La Frontera: La Frontera

La Frontera: La Frontera (Polydor)

 

 

 

 

En 1985, las ondas estaban tomadas por producciones ampulosas. A nivel musical dominaban los sintetizadores. Por aquí, los grupos que habían despuntado desde principios de la década se asomaban a la cima de su aceptación popular previa al vértigo de la cuesta abajo. Difícil pensar en guitarras eléctricas, difícil pensar en la regeneración. Y en esto llegó La Frontera.

 

 

 

Su rock fronterizo, su western eléctrico tenía pocas referencias. Nadie desde luego en España (si obviamos una canción como “El pistolero” de Los Pistones), así que ellos abrieron el camino para bandas como Desperados, Las Ruedas, BB Sin Sed… En el extranjero se les podría emparentar con lo que se dio en llamar (con una etiqueta española; lean el libro de Carlos Rego con ese título) ‘Nuevo Rock Americano’. No tanto Violent Femmes, Los Lobos, The Dream Syndicate o R.E.M., sino más bien Jason & The Scorchers, aunque el grupo apareció con una imagen y un sonido tan formado que ni siquiera ahí están bien ubicados.

 

El Diccionario Rocker los definía como una mezcla de country-rock alegre, tex-mex acelerado, rockabilly amplificado, psichobilly ralentizado, honky-tonk con letras endurecidas y en la que se podría reconocer la colaboración de Ennio Morricone, a lo que habría que añadir algo de energía punk y del post-punk en boga entonces, como bien ha recogido el reciente recopilatorio Sombras. Spanish Post Punk + Dark Pop 1981-1986. Su imaginario estaba en el lejano Oeste, pero no era muy difícil traspasar alguno de sus textos como los de “Tiempos perdidos” o “En la frontera” a la realidad de entonces (y de ahora, por supuesto).

 

“He recorrido miles de millas / y allí donde se esconde el sol / hay un lugar en la Frontera / donde una vez fui perdedor. / Se oyen disparos en la vieja mina / las cosas no siguen muy bien / y en el Salón ellos me miran / me dicen que no tuve que volver, / que volver. / Pero ahora estoy aquí en la Frontera / y tengo muchas cuentas que arreglar. / El tiempo me muestra las cosas perdidas / y hay algo que me incita a matar, / a matar”.

 

Fue “Duelo al sol” (con el mismo título que la película de King Vidor) la canción -y el vídeo- que les lanzó al ganar el primer premio en la séptima edición del certamen Villa de Madrid y la que les llevó a fichar con la compañía Polydor que les editaría su primer álbum y los siguientes siete hasta 1996, antes de que regresasen con el nuevo siglo y una trayectoria discográfica más guadianesca.

 

Estaba esa canción entre lo más logrado del disco, pero no era el único momento destacado, y para muestra “La ley de la horca”, “La Frontera”, “El valle de las lágrimas”, “El precio del placer”… Su versión de “Viva Las Vegas” de Elvis Presley es, probablemente, la mejor que se haya hecho en castellano. Otras como “Judas el miserable”, “Pobre tahúr”, “Cuatro Rosas estación” o “Vivo o muerto” tendrían una nueva juventud al ser recuperadas en sus álbumes en directo como Capturados vivos (1992).

 

Puede que la joya oculta entre tantos momentos para el recuerdo sea “La puerta de atrás del paraíso”, al final del álbum, una letra de añoranza con guitarras en primer plano que se salen literalmente del aparato reproductor, una armónica evocadora y un grupo con un dominio absoluto de sus recursos. Había confianza en sí mismos y había ganas de comerse el mundo, todo ello reforzado con un repertorio inapelable.

 

Después llegarían directos de éxito y otros dos también reivindicables como Si el whisky no te arruina, las mujeres lo harán (1986) y Tren de medianoche (1987), antes de obtener su mayor repercusión con Rosa de los vientos (1989) y los singles “El límite” y “Juan Antonio Cortés”. A partir de ahí, nada volvió a ser igual, pero su primer disco les tiene reservada una página de oro en la historia del rock español, por mucho que hoy parezca olvidado.

 

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