JONATHAN RICHMAN

Jonathan Richman, eterna juventud

 

Jonathan Richman, uno de los talentos más singulares e insobornables que ha dado el rock norteamericano del último cuarto de siglo, considerado como un poeta del rock’n’roll no muy lejano de la tradición de crooners como Bing Crosby o Frank Sinatra, estará este mismo viernes en la Sala Capitol de Santiago de Compostela en su única actuación en Galicia.

Jonathan Richman fundó The Modern Lovers a principios de los 70. La banda, anterior al punk y la nueva ola, aunque no muy lejos de sus postulados, reivindicaba el pop en los años del rock sinfónico; de sus filas salieron miembros de Talking Heads o The Cars. De su primer trabajo, The Modern Lovers, destacan todavía hoy temas que no dejan de ser reclamados en sus conciertos, como “Roadrunner” o “Pablo Picasso” -esta última versioneada por el propio David Bowie en su último disco-. En 1977 consiguieron el éxito en Europa con el instrumental “Egyptian Reggae” y, un año más tarde, Richman ya empezó a actuar en solitario. En 1979 editó Back in Your Life y, después de un periodo de silencio, volvió a editar discos a partir de 1983. 

Si ya a principios de los setenta profetizaba la llegada del punk, adelantándose a su tiempo al adoptar los postulados de The Velvet Underground, a finales de la década sería versioneado por los mismísimos Sex Pistols, pese a tener una actitud moral entre ingenua y sentimental. Tras pasar sin éxito por las manos de maestros díscolos como Kim Fowley y John Cale, la formación clásica de la banda se esfumó y Jonathan decidió derivar en los ochenta hacia un rock’n’roll acústico, donde se celebraban los más puros orígenes de esta música desde sentimientos de exarcebado romanticismo, entre lo sublime y lo infantiloide. 

Ahí comenzaría una larga carrera en solitario en la que Richman ha sido un inefable hombre orquesta, trovador de las más impensables temáticas, fabricante de juguetes alegremente vitoreados por un público minoritario pero fiel. Una nueva generación lo descubrió en la película Algo pasa con Mary, en donde intervenía y para la que compuso su canción principal. Imprevisible e individualista, el bostoniano emigrado a California siempre funciona sobre un escenario, pues su hábitat natural es el cuerpo a cuerpo. A pesar de detestar los artilugios de la vida moderna, conseguimos alguna declaración suya. 

¿Qué canciones son las que más te gusta interpretar?

         – Sólo interpreto canciones que puedo cantar con sentimiento. Incluso aunque no las haya compuesto yo, no importa. Puedes conseguir ese sentimiento tanto con tus canciones como con las de otros. Y no creo que importe si son confesionales o no. 

Tus canciones tienen mucho que ver con las cosas de la vida diaria. ¿Cómo te sientes al interpretar temas que fueron compuestos cuando eras un adolescente?

         – A veces funciona. Unas veces me apetece tocar “Hospital” o “Roadrunner”. Otras me apetece tocar “Pablo Picasso”. Últimamente he estado tocando mucho. Lo seguiré haciendo mientras sienta que me gusta. Pero nunca sé qué voy a hacer. Nunca sé cuándo voy a cantar esas canciones. 

Siempre has tocado mucho en Europa y se te ha valorado más que en los Estados Unidos. ¿Gracias al viejo continente has seguido adelante?

         – He tocado en Europa desde el 76. De Europa, mi lugar favorito es España y, después, Grecia, Italia, Francia… Los mejores conciertos no son siempre los de salas más grandes; simplemente depende de la gente que está allí. El ambiente no lo ponen 3.500 personas en la mejor sala, sino que la gente que acude al concierto esté en tu misma onda. Creo que en España no tenéis ideas preconcebidas, aunque tampoco puedo afirmarlo. Hay algo en España… Tal vez sí tengáis ideas preconcebidas, pero seguro que son diferentes, ja, ja. 

En tus conciertos te acompaña el batería Tommy Larkins.

         – Sí, lleva conmigo unos 500 conciertos. Antes le preguntaba a la gente de la sala si conocían un buen batería que me pudiese acompañar. Un día subió él, le pregunté si se venía al siguiente concierto, luego al siguiente y desde entonces está conmigo. 

Así como tus canciones tienen una vertiente ingenua, todo el mundo habla también de tu aversión por la tecnología.

         – Bueno, no es que esté loco por… No me gustan los ordenadores, la televisión por cable, Internet y ese tipo de cosas, porque hacen que la gente no salga, que no hablen, que estén aislados unos de otros. 

Algo pasa con Mary fue tu acercamiento al gran público. ¿Cómo fue tu participación?

         – Los hermanos Farrelly me habían visto en Kingpin y me llamaron. Querían utilizar viejas canciones mías para narrar la historia. Leí el guión e hice una canción, y les dije que tenía que ser la canción principal. Al final participé apareciendo varias veces en la película y salí alguna vez con Matt Dillon, Cameron Díaz y Ben Stiller, que fueron encantadores. De todas formas, no me veo haciendo la banda sonora de una película. 

Me da la impresión de que siempre has hecho lo que te ha dado la gana.

         – Bueno, no es ningún mérito. Nunca ninguna compañía se ha metido en lo que hago. Cada uno lleva su propio barco. Todos lo pueden hacer. Sólo hay que hacerlo. Así que, si alguna banda se queja, que tenga en cuenta que lo puede hacer. 

Por último, ¿qué hay de cierto en tu relación con The Velvet Underground?

         – Tocaron en mi ciudad, Boston, y tuve la suerte de conocerlos en los camerinos, aunque era un menor. Fui a ver a Lou Reed en tren varias veces. Luego me fui a Nueva York a los 18 años para estar cerca de ellos. Dormí en casa de su manager y, también, en Central Park en 1970, lo que no es precisamente algo que se debe hacer. Y, sí, sin la Velvet Underground nunca hubiera existido el primer disco, The Modern Lovers. ¿Es eso lo que querías saber?

Xavier Valiño

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