Pet Sounds, EL POP

Pet Sounds es EL
DISCO. Pet Sounds es EL POP. Pet Sounds lo ejemplifica mejor que Rubber Soul,
el álbum de The Beatles que sirvió a Brian Wilson de acicate para mejorar
aquella obra cumbre e, incluso, mejor que Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club
Band, el disco con el que The Beatles pretendieron superar el listón marcado
por Pet Sounds.
Siempre en esas listas con los
mejores discos de ayer, hoy y de siempre, Pet Sounds aparece en los
primeros lugares, sino encabezándolas. Todas las publicaciones musicales que
importan, aquí o dónde sea, lo aman, eligen, veneran y señalan. Y aún lo
analizan, rebuscándole secretos escondidos. Ninguna otra grabación simboliza tan
bien la transición a la edad adulta que la música pop experimentó durante la
década de los 60. Sus canciones fueron una oda a la gastada California que decía
adiós a su fantasía hedonista, el último segundo antes de abrir los ojos a la
cruda realidad post-hippie.
Ningún otro disco ha sido tan
diseccionado. Gracias a eso, Brian Wilson ha ascendido a los altares de la
melodía pop. En sus trece temas exprimió al máximo sus dos mayores talentos: la
composición y la producción. Fabricó el espejo magistral de la accesibilidad
armónica y la ambición sinfónica. Aunque no tenía preparación académica, con sus
visionarios instintos matemáticos hizo posible unas sesiones de grabación
irrepetibles, sesiones que contribuyeron a que en su siguiente e inconclusa
grabación, Smile, acabara por volverse loco, metiendo camiones de arena
en el estudio para recuperar la inspiración playera.
Músicos que habían tocado con
Count Basie, Frank Sinatra y Nat King Cole siguieron sus instrucciones sónicas
hasta el final en Pet Sounds. El resultado: trece piezas de música
publicadas en 1966 con un valor atemporal. El resto es historia. Como, por
ejemplo, el hecho de que fueran la principal influencia que se encuentra detrás
de Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band de The Beatles.
Por eso fue más que un
cumplido diplomático la siguiente afirmación, pronunciada por Paul McCartney
hace algunos años, señalando a “God Only Knows” como su canción favorita de
todos los tiempos. Lo mismo puede decirse sobre la sentencia realizada
por el legendario productor y ‘quinto beatle’ George Martin en el sentido de que
si tuviera que elegir sólo a una persona como el principal genio de la música
popular, escogería a Brian Wilson.
Cuarenta años después todavía
sigue creciendo la reputación y relevancia de Pet Sounds. Su sombra se
alarga: bandas que importan del presente lo mencionan constantemente, la crítica
lo sigue reverenciando... En fecha tan señalada, dos ediciones recientes nos
recuerdan la vigencia del disco. La primera, la reedición especial de Pet Sounds.
Da igual que antes hayamos visto publicada de nuevo una y otra vez en varios
formatos, incluyendo una caja con gran parte de las sesiones de grabación del
disco que incluía hasta 90 tomas distintas de sus canciones.
La edición especial del
cuadragésimo aniversario que ahora se publica incluye las mezclas mono y estéreo
de todas las canciones, así como diversos extras en DVD: un primer documental
llamado The Making Of Pet Sounds en el que se relata cómo se hizo el
disco, incluyendo entrevistas con Brian Wilson, Mike Love, Al Jardine, Dennis
Wilson, Carl Wilson, Bruce Johnston y Tony Asher; un segundo documental titulado
Pet Stories, en el que Brian Wilson, Tony Asher, Hal Blaine, Carol Kaye,
Don Randi, Frankie Capp y Tommy Morgan reflexionan sobre las sesiones de
grabación y la leyenda y el legado del álbum; un cortometraje titulado Rhythm
Of Life, en el que Sir George Martin y Brian Wilson conversan en el estudio;
y, por último, los videos hechos en su momento de las canciones “Sloop John B”,
“Pet Sounds” y “Good Vibrations”.
Al mismo tiempo, el sello hispano
Houston Party Records ha logrado unir a gran parte de los nombres más reputados
de la escena independiente o alternativa para rendir un homenaje al disco,
grabando todas y cada una de sus canciones en versiones especiales.

En Do It Again: A Tribute To
Pet Sounds hay versiones que siguen los pasos de las canciones originales,
pero desde caminos paralelos, mientras que otras rompen directamente ese primer
molde. La suma de diferentes personalidades proporciona una constante sensación
de sorpresa: sólo hay que imaginar a Will Oldham y a Patrick Wolf en un mismo
disco, o a Nobody y a Daniel Johnston compartiendo estrías.
Es más que interesante prestar
atención a cómo todos estos artistas nos hablan desde la galaxia donde la mente
de Brian vivía en 1966, pero usando giros refrescantes y personales. Algunos
suenan extraños (Vic Chesnutt), algunos proponen un vals triste (Dayna Kurtz),
otros prefieren la fría soledad (Micah P. Hinson) al cálido abrazo de la
comunidad (Architecture ln Helsinki), pero nadie, por suerte, intenta vendernos
fotocopias baratas. Eso es lo que ocurre cuando se confía en un puñado de gente
que nunca subordina sus visiones a los convencionalismos, que no sigue el
dictado de las tendencias débiles, insulsas. Exactamente, la misma ideología
artística en la que creía Brian Wilson en 1966.