LEON BRIDGES: Coming Home

LEON BRIDGES: Coming Home (Columbia)

LEON BRIDGES - Coming Home

Empecemos entonando un mea culpa. Cuando un artista suena retro, tendemos (tiendo) a señalar que actualiza el sonido del pasado. Parece que, justificado así, se puede aceptar que alguien busque su inspiración en otras décadas, ya que lo que presumiblemente intenta es acercar aquella música al presente con algunos recursos y elementos modernos. Puede que sea así en algunos casos, pero no en todos, evidentemente.

Si hablamos de Leon Bridges, no vamos a necesitar caer en la justificación. Lo suyo suena tan retro que no hay forma de buscarle relación con lo que se graba y edita hoy en día. Por suerte, no es preciso: el propio cantante y músico ha reconocido abiertamente que su intención era sonar como lo hacía el Sam Cooke de principios de los 60, así que ya quedamos libres de toda tentación.

¿Cómo es posible que un chaval de 26 años, nacido en 1989, se sienta tan realizado haciendo música de otra época? Investigando en su biografía, uno puede lanzar la hipótesis de que la culpa la tiene su madre. Desde su conversión al catolicismo, nunca permitió que se escuchase música secular en casa. Si acaso, lo primero que mamó y en lo que creció Bridges fue el góspel (sí, exacto, como los grandes cantantes soul de los 60). Mientras, recibía clases de danza, creyendo desde pequeño que acabaría siendo coreógrafo.

Pero llega un momento en que los chavales despiertan a la curiosidad y, con más interés aun, a aquello que les está prohibido. De adolescente, y cuando su madre salía de casa, Bridges ponía la radio para ver qué otras músicas había por ahí fuera; así descubrió el hip-hop. Con su mayoría de edad estaba ya participando en noches de micros abiertos, rapeando sobre bases instrumentales que él mismo había facturado. Mientras devoraba los discos de Usher o Ginuwine, se ganaba la vida trabajando de camarero y lavaplatos. De eso hace menos de seis años.

Como sabía que su madre no aprobaba ese estilo de música y él quería regalarle una canción, compuso “Lisa Sawyer”, contando su historia, y lo hizo en un estilo más cercano a lo que a ella aprobaría, cercano al góspel y al soul de décadas atrás. Uno de sus amigos raperos, tras escucharla, le comentó si se había inspirado en Sam Cooke. Bridges, avergonzado por no saber quién era, corrió a su casa y buscó al tal Cooke en Pandora y Youtube, que para eso vive en el siglo XXI. Fue una revelación, tal que abandonó el hip-hop convencido de que había encontrado su voz y lo que quería hacer en su vida.

Aún quedaba otra casualidad más, el contacto que faltaba. Una noche en un local de su ciudad natal (Fort Worth, Texas) se le acercó una mujer comentándole que le gustaba el pantalón vaquero añejo de cintura alta que llevaba puesto. “Deberías conocer a mi novio. ¡También lleva Wranglers!”, le aseguró. Dicho y hecho: Bridges y un tal Austin Jenkins congeniaron al instante hablando de moda de otro tiempo.

Una semana después, Jenkins (que es, de hecho, el guitarrista de la banda rock psicodélica White Denim) se llevó una gran sorpresa al ver a Bridges cantando en un club. Sin decirle siquiera que tenía un grupo, le propuso registrar unas canciones en el estudio, pagándolo todo él. Colgaron dos de aquellas ocho canciones en una web y pronto su música se tornó viral, tanto que Columbia ofreció a Bridges un contrato.

Su debut se nutre de aquellas sesiones de grabación, por suerte inalteradas por la multinacional que lo fichó. Registradas en analógico, con todos los músicos tocando juntos en el estudio, Coming Home es toda una recreación de una época y un estilo: el primer soul de principios de los 60, con Cooke como principal referencia y, también, el primer Marvin Gaye o Smokey Robinson. Lo es hasta en su portada, que evoca claramente al disco Ain’t that Good News (1964) del mismísimo Sam Cooke.

En cuanto a sus diez canciones, seleccionadas entre las veinte que ha grabado hasta el momento ,y con poco más de media hora de duración, muestran que Bridges, que aprendió a tocar la guitarra hace no más de cuatro años, ha asimilado la lección con inusitada celeridad: hay un “Better Man” que se inicia igual que el clásico “I Second that Emotion”, surf-rock bailable en “Smooth Sailin’”, ska en “Twistin and Groovin”, blues en “Shine”, coros doo-woop en “Lisa Sawyer”, ecos de Nueva Orleáns en “Brown Skin Girl”…

Como es lógico en un debutante tan joven, las letras son su asignatura pendiente, aquello en lo que deberá y podrá mostrar su evolución, su previsible mejora. En este disco hay textos deudores de aquellos primeros años 60, cómo no, pero la reproducción de aquellas temáticas no impide que en algunos momentos se exceda en la sacarina (“Oh, baby, don’t you know you are a cutie pie?”, canta en “Brown Skin Girl”).

Por el contrario, el cierre del disco con “River” (un góspel acústico que es su mejor momento) y frases como “Abrázame en tus aguas tranquilas. Entro como un hombre con muchos crímenes. Salgo a tomar aire al tiempo que los pecados flotan Jordán abajo” es lo que nos permite atisbar todo su potencial y otorgarle confianza en lo que está por venir. Como era de esperar, no somos los únicos: además de haberse hecho con miles de seguidores en todo el mundo, su madre está ya de su lado. Y nosotros le damos las gracias: aquella cruzada espiritual que impuso en su hogar ha derivado en este primer e inmaculado anacronismo.

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