LEH, TIBET, INDIA

VIAJES


Leh, el Himalaya budista hindú

 

 

 

Charlando recientemente con el grupo de fusión portugués Terrakota, estos reconocían que su nuevo y cuarto álbum World Massala empezó a gestarse en Leh, en la región india de Ladakh, improvisando con músicos locales tras haber sido invitados a participar en el Festival Ladakh Confluence en el verano de 2009. Algo de esa influencia queda clara en su nuevo video, “World Massala”, rodado no obstante en Delhi. Dicho así, parece que acceder a Leh es tan fácil como a cualquier otra ciudad, cuando la realidad demuestra todo lo contrario, que llegar hasta allí no es precisamente sencillo ni lo ha sido nunca a lo largo de la historia. Estamos hablando de una de las regiones más remotas del planeta, abierta al exterior hace sólo 35 años y que permanece de octubre a mayo incomunicada del resto del mundo.

 

 

 

Situado a unos 4000 metros de altitud, el desierto nevado se ha convertido en uno de los últimos reductos del budismo tras ser brutalmente reprimido en su Tíbet natal. Definido como “el último Shangri-La”, “la Tierra de la Luna” o “el pequeño Tíbet”, esta región India bastante distinta al resto del país-continente está formada por montañas, marcada por sus montañas y rodeada de más montañas.

 

Al sur se encuentra la cordillera principal del Himalaya, incluyendo los impresionantes picos Nun (7.140 metros) y Kun (7.090 metros). Al norte, y paralela al Himalaya, se sitúa la cordillera Zanskar, que marca la principal separación entre el Himalaya y los valles indios, por la que desciende el río Zanskar, y que sitúa al este del Karakórum los picos Rimo 1 (7.390 metros) y Teram Kangri 1 (7.470 metros). Encajada por lo tanto entre el Tíbet chino, Cachemira, la región de Himachal Pradesh y el Karakórum, su escasa población vive distribuida a lo largo de pequeñas zonas verdes que se extienden a la vera del cauce de los ríos -especialmente el Indo y el Zanskar- que descienden furiosos de los glaciares cercanos.

 

 

 

 

 

 

Su aislamiento del resto del mundo ha preservado en ella una forma de vida casi medieval, manifestada especialmente en los numerosos gompas (edificios budistas que son, a la vez, fortificaciones, monasterios, conventos y centros educativos) situados en la cima de montes rocosos y áridos o colgando de escarpados precipicios. Sobre ellos, como recordando quienes han sido sus moradores a lo largo de los siglos, ondean al viento banderas multicolores repletas de plegarias escritas minuciosamente con tinta indeleble.

 

Los monjes no han sido sus únicos habitantes a lo largo de los años. Las caravanas de yaks llegaban desde el Tíbet, Cachemira, Kullu, Yarkand, Kashgar o la cercana Ruta de la Seda. Además de los comerciantes y los monjes budistas, Ladakh ha sido siempre un lugar de encuentro de varias culturas, conviviendo también en ella parte de población hindú, musulmana y hasta misioneros cristianos. Fueron también esas relaciones la principal causa de conflictos. Sus fronteras, tanto con China como Pakistán, siguen siendo objeto de disputa y la principal razón por la que no se permitió la entrada de visitantes hasta 1974.

 

 

 

 

 

 

Por ello no es de extrañar que en las últimas décadas se hayan establecido varios destacamentos del Ejército de India. La amplia presencia militar recuerda que la región cachemira sigue siendo objeto de escaramuzas militares con Pakistán. Más importante aun, el gobierno budista del Tíbet en el exilio se ha asentado en la región, convirtiéndola en un área que, aun manteniendo elementos de ambas culturas, no es ni india ni china. Sin embargo, a pesar de los cercanos conflictos, los militares deben dedicar la mayor parte de su tiempo a despejar la nieve de las escasas carreteras y a reparar puentes y pistas que posibiliten la comunicación.

 

Tiene sentido. De la capital india, Delhi, solía llevar un mes llegar a Leh, centro neurálgico de la región. Hoy hay ya dos vías para llegar desde Delhi. La primera, por carretera, suele estar practicable únicamente de junio a septiembre, e implica invertir en ello unos cinco días de media en transporte público siempre que no se encuentren otros contratiempos -lo que parece que sucede a diario-, haciendo noche en campamentos improvisados. No es la más recomendable para el viajero occidental, debido a que el mal de altura suele pasar factura.

 

 

 

 

 

 

En avión, el trayecto se reduce a poco más de una hora. Es lo más  recomendable, aun sabiendo que las plazas son escasas y que cambian cada día en función de las condiciones climatológicas; tener un billete no significa poder abordar la aeronave en el día indicado y lograr plaza de vuelta a veces implica tener que pasar por la oficina del funcionario de turno para pagar un extra. El salto de esta forma lleva de la planicie india a sólo 3.500 metros de altura sin tener que sufrirlo durante varias jornadas. La lógica indica que desde el momento en que se pone pie en tierra se empezará a sentir el mal de altura, aunque cada persona lo enfrenta de distinta forma.

 

Además, el viaje en avión bien vale su precio ya que se trata de uno de los más hermosos del mundo. Durante cuarenta minutos sólo se ven tierras llanas y fértiles. De repente, una pared vertical antes inimaginable se presenta bajo las alas. Y de ahí hasta el momento de aterrizar en Leh sólo se divisan glaciares y las cordilleras más impresionantes que se puedan ver, con una buena parte de sus picos por encima de los 8.000 metros: el Everest, el K2… Para rematar la experiencia, el aterrizaje en el aeropuerto civil a más altura del planeta, ciertamente complicado, sobre una pista reducida al mínimo posible y en un lugar encajonado entre las rocas, invita a contener la respiración.

 

 

 

 

 

 

Ya desde el avión se descubre que el valle de Leh está cortado y marcado por el río Indo, que proporciona la escasa agua a lo que de otra forma sería la prolongación de un enorme desierto. En verano, sus habitantes disfrutan de sus orillas, mientras que en invierno los camiones que se aventuran en la región pueden circular por encima de sus aguas heladas sin problema, camino de Khardug, el paso motorizado más alto del mundo a 5.600 metros sobre el nivel del mar.

 

Hoy Leh sigue concentrando la mayor parte de su actividad en torno a la calle principal, la arteria comercial que siempre fue y seguirá siendo, la Calle del Bazar Principal, con un enorme chorthen (monumento budista) a su entrada y un laberinto de callejones dispersos al pie del Monte Namgyal, con casas construidas con ladrillos de barro y que almacenan a la entrada grandes cantidades de madera para sobrellevar los largos meses de invierno.

 

El mejor ejemplo de esta arquitectura es también su mayor reclamo: el abandonado Palacio de Leh, de nueve pisos, hogar de la familia real de Ladakh hasta su exilio en 1830, construido como una versión más reducida y a imagen y semejanza del Palacio Potala de Lhasa. Además del Fuerte Victoria del siglo XVI y de los partidos de polo en el campo al Sur de la ciudad, el otro atractivo de Leh es el gompa Namgyal Tsemo, en lo más alto del monte cercano. A esta ‘Cima de la Victoria’ se accede por dos sendas empinadas que suben desde la parte vieja de la ciudad, caminatas no recomendadas si se acaba de llegar.

 

 

 

 

 

 

Alrededor de Leh, perfectos para recorrer los primeros días, mientras uno se acostumbra a la altitud, hay diversos gompas que merece la pena visitar: Spituk, Thiksey, Stok, Matho, Choglamsar, Kotsang, Phyang o Shey son alguno de ellos. Hemis, con su impresionante biblioteca, y Stakna y Tikse, espectaculares por su ubicación y sus vistas, puede que sean los más interesantes.

 

Como se puede suponer, el mayor atractivo para los que se atreven a llegar hasta Leh es la posibilidad de hacer senderismo de mayor o menor envergadura en lo que es conocido como ‘el paraíso de los montañeros’. Estas caminatas sólo se pueden completar entre finales de junio y principios del mes de octubre, cuando las primeras nieves marcan el inicio del invierno. La aclimatación durante algunos días es esencial antes de ponerse en marcha. En Leh hay unas cuantas agencias que ofrecen trekkings con guía, mulos porteadores, comida, material de acampada -se aconseja llevar saco de dormir propio- y seguro de evacuación en helicóptero si fuese necesario, además de solucionar todo el papeleo como el que obliga a hacerlos en grupos de cuatro personas, todo por unos 50 dólares al día.

 

 

 

 

 

 

Los destinos más requeridos llevan hasta el Valle de Nubra, Pangong Tso, Tso Miriri o la región de Dha-Hanu. Una de las dos rutas preferidas por los caminantes conduce de Spituk a los valles de Jinchen y Markha, y, después, a Hemis a través del paso de Kongmaru La, a unos 5.000 metros de altura sobre el nivel del mar. De siete a nueve días son necesarios para hacer la ruta, en la que destacan los paisajes de la cordillera Zanskar y del pico Kangyaze en particular, así como la aldea de Markha.

 

Otra posible ruta  lleva del monasterio Lamayuru a la aldea de Chiling a través de los pasos de Konze La y Dung Dung La, con panorámicas espectaculares de la cordillera este del Karakórum. Menos tiempo se emplea en llegar a Stok Kangi, a 6.100 metros, con unas increíbles vistas desde la cima, o a la base del Macizo Nun Kun, otro sendero que llega a los 7.100 metros. En estos dos casos, cinco días podrían ser suficientes.

 

 

 

 

 

 

Una última opción más corta, y para la que no hace falta contar con guías siempre que se disponga de una buena información sobre la ruta a seguir antes de partir, es la caminata entre Likir y Temisgam, pasando por Yantang, que se suele completar en tres días. En este caso, hay que buscarse transporte privado hasta Likir y tomar el bus de vuelta que hace la ruta entre Temisgam y Leh todos los días a última hora de la tarde. Para pasar la noche, la única posibilidad son las sencillas casas de la gente de esas aldeas que acogen al viajero sin problemas y aunque la única palabra que se entienda sea jule -hola, adiós y gracias en una única expresión-. Las sencillas habitaciones, con vistas a las montañas, no tienen más que un colchón en el suelo.

 

Cualquiera de esas rutas vale la pena, ya que coincidirá con bastante probabilidad con la época de la siega y el canto de los campesinos será, posiblemente, el único sonido que se escuche en un paisaje asombroso dominado por la naturaleza más salvaje. Vivida la experiencia, se entiende perfectamente que Terrakota sintieran la necesidad de componer nuevas canciones en un lugar tan alejado de su medio natural y, sin embargo, tan único e inspirador.

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