Tarik y la Fábrica de Colores, después de la niebla
Primero fueron los Yacentes. Desde Córdoba, Álvaro Muñoz comandó componiendo y tocando la guitarra en aquel grupo que editó un mini-LP con la discográfica DRO antes incluso de que Los Planetas hubieran imaginado tener un grupo. En 1990 apareció su primer disco con su nuevo proyecto, Tarik y la Fábrica de Colores. Tras una larga etapa en Londres, Tarik (nombre que utilizaba su abuelo para escribir crónicas taurinas) volvió a su tierra y grabó un segundo disco ocho años después. En 2005, tras otro periodo de tiempo igual, reaparece con su tercer disco, Sequentialee, el primero de esta nueva trayectoria. Ahora edita El hueso y la carne, tan sólo dos años después.
Se pueden oír los ecos de los clásicos, claro: de Marvin Gaye a Donny Hathaway,
de Bobby Womack a Otis Spann. Como dijo DJ Rupture, “lo mejor siempre es
retrospectivo”. Y, sin embargo, a pesar de evocar a los maestros, el segundo
disco de Anthony Hamilton en tener una distribución convencional, sólo podría
haber sido editado ahora. Suena a soul, pero contemporáneo. Tiene lo que debe
tener: por encima de cualquier discusión sobre la tonalidad, la estructura de
las canciones, sus arreglos instrumentales o la perfección de su interpretación,
queda claro que la vida respira en su música, algo que le hace alcanzar una
majestuosidad para la que no hay palabras, que nos llega a los sentidos de una
forma impronunciable y totalmente inalcanzable para una presentación en
PowerPoint.