujan un pinchaje. Ni se trata de sacar los discos a pasear, ni de atender a todas las peticiones de los parroquianos. De hecho –aunque sobre esto existen diversas teorías y posicionamientos-, lo mejor es nunca atender las peti­ciones. Si lo hacen, estarán sentando un precedente peligroso para que cualquier Erasmus pusilánime tenga la desfachatez de pedirles “American music” cuando están pinchando 60’s punk de Texas o Screaming Trees (caso real), o “música para bailar” cuando acaban de poner Boots For Dancing o northern soul (caso real) o que pongan White Stripes o Franz Ferdinand o cualquier otra imbecilidad supina cuando suenan Billy Childish o Orange Juice. Déjenme que les diga una cosa: Ustedes no son el cham­belán de nadie. No son un mono de feria que dance al ritmo de los caprichos de una camada de estudiantes despistados. Ustedes están abriendo un ventanuco para que esa horda de desagrade­cidos asome las narices a una riquísima cultura subterránea, a la que tendrían prohibidísimo el acceso de otro modo. Están ofre­ciendo un servicio. Les están haciendo un favor a esos desgra­ciados, y no al revés. Exijan un respeto.

 

Para rechazar las peticiones de plano y sin que dé pié a discu­siones estériles con capullos, lo mejor es ser sinceros a bocajarro (“No acepto peticiones”, pero recomiendo aprenderla en inglés por si pinchan en territorio enemigo en algún club del centro: “I don’t do requests, sorry”) o soltar alguna fácil mentira blanca. “No he traído ese disco”, por ejemplo. Lo jodido de este último sistema es que puede eternizarse si se da el caso que el pedidor rehúse aceptar su derrota e insista en ir pidiendo cualquier desvarío que le venga a la cabeza. Sean educados y aparenten estar ocupadísimos con el sonido, aunque no tengan ni maldita la idea de qué significan los piturritos de Gain de la mesa de mezclas; esto acostumbra a hacerles desistir.

Otra cosa que deben tener en mente, por cierto, es que la gente va a ir a la cabina del pinchadiscos. O sea, no hay forma de evitarlo. Esa maldita pecera es un imán de freakazos (aunque, muy de vez en cuando, también de tías jamonas, ojo), y mejor que se acostumbren si quieren ir por el mundo poniendo discos buenos. Alguna de esa gente será cortés, otra maleducada como si hubiese vivido en un establo toda su vida; algunos sabrán de qué hablan, otros no tendrán ni idea; muchos –esto es divertidí­simo- pretenderán saber qué disco está sonando cuando es obvio que no les suena de nada, y darán mil rodeos para enterarse sin preguntarlo directamente y arriesgarse a perder puntos de cool.

A éstos, pónganselo bien difícil; es muy posible que se trate de DJs-a-sueldo de algún club modernillo que pretenden capitalizar la rareza de sus discos sin haber pasado por los 20 años de arras­trarse como gusanos por anticuarios y casas de hombres muertos (ver punto b. Búsqueda y Captura). Al enemigo ni agua, amigos; además, ese tipo cobrará por su sesión 10 veces más que noso­tros, no lo olviden. Y si hay que hacer cover-ups (un clásico del northern soul más competitivo: cubrir la galleta del disco para que no pueda identificarse el tema o artista), se hacen, corcho.

Personalmente, considero que el público ideal para un pinchaje debería ser un 30% de ellos con blocs de notas al lado de la cabina (aplausos opcionales) y el restante 70% bailando o, en su defecto, prestando extrema atención a cada uno de los temas pinchados. Conversaciones vetadas, por supuesto, y tos condenable. Lo importante, siempre, son las canciones.

 

Desgraciadamente, estas condiciones no se darán jamás. Lo normal para ustedes será pinchar en un antro con sonido de fosa abisal o cárcel turca, para gente intoxicada que habla a berridos (y que acabará derramando algo pegajoso en sus discos) y a la que le da igual si ponen Digable Planets o Michael Bolton. No se desanimen y denlo todo igualmente. Su sesión debe ser el mejor tipo de sesión posible, aunque no les mandaran a luchar contra los elementos. Y una sesión ideal debe ser:

D.1) Lúdica: No hay nada más imbécil que el tipo que dice “yo pincho para mí, no para la gente”. Un pinchadiscos está para hacer que la gente lo pase bien. Esencialmente y con muchos matices, de acuerdo, pero esa finalidad honorable no debería ignorarse. Plantificarle a la audiencia una sesión entera de dos horas de Faust o free jazz cacofónico puede parecer una gran idea, pero no lo es. Si buscamos comu­nión con un público, como todo tipo de arte tendría que buscar (y pinchar es un arte), hay que esgrimir un porcen­taje razonable de empatía. Sin doblarnos ante la medio­cridad ni poner en peligro nuestros principios, hemos de ir a buscar la comunicación con ese señor de la pista al que parece que le ha dado un ataque de epilepsia. Aunque no conozca ninguna canción, ese tipo debería estar bailando, sonriendo, pogueando, en la calle prendiendo fuego a sucursales bancarias o fornicando en el lavabo. Pero indi­ferente o aburrido, nunca.

 

D.2) Rara: Estamos en la era del CD, de Internet y de la descarga. Cualquier peinado-con-patas puede poner Gang of Four, Kinks o Sex Pistols, así que esfuércense un poco. Estamos educando a una generación en los mejores discos del mundo. Salgan ahí fuera y demuestren qué frutos han dado estos años de soledad extrema y alergias gravísimas. Saquen las joyas de la corona. Pero no se pasen; miren bien el punto 3.

 

D.3) Variada: Todo pinchaje monocromático y homogéneo –o basado exclusivamente en lo ignoto de las canciones-termina siendo tedioso. Da igual si es funk, o punk, o mod freakbeat; al final, cansa. Junten pues rarezas con algún semi-clásico, pero su propio estándar de clásico, no el del mainstream; no pongan Aretha Franklin si están pinchando soul, ni el You really got me si están pinchando 60’s, etc. Para hacer cosas así ya está Radio 80, o un jukebox, o el peinado-con-patas del punto anterior. Mezclen también estilos a placer, y cambien de tempo de vez en cuando, sin recalar durante demasiado rato continuado en el trunka­trunkatrunka a 100ph ni el midtempo. Y, sobretodo, que la música que pongan sea:

D.4) Bailonga: Más o menos. Quiero decir: no pongan baladas ni deprimente rock semi-gótico ni música ambiental. No pongan fuzz-freakouts de seis minutos de grupos de Seattle, por buenos que sean. Aunque Tuxedomoon sean gigantes, no son pinchables. Aunque Colleen sea un genio, sus canciones son narcóticas y parece que vayan a la velocidad incorrecta. Esto no tiene nada que ver con la calidad de las canciones; el deep soul, que es la música más hermosa que existe, la mayoría de las veces es impinchable. Y no pasa nada; se escucha en casa felizmente. Una sesión debe ser relativamente energética, cantable a pesar de su dislocación, danzable a pesar de su extrañeza.

digable planets

Y una cosa más:

 

La soledad del DJ de fondo es uno de los atributos cola­terales más bonitos que posee este arte. Esa soledad, el estar acompañado tan sólo por las canciones de nuestra vida sin que haga falta nada más en el mundo, metidos en aquel acuario, tratando de ordenar un universo emocional en caos a base de música exultante… Eso es hermoso. Y el ir y regresar del club, bolsa en hombro, aquella sensación inexplicable de autonomía, de ser un pionero, un explorador, un viajero. Valen la pena por sí mismos, se lo juro.

 

Pinchar con colectivo o a cuatro manos es, sin embargo, otra experiencia gratificante. Interactuar con otro par de manos, o unir esfuerzos en una progresión de sesiones igualmente inspi­radoras, si bien distintas, puede ser altamente satisfactorio. Sólo dos puntualizaciones:

1) No pinchen a cuatro manos con alguien de quien no conozcan al dedillo su colección de discos. Este método de pinchar sólo puede hacerse con almas gemelas. Si lo prueban con alguien que no lo sea van a acabar escuchando a los Chameleons, y encima pinchados tras su estupenda canción de The Zebras. Y, lo que es mucho peor, cuando suene esa porquería y todo el mundo mire a la cabina, muchos van a asumir que la han puesto ustedes. Eviten esta humillación y nunca compartan cabina con alguien que tiene discos de mierda. No vale la pena, y van a acabar a puñetazos.

 

2) Tengan siempre a un abstemio o a un control freak en su colectivo. Es el que cronometrará los tiempos de cada uno, establecerá los órdenes de pinchaje y la logística. Cuando todos los pinchadiscos son unos borrachos –algo que suele suceder a menudo- la cosa acaba en sindiós. El que cree que ha pinchado menos que los demás, el que quiere hacer el último set sin que le toque, el que no se acuerda de que efectivamente ha pinchado hace tan sólo media hora, el que se ha caído del escenario y fracturado una vértebra lumbar… Lidiar con todo esto es una brasa, pero a alguien le toca hacerlo. En el caso personal del colectivo de quien esto escribe, HUNGRY BEAT, la persona escogida es el pulcro y educado Miguel López. Un tesoro, aunque en las noches de autos nos caguemos en su estampa.

 

Por cierto, cuando más arriba decía lo de que cuando uno pincha no necesita nada más en el mundo… Bien: era mentira. Hacen falta cosas. Bebida a mansalva, sin ir más lejos. Y cigarri­llos, si esa es su particular debilidad. Fumar for england, beber como un energúmeno, poner canción brillante tras canción brillante… O sea, esto es mejor que el sexo. No hay nada en el mundo mejor que pinchar discos medio ebrio y fumeteando como un taxista de Shangai. Garantizado.

 

Sólo una advertencia: Los Discjockeys, como ustedes ya saben, nunca pagan el alcohol que atolondradamente ingieren. Esto, que parece una bendición divina, es también una maldi­ción. Pues la falta de moderación ante la gratuidad espirituosa es la verdadera enfermedad del DJ, mucho más común y mucho peor que el carpal tunnel syndrome que padecen los turnta­blistas. Por eso les recomiendo que no hagan el agonías con la bebida o acabarán por los suelos, perdiendo discos, metiéndolos todos en las carátulas equivocadas, cortando canciones a medias, derramando el contenido de botellas y quemando a gente con su desmadrada sucesión de pitillos encadenados. Rectifico: Intenten minimizar esa ansia. Lo que acabo de relatar va a pasarles igual tarde o temprano. De lo que se trata aquí, pues, es de reducir los famosos efectos destructivos de la situación There’s a drunken DJ in the house, también llamada (Pol Malone dixit) Last night a DJ wrecked my house.

E. Connoisseurs y aficionados

Un binomio la mar de simple, pero que conviene explicar antes de dejarles. El connoisseur es aquel para el cual los discos y el conocimiento (emocional, técnico e histórico) de ellos es una –si no la mayor- prioridad de su vida. Esto es así de sencillo. El connoisseur vive para los discos, y lo ha hecho toda la vida, y nada se puede comparar a la redención, promesa, felicidad, alivio, que éstos le prometen. Críticos musicales con colec­ciones de 500 CDs (regalados todos), gente a la que “le gusta la música”, cualquier persona que diga que algo es “pop-rock”, no son connoisseurs. Son otra cosa, y decimos esto sin afán de insultar. Connoisseurs somos nosotros, y bastante complicado y dañino es a veces llevar esta cruz para tener luego que soportar a auténticos advenedizos reclamando para ellos la Corona de Conocedor. No, no, no.

Por otro lado, lo hermoso de los discos es que pueden gustarle a todo el mundo. Que cualquier humano puede encon­trar en ellos pasiones e inspiraciones (y bailoteos desenfrenados) que no encontraría en otros lugares y artes. Esta gente, la gente que disfruta con algunas canciones pero no siente la obligación de saberlo todo, que bailan en clubs o mueven la cabeza cuando pinchamos pero no tienen el impulso de salir corriendo (tirando el taburete y la bebida y empujando a todo bicho viviente en el proceso) para preguntar qué canción está sonando… Esto son los aficionados. Muchos de los que leen este artículo lo son, y bien orgullosos. Con razón.

Pues la simbiosis connoisseurs-aficionados es indispensable para el equilibrio del planeta. Cuando solo hay connoisseurs, las pinchadas y fiestas se convierten en la Central de los Nerds, con decenas de tíos feos intercambiando notitas. Cuando solo hay aficionados, la música es una basura. No debe haber conflicto entre ambos sectores, porque unos se necesitan a otros. Paz, hermanos.

El único conflicto reside en cuando un aficionado tiene ínfulas de conocedor. Seguro que lo han visto alguna vez, especialmente en críticos, redactores de revistas de tendencias y gente que no les conoce de nada y no sabe a lo que se enfrenta. Pero, a estas alturas, y después de todo lo que les he contado, ya deberían saber como poner a este tipo de individuos en su lugar, ¿no?

Kiko Amat

(Aparecido originalmente en el fanzine La Escuela Moderna y cedido gentilmente por su autor)

(Ver primera parte del artículo)

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