Jesus And Mary Chain, besos de alambre de espino
En “Lost In Traslation” Sophia
Coppola los rescató con una de las más bellas escenas del cine de
los últimos años. Ese “Just Like Honey” recordó como aquellos
insolentes y siniestros muchachos de Glasgow, quebraron los 80 a
golpes de ruido y miel con el fundamental “Psychocandy”, el primer
paso de una discografía repleta de joyas. ¡ojo!, que han ganado (y
mucho) con el tiempo.

En
1984 Duran Duran y Spandau Ballet no solo encarnaban el horterismo
musical y estético en grado sumo, sino que viajaban en limusina
neo-romántica por las carreteras de las listas de éxito y el
estrellato. ¿El punk?, bien gracias, un bonito recuerdo constatando
que todo volvía a estar igual de mal. O peor. Era como para volver a
enfadarse… y así fue. Unos cuantos metros bajo tierra Alan McGee, el
jefe del mítico sello Creation, obnubilado ante el descubrimiento de
unos mozalbetes escoceses llamados The Jesus And Mary Chain, decidió
editar su particular bomba-lapa. “Upside Down”, devastador primer
single, supuso el primer paso de un grupo con una misión: ponerlo
todo patas arriba sin remisión.
Tras aquella polémica nomenclatura de reminiscencias religiosas, el
cantante Jim Reid, su hermano William a la guitarra, el bajista
Douglas Hart y un jovencísimo Bobby Guillespie (actual líder de
Primal Scream) aporreando la batería empujaban a Suicide y The
Stooges dentro de los barrotes del “White Light/White Heat” y los
empapaban de melodías surf. El mensaje, inserto dentro de un chorro
de feedback, era claro: “con cada sonido que oigo me vuelvo loco /
no me importa”. Y el efecto devastador. Nihilismo, provocación y (auto)destrucción,
o lo que es lo mismo, aprehender el espíritu primigenio del rock
n´roll, envolverlo en actitud punk y tamizarlo por la oscura
violencia de Joy Division.

Con “Upside down” el himen del rock se volvía a romper. Había que
celebrarlo y unos Jesus ciegos de estridente autosuficiencia,
optaron por alzar el volumen lo más alto posible. La prensa
especializada se deshace en elogios con ellos que fichan por la
subsidiaria de Wea Blanco y Negro y, tras una programada serie de
singles posteriormente recogidos en el álbum, alumbran el
estratosférico “Psychocandy” (Blanco y Negro, 1985). La
polaridad se repite: Stooges y Velvet Undreground por un lado, Phil
Spector y Brian Wilson por el otro. Ambos sintetizados en catorce
cápsulas anfetamínicas que expulsan toda la gama de pulsiones que
recorre un cuerpo durante esa conflictiva adolescencia en la que uno
quiere gritar, provocar, romper cristales, esconderse… pero no sabe
muy bien porqué, más allá de la angustia, el vacío y el hastío que
se anidan en el interior.
Los Jesus, absorbiendo la esencia de esos entrecruzados sentimientos
y, mediante una exquisita cultura musical, buscaron la vía de escape
más pop y ruidosa posible, volcándola en un disco en el que confluye
el azúcar y el papel de lija a partes iguales. Unas veces observando
primorosas melodías desde una borrosa lente rayada (“Just Like
Honey”, “Cut Dead” O “Taste Of Cindy”), otras apelando directamente
al nervio, la orgía de acoples y virulencia (“The Living End”,
“Never Understand”, “My Little Underground”) “Psycochandy” se revela
como una obra maestra indiscutible y los Jesus, con una serie de
caóticos e incendiarios conciertos (en los que tocaban de espaldas y
apenas rebasaban los veinte minutos), no hacen sino alimentar la
leyenda convirtiéndose en el grupo de culto por excelencia de las
Islas. Desde “Never Mind The Bollocks” nada con estribillos y
melodías había sonado con tanto peligro, violencia y perversión, y,
al tiempo, tan inocente, vulnerable y cercano.

Dos años después aparece “Darklands” (Blanco y Negro, 1987) y
con él un giro radical en la carrera del grupo. Si muchos vieron en
“Psychocandy” el “White light/White Heat” de los 80, ahora las
comparaciones apuntan directamente al tercer disco de la Velvet
Underground, al tiempo que se alude inevitablemente a Joy Division y
The Cure. Ya desde las primeras líneas de la inaugural “Darklands” (“Voy
hacia las tierras oscuras/ a hablar en verso con mi alma caótica”)
queda claro que el romanticismo, la introspección y la oscuridad
dominará este cambio de rumbo.
Desechando casi por completo la rabia predecesora (apenas visible
en “Fall” y “Down On Me”), “Darklands” nos presenta a unos Jesus
resacosos del estruendo y colmando de belleza oscura y melancólica
piezas como la homónima “Darklands”, “Cherry Came Too” o la preciosa
“About You”. De igual modo ofrecen hits de la talla de “Happy When
It Rains" o “April Skies”, aparte de los mejores textos de toda su
carrera llenos de impactantes imágenes como la que titula este
artículo. Escrito desde un dolorido y deprimido corazón, que se
debate entre el amor y la muerte, que buscando el cielo llega al
infierno y se deja empapar de gotas de lluvia, “Darklands” es uno de
esos discos que en la adolescencia musican temores e inseguridades
con el pestillo puesto para, luego, acompañar a uno toda la vida.

Antes de grabar el siguiente álbum, los Jesus recopilan
singles, caras b y rarezas en el imprescindible “Barbed Wire
Kises” (Blanco y Negro, 1988). Más allá del fetiche completista
esta recopilación se revela como un brillantísimo catálogo de un
grupo en estado de gracia total, que igual se radicaliza (aún) mas
allá del noise (“Head”, Hit”), como se embriaga en la fragilidad
indie-pop (“Psychocandy”, “Don´t Ever Change”) o sorprende con
particularísimas e irreverentes versiones (“Surfin´ Usa”, “Who Do
You Love?”). En él se incluye un tema nuevo, “Sidewalking”,
instantáneamente convertido en clásico de la banda y delatador
adelanto de un futuro inmediato que se plasmaría en “Automatic”, su
tercer elepé.

En
“Automatic” (Blanco y Negro, 1989) surgen unos renovados Jesus
regodeándose y explotando muchos de los hallazgos de “Sidewalking”.
La dicción chulesca y desafiante de Jim Reid se empasta con riffs
infalibles, mientras el uso de las programaciones varía
sustancialmente la estética del grupo, mostrándose más sintéticos,
luminosos y accesibles que nunca, gracias a la intervención del
ingeniero de sonido Alan Moulder.
Lastrado por cierta monotonía y
sensación de autoplagio, “Automatic”, aún así, se presenta como un
notable e influyente trabajo, posiblemente el que más acentúa el
lado “roll” de toda la trayectoria de los Jesus. Un espíritu que,
sin desdeñar el arrojo melódico de “Here Comes Alice”, el clima
esquizoide de “Gimme Hell” o la plácida “Crazy”, descansa
fundamentalmente en temas como “Blues For A Gun”, “Coast To Coast”
o “Head On”, mezclas perfecta de aceite guitarrero y rudas bases
electrónicas dando vía libre para que el rock n´roll se infiltre en
la pista de baile.

Continuando la senda de las
programaciones, los Jesus perfeccionan su alianza con Moulder
mediante el magnífico single “Rollercoaster”, y dos años después
regresan pletóricos con el soberbio “Honey´s Dead” (Blanco y
Negro, 92). Las polémicas alusiones del single “Reverence” (“Quiero
morir como Jesucristo / quiero morir como JFK”) los sitúan otra
vez en el punto de mira de los guardianes de la moral y el orden,
pero más allá de la provocación (¿infantil?, ¿gratuita?, ¿vacía?)
inherente a los Jesus desde sus inicios, “Reverence” es todo un
latigazo de electricidad que remite al espíritu agresivo, oscuro y
redentor de los Stooges y, sin duda, una de sus composiciones más
memorables.
Es la
entrada de un capítulo que, lejos de suponer un salto evolutivo,
parece sintetizar todo el pasado de la banda. El noise-pop de
“Psychocandy”, la belleza abatida de “Darklands” y el vigor
electro-rock de “Automatic” se conjugan en un híbrido, denso e
hipnótico, que contiene incontestables cumbres como “Cathfire”, “Far
Gone And Out” o “I Can´t Get Enough”. Con él visitan por primera vez
nuestro país y las crónicas lo sitúan entre los mejores conciertos
del año, mientras el adolescente autor de estas líneas literalmente
lo flipa en la retransmisión que de su concierto de Madrid ofreciera
Radio 3 en su día.

Tras
lanzar un nuevo recopilatorio (“The Sound of Speed”, la
continuación de “Barbed Wire Kisses”, aunque con un resultado
bastante más discreto) nos situamos ya en 1994, annus horribilis
para las vacas sagradas del pop británico. Si puntales como Primal
Scream, Ride o Stone Roses ofrecían entregas muy por debajo de su
media y el relevo en el star-system se servía a la baja mediante el
sobreinflado globo del brit-pop, los Jesus en sintonía coyuntural
editan el endeble “Stoned And Dethroned” (Blanco y Negro, 1994).

Inicialmente planteado en formato acústico y con colaboraciones de
relumbrón, al final se queda en semi-acústico y el cameo más
esperado (Bob Dylan) rechaza la invitación. Sí aceptan la pérfida
Hope Sandoval (Mazzy Star) para la preciosa “Sometimes Always”,
posiblemente el mejor corte del disco, y Shane MacGowan (The
Pogues) en “God Help Me”. Del mismo modo que sucedió en los fiascos
de las bandas antes citadas, “Stoned and Dethroned” es el típico
caso de “disco que no estaría mal si fuera de cualquier otro grupo”,
pero dentro de la trayectoria de los Jesus aun hoy suena adocenado,
insulso y falto de inspiración. Y lo peor: su defensa sobre
escenarios españoles (en 1996, dentro de los primerizos Festimad y
Fib respectivamente, donde muchos los veíamos por primera vez)
empezaba a destilar un ligero olor de grupo dinosaurio, a años luz
de la portentosa comparencia del año 92 y las grabaciones piratas
que sus fans guardábamos como oro en paño.

Pero,
desgraciadamente, en ese sentido las cosas siempre podrían empeorar
y dos años después, de nuevo en el escenario del Fib, los Jesus
escenificaron su defunción pública de una manera francamente
bochornosa. Para el recuerdo de mis pesadillas particulares quedará
aquel William Reid completamente borracho provocando una de las
mayores dosis de vergüenza ajena que uno como fan tuvo que padecer
en su vida. El motivo del mencionado esperpento era la presentación
del discreto “Munki” (Sub Pop,1998), canto del cisne de una
banda con el discurso agotado, agarrándose al deja vu por un lado y
buscando fallidas vías de madurez por otro, para finalmente
descender considerablemente su nivel hasta evaporar casi por
completo la excitación. Aún así dejan en su legado, singles tan
respetables como la pareja “I Love Rock N ´Roll” y “I Hate Rock
N´Roll” o ese revolcón por la oscuridad del rock n´roll clásico de
“Craking Up”, junto a homenajes y bromas como “Moe Tucker” o
“Supertramp” y torpes intentos de enlazar la épica a su sonido como
“Man On The Moon”. Afortunadamente tardaron poco en disolverse.

Finiquitada su historia, y ya en
la década presente, se han editado varios discos de especial
interés. Para no iniciados es más que recomendable la recopilación
“21 Singles 1984-1998” (Warner, 2002), idílica para hacerse
una panorámica global del grupo y constatar que, aparte de
aventajados e imaginativos arquitectos sonoros, los Jesus fueron uno
de los mejores surtidores de canciones del último rock británico.
Por otro lado, tanto la sensacional “The Complete John Peel
Sessions” (Strange Fruit, 2000) -un impresionante documento que
recoge vibrantes tomas en directo del
repertorio de sus primeros trabajos- como “Live In Concert” (Strange
Fruit, 2003) –ídem de la segunda etapa, inferior pero igualmente
interesante- deberían de figurar en la discografía del fan que
quiera ver y sentir todas las aristas de una banda esencial en
cualquier lectura de la historia del rock.

Esencial. Mmmm… dichosa palabra. Decía sobre el pop, el periodista
Nick Cohn en el mítico libro “Awopbopaloolbopalopbamboom” que “ha
hecho caricaturas gigantes de la ambición, de la violencia, del amor
y del inconformismo que han resultado ser las ficciones más
poderosas y más precisas de este tiempo”. Palabras éstas
referidas a los estandartes de su momento de redacción (Stones,
Kinks, The Who...), pero perfectamente aplicables a la percepción
que de los protagonistas de estas líneas tenemos algunos de estos
jovenzuelos que preferimos a Primal Scream sobre Zen Guerrilla.
Y
es que los Jesus and Mary Chain han significado, sí, “eso”: el
“joder que subidón”, el “joder que bajón”, el “joderos todos” y el
“qué jodido estoy” comprimidos en rutilantes espejos musicales en
los que mirarse de continuo, cuando las hormonas se hayan en óptimo
punto de cocción. Espejos que el paso del tiempo no ha hecho sino
situarlos en la misma lista de los Suicide, Who, Joy Division, Sex
Pistols, Stones, Sonic Youth, My Bloody Valentine, etc., ese lugar
donde no se discute sobre si Pleasure Beach son mejores que White
Stripes, porque un simple acorde de Pj Harvey los empequeñece hasta
lo invisible e irrelevante. Sí, allá donde Primal Scream ocupan ya
plaza segura, al ladito Jesus and Mary Chain, y en el que Zen
Guerrilla, pese a unas virtudes que nadie pone en duda, mucho me
temo que nunca estarán.
Lo
siento boss, la tenía en la recámara de mi (cada vez más devaluada)
arrogancia juvenil.
Javier Becerra
(Ver también artículo sobre
"Psychocandy" de The
Jesus & Mary Chain)
(Artículo publicado originalmente en Ruta 66)