ISLAND RECORDS I

Island Records: 55 años de música arrebatadora desde el islote (1)

Island logo 1

 

La historia del sello Island es la historia del rock. Del rock bastardo. Del rock nacido al margen de sus renglones oficiales. Del rock que se movió entre el negro y el blanco, antes de pasarse definitivamente al color –perdiendo parte de su interés con el cambio­–. Del rock intuido por uno de sus genios al margen de los focos. Del rock y su discográfica más emblemática, influyente y reconocida. Del rock que construyó, en fin, el propio rock. Revisamos su historia en tres partes. Hoy, la primera.

La historia del sello Island es la historia de Chris Blackwell, al menos hasta principios de los noventa, cuando lo dejó en otras manos bien crecido y asentado. Es también, por si alguien no lo sabía aún, la historia de Bob Marley, U2, Roxy Music y Bryan Ferry, Jimmy Cliff, Cat Stevens, Steve Winwood y Traffic, Nick Drake, Fairport Convention, Marianne Faithfull, Robert Palmer, The B-52’s, King Crimson, Nico, Grace Jones, Brian Eno, Free, Lee Perry, Mott the Hoople, John Cale, The Slits, Black Uhuru, Tom Waits, Sparks, PJ Harvey, Julian Cope, The Buggles, Robert Palmer, The Pogues, The Waterboys, Tricky, Portishead, King Sunny Ade, Pulp, Amy Winehouse… Y es también la historia de otros nombres menos conocidos pero igualmente relevantes y exquisitos, como White Noise, Fotheringay, Nirvana (el grupo de los sesenta), Jade Warrior, Basil Kirchin, Prelude, Clouds, McDonald & Giles…

Discos editados por Island

 

Estamos en 1955. Un chaval de 18 años navega en una barca que se estrella contra un arrecife de coral a corta distancia de la orilla en un lugar perdido del mar caribeño. El sol se pone y él nada hacia la costa en busca de ayuda. Acaba durmiendo en la arena bajo las estrellas. Al amanecer, empieza a deambular por la playa infinita. Camina durante horas. Exhausto y muerto de sed, grita pidiendo auxilio una y otra vez, pero nadie parece haber atravesado la densa jungla al este de Kingston. En su camino reconoce Port Royal, una población que a finales del siglo XIX llegó a ser el nido de piratas más grande del Caribe, pero que a causa de sucesivos terremotos e incendios ahora se revela totalmente arrasada y abandonada.

CHRIS BLACKWELL EN JAMAICA EN 1982

Asustado, echa a correr agotando sus últimas fuerzas. Por fin ve a lo lejos un claro con una pequeña choza, incluso alguien que parece dirigirse a su encuentro. Antes de alcanzarlo, cae deshidratado bajo los últimos y poderosos rayos de la tarde. Horas más tarde, de madrugada, despierta con un grito, estremecido y aterrorizado. A los pies de un lecho básico, seis rastafaris declaman la Biblia. Hasta ese momento, nunca había coincidido con esos hombres temidos y misteriosos, considerados forajidos, criminales y ladrones tanto por los blancos como por los negros. Despreciados en Jamaica y viviendo al margen de la sociedad, forman una religión minoritaria que –por algún extraño motivo que no alcanza a comprender– tiene al emperador Haile Selassie como su Dios.

CHRIS BLACKWELL EN EL ÚLTIMO CONCIERTO DE BOB MARLEY (CRYSTAL PALACE, LONDRES, 1980)

Cuando vence el temor del primer momento, comprende que aquellos rastas no son tan peligrosos como le han contado: le acaban de salvar la vida dándole de beber, ofreciéndole comida vegetariana sagrada y rezando por él antes de contribuir a que se reponga totalmente y pueda reemprender su camino. Ha sido más que suficiente para abrirle los ojos a lo absurdo de los prejuicios hacia la gente de color que viven a su alrededor y, también, para sentar las bases de su aprecio incondicional por los desheredados de la isla que lo ha acogido desde su niñez. Sus prioridades pasan a ser otras y ya no cambiarán el resto de su vida.

Cincuenta y cinco años después, aquel chaval ya convertido en millonario es invitado a un festival en el Sahara y, en lugar de arreglar su visado por anticipado y llegar en avión, el hombre ahora maduro y de pelo canoso decide atravesar a pie las fronteras de Marruecos y Mali. «No hay una frontera en África que no se pueda cruzar con una sonrisa y un par de casetes de Bob Marley. Las casetes son lo primero que siempre meto en mi equipaje de mano», es su inapelable argumento.

 

Del jazz al ska

Aquel chaval había nacido como Christopher Blackwell en 1937 en Londres, aunque pronto se mudó a Jamaica con su padre, nombrado comandante del Regimiento destacado en aquella isla caribeña, entonces colonia británica. Hijo de un irlandés y de una costarricense de origen sefardí, la familia judía de su madre había salido de la Península Ibérica escapando de la Inquisición para establecerse en las Indias occidentales en el siglo XV. Su familia fue prosperando con negocios relacionados con el aceite de palmera, el azúcar, los cocos, las bananas y el ron Appleton. A los diez años, cuando sus padres se divorciaron, lo enviaron a un colegio privado en Harrow, Inglaterra, aunque tuvo que volver rápidamente a Jamaica sin graduarse cuando comenzaron los problemas económicos de la familia. Tampoco le importó demasiado: pasaba su tiempo escuchando jazz y vendiendo alcohol y tabaco a sus compañeros, así que, según declaró después, «a Christopher le sugirieron que sería más feliz en cualquier otro lugar». Su madre era ya la amante del escritor Ian Fleming (el creador de James Bond) después de que este se hubiera trasladado a vivir a la isla para construir su morada soñada a la que llamó Golden Eye.

Island in the sun (portada libro)

Blackwell estaba predestinado a llevar la destilería familiar de ron hasta que un familiar se cargó el negocio. Su madre le dio 18.000 dólares al cumplir la mayoría de edad y Blackwell, decidido a no volver a Inglaterra para entrar en la Universidad, se dirigió a Nueva York y pasó tres meses siguiendo a Miles Davis. Al regresar de nuevo a Jamaica, desempeñó los trabajos más variopintos: alquiló coches a turistas, vendió propiedades, se convirtió en el ayudante del gobernador de la isla, se encargó de la distribución de discos a las 63 gramolas que tenía repartidas por distintos locales de la isla (su primer contacto con el mundo de la música y los gustos de la gente de la calle) y fue también monitor de esquí acuático en el Hotel Half Moon. Le llamó tanto la atención la banda de jazz que tocaba en el lobby de aquel resort, con Lance Haywood al piano y Ernest Ranglin a la guitarra, que se propuso grabarles unas sesiones en la capital, Kingston.

Lance Haywood at the Half Moon Hotel, Montego Bay

Como nadie quería publicar sus discos, creó junto a Graeme Goodall su propia etiqueta, Island Records, nombre tomado de la novela de Alec Waugh, Island in the sun (La isla del sol), que también titularía un disco de Harry Belafonte y una película dirigida por Robert Rossen. Su primer disco sería Lance Haywood at the Half Moon Hotel, Montego Bay, al que dio la referencia CB21 (Chris Blackwell, 21 años).

Blackwell empezó pronto a licenciar sus discos al pequeño sello Starlite en el Reino Unido, al tiempo que viajaba regularmente a Nueva York para proveerse de singles de rhythm and blues que luego vendía a los pinchadiscos en Kingston. Aunque seguía interesado en el jazz, descubrió que de las calles y los clubes de Jamaica emergía una música más excitante y novedosa, mezcla de mento, calypso, pop británico y rhythm and blues norteamericano. Le llamaban ska, un híbrido que, tras un par de giros, un cambio de nombre, algo de suerte y el ingenio de Blackwell, se convertiría en menos de una década en todo un fenómeno global.

Laurel Aitken - Boogie in my bones

No tardó en darle una oportunidad a aquel sonido, creando una pequeña subsidiaria que publicase alguna de sus grabaciones. En pocos meses tenía ya su primer éxito, “Boogie in my bones”, cantado por Laurel Aitken, a los que siguieron otros de Jackie Edwards y Owen Gray. Sus negocios le llevaron a recuperar el contacto con aquel mundo de inadaptados, gánsteres, canallas y rastas que había conocido tras su incidente navegando años atrás, quienes, dada su reputación, y al no poder encontrar otros trabajos, se auto empleaban como carpinteros, pescadores o músicos. Blackwell simpatizaba con ellos y se sentía también, a su modo, un inadaptado.

Agente 007 contra el Dr. No

En 1962, con 25 años, Blackwell es contratado por el equipo de producción de la primera película de James Bond (Agente 007 contra el Dr. No) gracias a la intercesión del autor Ian Fleming (pareja de su madre), pasando a localizar exteriores como la playa y el volcán que aparecen en la película. Al acabar el rodaje, su productor Harry Saltzman le ofrece entrar en el mundo del cine a tiempo completo. Ante la duda, Blackwell consulta a una vidente que le asegura que tendrá más éxito si se dedica al mundo de la música. Al mismo tiempo, el movimiento en Jamaica a favor de la independencia está en pleno auge y, viendo que el color de su piel podría suponer más de un problema, decide marcharse a Inglaterra con el dinero obtenido por su trabajo en el filme, siguiendo los pasos de muchos compatriotas que habían emigrado y contribuían a la reconstrucción de aquel país europeo tras la Segunda Guerra Mundial.

Agente 007 contra el Dr. No 1

No obstante, Blackwell tenía otro objetivo bien distinto, para lo que se llevó consigo un buen montón de discos de ska, el estilo dominante en Jamaica gracias a productores como Coxsone Dodd, Leslie King o Duke Reid. Tenía claro que la creciente población jamaicana de Londres, Bristol o Birmingham querría escuchar algo de la música real que triunfaba en su país de origen, y estaba en lo cierto. En su viaje, hizo una escala en Nueva York para aprender cómo el capo de Atlantic, Ahmet Ertegun, lidiaba con sus artistas.

Se estableció en Londres con la ayuda de un préstamo de 3.000 libras y una casa alquilada a la Iglesia de los Comisionistas Ingleses. Empezó a moverse en un pequeño coche Mini Cooper, vendiendo los singles de 45 revoluciones que importaba por las tiendas de Brixton, Notting Hill, St. Paul’s… Sin descanso, visitaba más de diez establecimientos cada día, mientras que su jefe de ventas, el cantante soul jamaicano Jackie Edwards, colocaba más producto por otras zonas de Londres. Uno de aquellos resultó ser “Judge not”, acreditado a Robert Morley (más tarde conocido como Bob Marley).

CHRIS BLACKWELL CON BOB MARLEY

Ni la prensa ni la radio prestaban demasiada atención a sus discos, así que su destino estaba en manos aquellos emigrantes jamaicanos. Convencido de que necesitaba una ayuda de alguien del lugar, Blackwell contrató a David Betteridge como responsable de marketing y ventas de la naciente compañía. Poco a poco fueron aprendiendo el negocio y asentando su sello. Todo estaba preparado para cuando llegase el éxito que creía tenía en sus manos, lo que sucedió finalmente en 1964. Una de sus producciones, el single “My boy lollipop”, de Millie, se convirtió en un éxito trasatlántico, despachando más de siete millones de copias. Al mismo tiempo, Millie emprendió una gira mundial de seis meses para la que, por ejemplo, Blackwell contrató a Fela Kuti y su banda en Nigeria como grupo de acompañamiento.

CHRIS BLACKWELL EN LOS ESTUDIOS COMPASS POINT EN NASSAU, BAHAMAS, CON EL INGENIERO STEVEN STANLEY

En este caso concreto, Blackwell optó por licenciar el disco a Fontana, consciente de las limitaciones de su sello Island, y a pequeñas compañías en distintas partes del mundo, sabiendo que así tendrían la motivación financiera necesaria para darle al single la promoción y la distribución que necesitaba. Era la primera vez que el resto del planeta se enteraba de la existencia del ska y, tal y como Blackwell aseguró orgulloso, sólo hubo un grupo que tuvo más prensa aquel año: The Beatles. Fue el disco que lanzó la compañía y el que permitió su expansión para llegar hasta nuestros días.

 

 

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