Orange Juice, el pop adolescente como debería ser

El punk ya no era lo que había significado algunos años antes y el
pop que se escuchaba en la radio parecía preso, sin posibilidad de
enmienda, de la más completa banalidad. Básicamente, padecía del
terrible nivel de comodidad de los torpes y ya no decía nada a
aquellos que hacen girar el mundo del pop, a los adolescentes que
esperan de una canción una ‘revelación’ o una señal que les empuje a
coger una guitarra y, al día siguiente, formar un grupo.
En 1979, en Inglaterra, ser punk empezaba a ser una
actitud cómoda para víctimas de la moda y algo embrutecido, basado
en la imagen y la violencia y acomodado a la figura aberrante,
convertida en icono, de aquel que un día había tocado el bajo con
los Sex Pistols, Sid Vicious. Claro que ya había quien había seguido
hacia delante, empezando a crear algo que resultase del mejor legado
del punk, o sea, el post que le siguió -conocido hoy como
post-punk-. Ese paso adelante pasaba por cruzar intervención
acústica y lenguajes estéticos; era una manifestación intelectual
seria y de base, experimental; era, en fin, música hecha por quien
pensaba en algo más que música.
Pero Orange Juice, que habían comenzado a armar sus
primeros acordes con la explosión del punk en 1976, no pensaban en
nada más que en música y, siendo jóvenes sofisticados como eran, ya
no apreciaban el sonido de la nueva revolución proclamada por Johnny
Rotten y compañía que empezaba a enterrar la ‘voz del obrero
suburbano aborrecido’.
Los
Orange Juice de Edwin Collins preferían las enseñanzas de Roger
McGuinn a los peinados mohicanos y los imperdibles, y no querían
experimentar nada: tan sólo buscaban crear canciones de dos minutos
y medio que ocupasen un lugar destacado en las listas de éxito.
Además,
no sentían vergüenza al cantar un estribillo totalmente contagioso y
la angustia de un corazón quebrado, ofrecido al oyente con la misma
intensidad que la mostrada meses antes a la Reina -“God Save The
Queen” había sido aquel exabrupto-. Como se dijo en su momento, el
álbum de debut del grupo, You Can’t Hide Your Love Forever,
era algo muy antiguo, hecho de una forma muy nueva: así se llega al
meollo de Orange Juice.
En ese
momento, el grupo de Edwin Collins estaba ya en una multinacional,
Polydor, y el asalto a las listas llegaría al año siguiente, con la
negritud funk de “Rip It Up”. La historia que más nos interesa ahora
ya había sido contada, y es la que recoge The Glasgow School.
Es la de las 23 canciones que habían grabado para Postcard Records,
entre singles y versiones menos pulidas de lo que sería su disco de
estreno, un espacio donde el pop añejo se recrea como algo nuevo.
Aquí se
encuentra la justificación de unas 1001 carreras de los últimos 25
años; ésta es la caja de Pandora que dio su razón de ser, algún
movimiento de caderas y también una sonrisa cómplice a
existencialistas juveniles con tanta sensibilidad para la música y
la literatura como para escoger el chubasquero a usar en una tarde
lluviosa de febrero, algo que, por convención, se dio en llamar ‘indies’.
Básicamente, Orange Juice habían cogido a The Velvet Underground y
le habían insuflado un sol radiante a “White Light White Heat”,
habían adoptado el jingle-jangle de The Byrds transfiriéndolo
del folk al ritmo sincopado de la música disco. Además, Edwin
Collins, un chaval de 20 años con la voz de un crooner de 40,
cantaba sobre aquello que cantan (casi) todas las canciones pop,
amor y mujeres, como maestro de la compasión con un brillo irónico
en su mirada, y con la desfachatez necesaria como para decir cosas
como “Ojalá pudiera volver a ser joven”.
El título
de su primer single, “Falling And Laughing” –“Riéndome y cayéndome”-
ya lo dice casi todo, y está claro que Morrissey, de The Smiths, y
Stuart Murdoch, de Belle & Sebastian, ya estaban muy atentos tomando
nota. En su cara B, el instrumental “Moscow”, suena como la versión
sonora perfecta de lo que se dio en llamar twee (derivación
de la palabra sweet -dulce-): son la Velvet Underground
tomando un refresco mientras bailan con The Shadows.
En los
textos que acompañan a The Glasgow School se escribe que
Orange Juice intentaron unir los sonidos pop a una ética punk.
Seguramente. Los sueños pop están por todos lados y son
premonitorios. En “Breakfast Time” se encuentra la luminosidad del
pop psicodélico de los 60 entre asperezas post-punk, dándole su
punto de partida a Franz Ferdinand, sin ir más lejos. “(To Put It In
A) Nutshell”, con su sh-sh-sh en el estribillo, y The Zombies y The
Monkees en la memoria, se convierte en una luminosa nostalgia por
parte de alguien que aún no ha vivido lo suficiente para invocarla,
y en su interior caben todos los ‘indies’ del mundo.
En
canciones de dos minutos y medio, Orange Juice transformaban la
inmediatez del pop en melancolía de literato. Desde lo alto de sus
canciones a lo Roger McGuinn, se escarnecían de sus propios lamentos
y susurraban cosas como “sólo mis sueños satisfacen el latido real
de mi corazón”.
Los punks
descubrían así la sensibilidad y recuperaban los placeres perdidos
de canciones que, si el mundo fuese un lugar serio, ocuparían lo
alto de las listas de venta. Más tarde llegarían a ese punto, pero
el grupo ya no era exactamente el mismo. En aquel corto espacio de
tiempo, se limitaron a inventar aquello que el mundo conocería como
‘indie’ y, por el camino, grabaron 23 canciones que son un himno a
la perennidad, la inquietud y la eterna adolescencia del pop. Son
los Orange Juice de The Glasgow School y se presentan,
nuevamente, 25 años después, sin que su música haya envejecido ni un
solo día desde entonces.
Xavier Valiño