KIMURU 2008

Kimuru, naves que dan vueltas a un balón

 

Tras muchos años componiendo y participando en distintos grupos, hace tres años apareció el primer disco de Quique Muruáis, Todas las naves espaciales son de plástico, que pasó de la autoedición a tener una mayor repercusión en todo el Estado. Ahora regresa con Piedras y confetis esperando que de nuevo funcione el boca-oreja.

 

¿Qué tal fue la acogida de tu primer disco, Todas las naves espaciales son de plástico?

– Buena, allá donde se pudo escuchar fue valorada su intuición y las canciones que integraban ese cuento electroacústico.

 

¿Cómo fue aquello de la segunda edición?

– Eso fue un año más tarde de haber salido autoeditado y financiado en 2005. Había ido bien eso del boca a boca y sonado en diferentes ámbitos. Falcatruada propuso reeditarlo y yo acepté. Piedras y confetis vuelve a la autoedición.

 

¿Te sorprendió escuchar tu música incluso en espacios musicales que llegan a todo el Estado?

– Un poco, y fue muy bueno,  pero eso no propició demasiadas ventas. Si facilitó la aceptación por parte de escépticos  -yo soy un escéptico, pero no por dudar de las canciones- y de gente que no conocía a Kimuru de nada. Eso lleva a poder hacer un segundo disco, grabar de nuevo y hacer un nuevo viaje, o el viaje de vuelta. Y poder hacer un disco que se desmarca intencionadamente del primero, pues la búsqueda sigue.

 

¿Hubiera sido distinta tu respuesta si esto te hubiera pillado años atrás con cualquiera de tus aventuras, como Los Osos Montañosos, Los Fantomas o Los Comestibles?

– No. Los Osos y Los Comestibles eran bandas de versiones; entre las dos hicimos los 60, 70, 80 y 90. La selección de temas y bandas era buena, y yo estaba satisfecho tocando eso. Ahora hago canciones solo, o con Xavier Pérez -en este disco van tres con él y es un gustazo-, y antes con Arturo Vaquero. Creo que tengo un espacio mucho más definido y que hago mejores canciones ahora  que hace diez años, ya que toco con gente de la que puedo aprender a mi manera, que es muy particular. No hay miradas atrás ni reproches al tiempo perdido en otro tipo de asuntos. ¡Claro que hacía canciones hace 15 años! Pero no estaba centrado para dedicarles tiempo y esas cosas. Ahora me organizo mejor y tengo la suerte de estar muy bien rodeado. Y encuentro una firme convicción en ello.

 

¿Qué pretendías con este segundo álbum?

– Un disco de canciones con presencia propia, hacer música en la que el estilo propio esté bastante por encima de cualquier estilo. No cortarse, ni perder el traje a la hora de hacer y deshacer las canciones. Un desmarque y un cambio sin hacerme trampas a mi mismo. No intentar cambiar el código de barras ni las huellas dactilares. Currar los textos en contexto presente. Tocar con la gente adecuada que permitiese un cambio en el sonido sin perder la esencia, pues rechazaba repetir fórmula. Quería batería y la posibilidad de sonar menos fríos, y así seguir un poco el ‘tum  tum’ de las letras. Es el disco pretendido. Pudiera parecer que me saltara dos o tres discos por medio y cayéramos en Piedras y confetis, pero no queda tiempo. ¿Es evolución o involución? A mi juicio, es un álbum más Kimuru que el primero, y define más y mejor los disparos.

 

¿Dónde ves tú la evolución o las diferencias respecto a tu anterior disco?

– Tiene que ver más con el sonido que con las canciones: sólo hay programación en dos temas. Los textos son menos ingenuos y más maliciosos. Hay una mayor libertad a la hora de abordar temas y músicas. Tira de un clasicismo inusual y poco pretencioso. Y por orden y elección de los temas, es un trabajo más cosido, con más chicha y más escuchas para descubrir. Resulta más teatral y profundo a la vez, por eso son piedras y confetis, un homenaje a la carne y a los sentimientos que ésta genera; por eso la piedra y el confeti. La estatua y los papeles que le dan vida a esa celebración del ser y el estar, de haber sido o haber estado. Es el rastro que deja la fiesta finalizada para que pueda comenzar otra.

 

Cómo has tenido siempre muchas canciones, ¿Son las de éste disco nuevas o recuperas alguna de las antiguas?

– Todas nuevas: tres con Xavier Pérez y el resto mías. Posiblemente debería revisar o pasarme más tiempo con cosas anteriores, pero si vas al estudio, metes canciones recientes. Es una putada para las otras canciones, pero hay orden de lista. Incluso se quedaron fuera dos que ya estaban empaquetadas para salir en Piedras y confetis, pero la intención, o tal vez obsesión, de darle un sentido integral al álbum las dejó fuera. 

 

¿De cuál has quedado más contento?

– De Piedras y confetis, aunque eso no supone poner pega alguna o renuncia a un disco que tiene un potente encanto primerizo  y momentos fantásticos. Pero este último lleva un punto emocional y un apego superior, tal vez por aspectos personales y por entender y pretender los cambios sin perder. La posibilidad de haberme juntado con cuatro músicos estupendos y complementarios contribuye mucho a esta elección.

 

 

Aún no aparece nada en gallego. ¿Para cuándo?

– Faltan tres canciones para encontrar ese hilo conductor que permita cambiar de registro. En realidad esas canciones ya están construidas, otra cosa es perfilarlas más y editarlas. Es un asunto pendiente y se hará realidad.

 

¿Qué me dices del autor de los preciosos dibujos que acompañan el disco?

– Más que acompañarlo, ilustra y retrata el alma de las canciones una por una. El autor es Leandro Barea, para mí uno de los mejores dibujantes  de mi planeta favorito. Somos amigos, le puse la maqueta  y él hizo esos pedazos de dibujos y muñecos. Diseccionó las canciones, le dio un sentido conceptual agrupándolas, y se salió. ¡Joder, sólo por eso merece la pena el CD! ¡Y encima lleva música!

 

¿Por qué la autoedición?

– Asegura autonomía, libertad creativa e instinto de supervivencia. A veces es mejor que estar pillado por las pelotas. ¡Qué se lo digan a John Fogerty que se pasó un montón de años sin poder tocar sus canciones en directo por firmar en mal sitio! En mi caso, nadie vino con un buen trato, ni yo fui a nadie, así que por lo menos Piedras y confeti es un disco en el que tengo el derecho y el control sobre él. No renuncio a que Kimuru obtenga una compañía y a ser distribuido en condiciones propicias, pero no es lo prioritario; lo importante es hacer canciones y ser ambicioso y exigente con ello y con los procesos que le siguen cuando existe un boceto o un proyecto. Es un buen modo de supervivencia en una selva saqueada por una industria sedienta de madera: hacer canciones intentando que sean buenas. Lo demás vendrá, si es el caso.

 

Supongo que siempre has compuesto como te da la gana, pero eso es algo de que otros no pueden presumir, ¿no?

– Compongo a mi modo, como sé, no hay mucho ritual en ello. Resulta fácil después de haber roto mil hojas. Es igual qué va primero, si la música o la letra, o si todo junto. Intento no autocensurame aunque no siempre lo consigo. Me gusta compartir la composición con gente, así se abren balcones nuevos, lugares a los cuales no llegaría solo. Ahora sé parar y decir: ‘¿A dónde coño vas con tantas canciones si no la vas a tocar o maquetar?’ Pero sigo siendo algo compulsivo a la hora del no parar. Es vicio.

 

¿Crees que una buena forma de salvaguardar esta libertad creativa es tener otro trabajo y tomarte esto como tu principal hobby o no te importa llegar a vivir de esto?

– La libertad creativa no sale necesariamente del estómago, ni de la necesidad imperiosa, puede salir de las relaciones personales y de la impresión que nos da el mundo que nos rodea, y de mil cosas más, una cuestión de observación y ojo musical. ¿El trabajo? No me redime ni creo que me dignifique como ser humano, forma parte de un asunto necesario que es la pasta. Y no considero un hobby hacer música, aunque de ella exclusivamente resulte difícil vivir. ¡Es un modo de vida! Escucharla, hacerla y tocarla. Y no, no me importaría vivir de esto, pero eso no es un fin en sí mismo, y es bueno saber el precio a pagar.

 

Hace tres años me dijiste que tu inspiración venía de las cosas que te interesan, del amor y sus múltiples reversos, del tiempo y del viaje, de la vida y la muerte, del fascinante espacio exterior y el inescrutable espacio interior, de dependencias emocionales y físicas, de imágenes…¿Algo más que incorporar?

– Con esto tengo suficientes temas para cien vidas ¡Esos campos dan para la hostia de canciones! Si acaso, incorporemos el deseo y la sed -en el sentido más general de la palabra- como fuentes de inspiración.

 

Después de tantos años en la música, aunque ahora hayas dado el salto a la edición de discos, ¿crees que ha cambiado lo que quieres decir o más bien la forma en lo que lo dices?

– Admiro a Waits, Cohen y toda esa gente que demuestra que la música o la pintura no es un deporte ni un fenómeno fans, sino que lo convierten en un don artesanal que evoluciona y nunca se olvida. Así que independientemente de soñar lo imposible, procuro pensar que soy un poco mejor cada vez que lo intento, aprendo de la gente con la que comparto. Y no me planteo mucho el motivo por el cual una canción sale y se le da vida como proceso mágico. ¿Quién o qué parte de uno escribe una canción? ¿Es el corazón, la cabeza, son los ojos, el sentido común, el sexo? ¡Espero que no sea el culo! No tengo ni idea qué víscera del alma se encarga de ello. A veces parece que ni  uno mismo la haga: igual es el perro de al lado o el televisor apagado.

 

Supongo que Kimuru viene de tu nombre ¿O hay algo más?

– Sí, abrevia Kique Muruáis. Y sí hay algo más, o mucho más, que es la gente que toca, arregla y parte y comparte conmigo una idea: César López, Xavier Pérez, Xosé Luis Saqués y Carlos Díaz. Kimuru es también, y de un modo más inconcreto, la utopía de hacer canciones libres de ataduras.

 

¿Cuál es tu mejor anécdota de todo este tiempo en la música?

– Las mejores anécdotas son aquellas que la memoria no acierta recordar, o no quiere, o no se atreve. Al día siguiente de haber ocurrido forman parte de tu propia leyenda urbana o rural, y no sabes si fueron ciertas o las has soñado. La música es la gran anécdota, la mejor. Una anécdota muy divertida. Los otros son asuntos privados de los cuales la música es la autentica culpable y por eso merece las gracias. No, no voy a contar encuentros en el tercer desfase, no vaya a ser que lo haya soñado y me lo invente.

 

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