KENIA

VIAJES


 Kenya, viaje al corazón del África negra

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«Viajar al África Negra es quedar enamorado y con ganas de repetir, antes o después». La acertada frase, no sabemos bien de quién, y que serviría perfectamente de lema turístico, resume plenamente la sensación que se produce al dejar Kenya.

 

Cierto es que la aventura, en su sentido más estricto, no es casi posible ya, pero, a cambio, uno puede olvidarse por un tiempo de todo lo que recuerde al mundo occidental y pasar por pequeñas pruebas que cuestionan la propia resistencia. Como que guerrilleros somalíes crucen la frontera y atraquen a todos los pasajeros de la única línea de autobús que une las principales ciudades costeras. O que en alguna de las escasas gasolineras te coloquen agua en lugar de combustible. O como tener que sobornar al funcionario del aeropuerto para que no inspeccione tu equipaje a la hora de la vuelta…

No es lo habitual y, dentro de lo que cabe, Kenya mantiene una cierta estabilidad política -al margen de los conflictos de la zona- y una mínima organización, que permite solucionar cualquier problema que pueda surgir, siempre que se tenga idea de inglés o swahili, que todo puede ser.

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Como primer destino, conviene dejarse perder por alguno de los numerosos Parques Nacionales y su naturaleza apabullante, de los que los Aberdares, Masai-Mara, Amboseli, Samburu o los lagos Turkana y Nakuru son de obligada visita. Ver a los carnívoros devorando a sus presas, distinguir la enorme variedad de antílopes -algunos tan pequeños como el dik-dik, de 60 cms.-, contemplar la emigración anual de millones de cebras, ñus y búfalos en busca de pastos o entretenerse con algún elefante de los que comen 200 kilos diarios durante 16 horas es algo difícil de olvidar.

Más aun si uno prescinde de los lodges -hoteles de lujo en medio de la sabana- y se lía con la tienda de campaña y su correspondiente fuego de campamento alrededor de la hoguera cada noche, que, de paso, sirve para ahuyentar a las fieras. Al menos eso dicen, aunque sólo sea por tranquilizar al inquieto viajero, ya que las luciérnagas no son los únicos compañeros de las agitadas noches.

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También la costa tiene su atractivo, y las playas desiertas del Índico no es el único. Además de los Parques Marinos, donde el coral y los peces de todos los colores y tamaño son el mejor reclamo, conviene perderse por el archipiélago musulmán de Lamu, en el que el único medio de transporte posible son los carros y los burros. Entre las plegarias del Corán de madrugada, la navegación a vela entre canales e islas y los desagües por el medio de las estrechas calles -que todo ayuda-, Lamu parece otro mundo.

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Poco más al Norte, a unas pocas horas en dhow -embarcación de vela latina típica del Índico, y único medio para llegar allí-, islas como Kiwayu o Pate sirven para olvidarse de todo en un entorno paradisíaco. Lo ideal para descansar de tanto ajetreo y dedicarse, por ejemplo, a empacharse de ostras sacadas directamente de las rocas a golpe de martillo y cincel o de langosta comprada a los pescadores a precios ridículos.

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Después de tanta experiencia nueva, las ciudades son prescindibles. Nairobi, como centro administrativo que es, sirve únicamente para preparar un viaje “a la carta”, aunque éste pueda resultar más caro que uno organizado de antemano. Mombasa, por el contrario, tiene el encanto decadente de una antigua ciudad colonial y costera por la que aún entra gran parte del comercio del África Oriental. Su parte vieja, a pesar del abandono, vale la pena. Allí, como en el resto del país, el regateo con las tallas de ébano, las piedras preciosas o las telas multicolores es un arte en el que hay verdaderos maestros, tanto entre los vendedores como entre los compradores.

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De todas formas, parte de los momentos más inolvidables se viven en los medios de transporte. El trayecto Nairobi-Mombasa en tren -500 kilómetros, 14 horas- se recuerda por sus menús y la inesperada comodidad de sus compartimientos. Cualquier experiencia en matatu, el autobús local, es lo más parecido que hay al camarote de los hermanos Marx. Con suerte, una vuelta en velero dará la oportunidad de ver amanecer a través del cielo estrellado y con el arrullo del agua bajo el caso de madera. Y, para rematarlo, el viaje en avioneta Lamu-Mombasa sorprende sobre todo en su inicio: sala de espera al aire libre, un minúsculo y auténtico duty-free y la báscula para pesar equipajes colgada de la rama de un árbol. Imposible ser más prácticos.

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