Tras tres décadas fabricando discos y pateándose escenarios, Cave llegó el pasado septiembre a sus 50 años de edad con la misma mirada incisiva de sus grandes ojos, ahora seguramente más serena, y subrayada por un mostacho de bandolero.
“Las
actuaciones de The Cure son muy emotivas,” explica Robert Smith cuando se le
pregunta por actuaciones como la que darán en Santiago de Compostela dentro de
los Conciertos del Nuevo Milenio, “principalmente porque grabamos las
canciones en directo en el estudio, algo que no habíamos hecho desde nuestro
primer álbum.”
Así
es The Cure, el proyecto de Robert Smith desde finales de los 70, aunque él
siempre se esconde tras el nombre de su grupo. Ahora, además, tiene algo más
de lo que estar orgulloso, justo en el momento en el que parecía que el grupo
había desaparecido.
“Cuando
me escucho a mí mismo hablando de cómo hemos grabado el nuevo disco, me suena
casi irreal,” dice Robert Smith, dejando que su vista se pierda mientras habla
de The Cure, su nuevo disco y uno de
los más efectivos de toda su trayectoria. “Parece como si estuviera hablando
de una especie de terapia de grupo un tanto extraña, pero hacer este álbum ha
cambiado mi actitud hacia lo que hacemos. Ahora espero mucho más de
nosotros.”
Una
razón para este cambio es que, por primera vez, The Cure han trabajado con un
productor. El hombre en cuestión es Ross Robinson, responsable de álbumes de
grupos como Korn, Vex Red, At The Drive-In o Slipknot. Impactado por The Cure
desde la adolescencia, Robinson había dicho públicamente que trabajar con la
banda sería su mayor sueño, y de su determinación ha salido un trabajo muy
especial.
Pero
vayamos por partes. Tras Bloodflowers parecía
que The Cure se había acabado y que Robert Smith editaría su primer disco en
solitario. Sin embargo, no fue así. Por un lado, la influencia de The Cure seguía
manifestándose en toda una nueva generación de aclamadas bandas jóvenes tan
diversas como The Deftones, Sparta, AFI, Interpol, The Rapture y muchas otras.
Por
otra parte, The Cure revivían a principios de año publicando una caja de
cuatro discos, Join the Dots, un
compendio de caras B, canciones difíciles de encontrar en su discografía,
rarezas y remezclas que preparaban el camino para ese regreso que ya parecía
inevitable, incluso para Robert Smith.
“Cuando
hicimos Trilogy,” señala Smith,
sobre el DVD con un triple concierto en el que presentaban íntegros y en orden
cronológico los discos Pornography, Disintegration
y Bloodflowers, “pensé: ‘Ya está’. Era el final de 25 años,
estaba totalmente convencido de que lo siguiente que haría sería un álbum en
solitario y los demás esperaban lo mismo.”
Sin
embargo, esos planes se pospusieron el 25 de julio de 2002. Mientras estaban en
Suiza en el Festival Nyon, Smith se encontró con Ross Robinson en el Hotel
D'Angleterre de Ginebra. “Después de ese primer día de haber estado
charlando, supe con certeza que quería trabajar con él. Él despertó de nuevo
toda aquella vieja pasión por The Cure que estaba dormida dentro de mí. Él me
recordó por qué la gente adoraba lo que hacíamos...”
Con
Robinson, Smith vio una oportunidad de cometer el último asalto de The Cure y
reflejarlo en un disco, y así fue como resultó, aunque no exactamente como él
lo había visualizado. “Asumí, igual que los demás, que su interés por la
banda estaba en las canciones más grandes, más oscuras, pero cuando empezamos
a trabajar me sorprendió descubrir que también le entusiasmaba el lado más
pop de la banda, y que lo que realmente le encanta es el material que combina
emoción y melodía.”
La
lista final de canciones fue grabada en un solo día cada una. Empezaban
estableciendo los sonidos y la estructura de las canciones. “Mirábamos el
panel de control y veíamos a Ross,” dice Smith, “y nos imaginábamos toda
esa vorágine técnica.” Por la noche, cuando llegaba el momento de grabar la
versión terminada, “lo veíamos de otra manera, las velas encendidas, las
luces apagadas, y de repente era como muy real; me levantaba y nos poníamos en
marcha...”
Ése
fue el momento en el que Robert hizo algo que no había hecho jamás: discutir
todo al detalle con el resto de la banda. “Estas discusiones duraban incluso
varias horas. Hablábamos sobre las cosas más intimas. Era verdaderamente extraño,
pero también era fantástico porque Ross sacaba lo mejor de cada uno de
nosotros.”
Finalmente,
las canciones se grabaron en directo, con la banda dispuesta en círculo mirándose
unos a otros. “Ross nos dispuso en un espacio confinado, cara a cara, en
contacto directo. Se mostró muy firme al decir que quería que yo cantara en
directo mientras la banda tocaba, porque el resultado que se consigue si la
banda toca en directo es diferente a lo que ocurre cuando grabamos las partes
por separado. En el momento en que comienzo a cantar, todos dan un paso hacia
delante, nunca me había fijado en eso, y ésa es la razón principal por la que
este álbum es diferente a lo que hemos grabado en el pasado.”
El
resultado es que, aunque el disco incluye canciones que abarcan varios estilos,
la intensidad emocional de cada una de ellas no desmerece en absoluto. “Así
es como siempre imaginé que sería hacer discos,” añade Smith. “Nada se
asemeja más a lo que sentí mientras hacíamos este álbum.” ¿Se reflejará
esta nueva confianza en el Monte del Gozo?