Johnny Cash, espíritu muy antiguo en un cuerpo muy joven

En las Crónicas que editó el año pasado, Bob Dylan habla de
un período en el tiempo, la década de los 50, en la que sintió que
Norteamérica se transformaba para siempre, de forma definitiva,
irremediable. Todos los personajes que describe, los ambientes que
evoca, las memorias que recupera, indican en el fin de la
Norteamérica que, con sobresaltos pero en línea recta, sin desvíos,
había existido desde el final de su Guerra Civil.
El viaje hacia el Oeste alimentado por
emigrantes de todas las nacionalidades, la euforia económica de las
primeras décadas del siglo XX, la Gran Depresión que le siguió, la
II Guerra Mundial y los años de optimismo que llegaron después son
los que Dylan describe a Martin Scorsese en el documental No
Direction Home, como representando el crepúsculo de la inocencia
norteamericana.
Años y
años de convulsiones y profundas transformaciones que, con todo,
mantenían inalterable la esencia de una Norteamérica a la que no
podíamos aún llamar mítica. ¿Cómo llamar mito a lo que estaba
todavía profundamente presente, enraizado en la vivencia de aquellos
que lo habían experimentado en primera mano, de aquellos que lo
tenían cicatrizado en la piel y que lo habían preservado en
cancionero hecho de las vivencias cotidianas, no relegado a lectura
de biblioteca?
Dylan, en
medio de las corrientes enfrentadas, el pasado estructurado en
disolución y el futuro que se comenzaba a anunciar, deambulaba por
el Greenwich Village de Nueva York y fabulaba con bibliotecas,
biografías, artistas del folk y todas sus historias disponibles.
Como recoge en sus Crónicas, el futuro no ejercía sobre él
ninguna fascinación. Le interesaba el pasado, y de él extrajo la
materia prima con la que construyó la primera de sus muchas
máscaras.
Johnny Cash puede haber sido también un hombre de máscaras pero fue,
principalmente, alguien que llevo consigo todas sus contradicciones,
con todos sus valores, de ese pasado a punto de disolverse. Fue
alguien que atravesó sin ceder la barrera entre el ‘antes’ y el
‘después’. Un espíritu libre en conflicto, más rebelde por la
incapacidad de aplacar sus demonios interiores que por convicción;
un espíritu muy antiguo en un cuerpo demasiado joven, demasiado
deseoso de ceder a la tentación.
En En
la cuerda floja, la película sobre una parte de su vida
realizada por James Mangold que recientemente se ha estrenado, el
puente entre esos dos tiempos está claro. El ‘antes’ está marcado
por la infancia en los campos de Arkansas, en los himnos gospel
aprendidos con su madre, está en la familia Carter que lo acompaña
desde joven a través de la radio de casa, como premonición del
‘anillo de fuego’ que lo uniría a June Carter.

El
‘después’ es aquella música demasiado agreste para ser country y
demasiado adulta para ser rock’n’roll. Todo ello configura un mundo
con un cuadro de referencias viejas de un siglo en descalabro y
Johnny Cash atravesándolo cual personificación excesiva del
conflicto latente. Love, God, Murder -Amor, Dios, Muerte-,
como reza el título de uno de sus más famosos recopilatorios.
Rock’n’roll y redención, resumimos nosotros.
Cristo y
Jesse James. Johnny Cash encarnó la vieja Norteamérica que Dylan
veía desaparecer. Nacido en el seno de una familia de agricultores
sobreviviendo al abrigo del new deal de Roosevelt -criado
para apoyar a los supervivientes más necesitados de la Gran
Depresión-, creció educado en el temor a la justicia de Dios y
respetando una jerarquía de valores donde cosas como la honra, el
trabajo y la dignidad aparecían en lugar preponderante.
Cantaba
himnos gospel con su madre, aprendía a dar los primeros acordes con
un vecino y tenía como compañía insustituible la radio que su padre
había comprado para informarse de las crecidas del Mississipi. Años
después, con todo, mientras cumplía el servicio militar en Alemania,
período en el que compuso sus primeras canciones, no se deshizo de
su inspiración de salmos bíblicos: “He matado a un hombre en Reno
sólo por verlo morir”, es lo que dicen los primeros versos de
“Folsom Prison Blues”, escrita tras ver un documental sobre la
prisión que se convertiría para él en una imagen de marca.
Es la
vieja Norteamérica construida con una mano sobre la Biblia y la
otra sobre el revólver: pecado y redención. Cristo y Jesse James.
Johnny Cash partido por la mitad, un Johnny Cash que transporta la
vieja América hacia la nueva que surge y que, por eso mismo, nunca
se encontraría verdaderamente encuadrado en ella.
Inició su
carrera en los estudios Sun de Memphis, los mismos en los que
empezaron Elvis Presley o Jerry Lee Lewis. Abandonó el gospel
‘obligado’ por el productor Sam Phillips y, con los Tennessee Two
-el bajista Marshall Grant y el guitarrista Luther Perkins-, creó un
sonido áspero y agresivo que le debería garantizar un lugar en la
historia como precursor del rock’n’roll.
Así lo
dice la rudeza que empleaba en el country, así lo dicen las
canciones grabadas con Elvis Presley, Jerry Lee Lewis o Roy Orbison,
así lo dice la histeria de las fans adolescentes y los singles
destacados en las listas de ventas. Cash, con todo, sería
inmortalizado como el nombre más grande del country -la música
antigua- y, sobre todo, como un artista por encima de distinciones
de género musical. Así lo dictó el genio, un genio unánime, un genio
controvertido e inquietante.

Lo vemos
en el escenario: guitarra en diagonal, con el cuerpo erguido y el
brazo apuntando al público, mientras con su mirada penetrante, viva
y enigmática, desafiaba a todo los que lo observaban desde la
platea. Kris Kristofferson diría a este respecto: “Era un terror
divino, y se convirtió en el Padre de nuestro país”.
Lo
escuchamos en disco: una voz granítica, aparentemente poco dotada,
aunque inmediatamente reconocible y con una expresión inimitable.
“No sé de dónde venían esas voces de Dios, no sé quién las
sustituirá”, suspiró Nick Cave a la revista Mojo, comentando su
muerte el 12 de septiembre de 2003. Su renacimiento al final de su
carrera en las manos del productor Rick Rubin, etapa en la que le
escuchamos robar para sí canciones como “Personal Jesus” de Depeche
Mode, “One” de U2 o “Hurt” de Nine Inch Nails, sólo amplifica el
suspiro.
Acompañamos la biografía: el hombre movido a anfetaminas desde su
primera actuación y que, décadas después de deshacerse del hábito
que casi le cuesta la vida y la carrera, decía sentir falta de
energía, del vértigo que la droga le daba a su música. El ‘Hombre de
Negro’ que, en la canción que le inmortalizó el apodo, cantaba: “Voy
de negro por los pobres y los maltratados que viven en el lado
hambriento de la ciudad”. “¿Por qué de negro? ¿Vas a algún
funeral?”, le preguntan varias veces en la película En la cuerda
floja. Respuesta invariable: “Tal vez, tal vez”.
El
cantante respetado por los conservadores que cuenta como discos más
vendidos dos actuaciones en directo en prisiones de alta seguridad (Live
At Folsom Prison y Live At St. Quentin) y el músico de
una generación anterior que, por su mismo calado moral, es adoptado
por la joven contra-cultura americana como uno de los suyos.
La
rebeldía de los discos en directo, la empatía generada con los
prisioneros y las provocaciones a la autoridad en lo alto de un
escenario así lo atestiguan. Cantó a la fe de una forma tan
convencida como encarnó el crimen, y fue un hombre tan deseoso de la
redención como consciente de la imposibilidad de ceder a la
tentación: “Walk The Line”, una de sus canciones más famosas, es la
confesión de eso mismo.
Y, por
fin -que es una forma de volver al inicio-, el clasicista
revolucionario, héroe no declarado del rock’n’roll, dictó el destino
que tendría que seguir inevitablemente, para que todo tenga sentido,
a la familia más importante e impoluta de la música country, la
Carter Family. En la cuerda floja es la historia de amor de
Johnny Cash y June Carter, con la vida de Cash, sus convulsiones y
contradicciones como plano de fondo revelador.
James
Mangold, el realizador de En la cuerda floja reconoció
recientemente haberse centrado en un período específico de la vida
de Cash, desde la infancia hasta sus primeros tres lustros de
carrera, para “representar una imagen de él que, en cierta forma,
fue apagada”. Viendo el film sabemos que no sólo fue por eso. En
la cuerda floja es, primero, una historia de amor y, sólo
después, la de una carrera.
El hecho
es que entre la entrada en los estudios Sun, en 1955, y el concierto
grabado en la prisión de Folsom, en 1968, Johnny Cash se asentó en
el universo de la música popular como uno de sus máximos símbolos. A
pesar de que el renacimiento en la década de los 90 fue la
confirmación definitiva de que nos encontrábamos ante un genio
mayor, sólo lo que grabó en aquellos años le habría asegurado la
inmortalidad.
En ellos,
y en la película que ahora se estrena, encontramos todo aquello que
componte la cosmología cashiana: la infancia pasada entre la
radio y el libro de cánticos de su madre, las marcas dejadas por un
padre severo y alcohólico y, principalmente, la muerte de su hermano
pequeño, culpa cristiana que, como señala el film, nunca más lo
abandonará. La perseverancia en continuar una carrera musical cuando
todos los caminos, de las puertas de los estudios a la oposición de
su primera mujer, parecían cerrados.
Éste es
el hombre que, al entrar en una sala de grabación, tres días después
de la muerte de June Carter, exclamó: “No desisto, no creo en
desistir”. Los excesos de una vida en los primeros pasos del
rock’n’roll, pasada en largas giras por los Estados Unidos en
pequeños coches y mantenida a base de dosis industriales de
anfetaminas y cerveza. La prisión y la drogodependencia. El amor
obsesivo por June Carter, que sobrepasa los convencionalismos, que
superó el espacio y el tiempo y que, al fin, acaba por ser su
salvación.
En a cuerda floja es la historia del
camino al éxito de una de las voces más singulares de la música
norteamericana, de la turbulencia que la creó y, por fin, de su
redención y matrimonio con June Carter. En 1968, cuando atraviesa
las puertas de la prisión de Folsom, es ya el ‘Hombre de Negro’,
donde conviven lo sagrado más profundo y el profano más visceral, el
músico que revolucionó la música country y vivió intensamente los
escenarios, la música, la cerveza, la droga y los desacatos con los
pioneros del rock’n’roll. Es el héroe de los fuera de la ley y una
voz respetada por los puritanos. Es la Biblia y Jesse James con una
guitarra colgada del cuello: el espíritu de la vieja Norteamérica
perpetuándose de la mejor manera posible.
Xavier Valiño