ARTÍCULOS 2006
En la cuerda floja,
un romance escrito en las estrellas

Ni de cerca ni de lejos era la
elección más evidente. No hay más que poner juntas una fotografía
contemporánea de Joaquin Phoenix y otra de Johnny Cash de mediados de los
60, cuando tenía la edad que tiene hoy Phoenix (32 años): Cash parece tener
40 años mientras que Phoenix pude pasar por poco menos de 20.
Las semejanzas físicas son, claro, poco menos
que ninguna. Y ése es uno de los aspectos más curiosos de Walk The Line
(En la cuerda floja), ya que conocemos muy bien la costumbre de
los biopics de intentar conseguir, en lo que se refiere a su reparto,
maximizar las posibilidades de mimetismo entre el actor y el personaje
biografiado.
La película de James Mangold parece
funcionar al contrario, al conseguir desde el principio minimizar esas
probabilidades. También sabemos los problemas que esa búsqueda del mimetismo
levanta, sobre todo cuando el biografiado es alguien que vivió hace
suficientemente poco para que su existencia, y sobre todo su fisonomía, haya
sido documentada infinitas veces, grabada, fotografiada: se crea un efecto
paradójico, ya que el espectador está siempre, incluso inconscientemente o
contra su voluntad, a ‘medir’ los parecidos y las diferencias.
En ese caso, la neutralización de la
desconfianza llega con la superposición del actor con la imagen del
personaje, y no en pocas ocasiones para el propio actor -y para quien lo
dirige- la emulación del personaje se torna en una prioridad tan absoluta
que destroza cualquier posibilidad de reinvención o incluso de retrato: un
muñeco parecido no es automáticamente un retrato; un retrato no tiene que
pasar por un muñeco parecido -hablemos de pintura, fotografía o cine-.

En el contexto de películas
dedicadas a figuras de la música popular, podríamos llamar a esa confusión
el ‘síndrome de Val Kilmer’, recordando su patético -y marcante, en este
sentido- Jim Morrison en The Doors que Oliver Stone dirigió a
comienzos de los 90. En En la cuerda floja, James Mangold y Joaquin
Phoenix escapan de todo esto y lo hacen bien.
Vemos que este hombre (Phoenix) está en el lugar
de otro (Cash), percibimos que no son nada parecidos y ya no volvemos a
pensar en el asunto durante toda la película; aceptamos el juego y somos
libres para ver un personaje y el desarrollo de su trabajo y su
caracterización. Nos libramos nosotros, espectadores, y se libran ellos,
realizador y actor, para representar un Cash que, en lugar de una
instantánea de fotomatón, intenta ser un retrato, pintado, retocado,
granulado -se puede escoger una expresión de éstas o otra que se quiera-; en
suma, una interpretación de Johnny Cash.
Obviamente, esto no significa
inventar otro personaje diferente. Por el contrario, queda claro que Phoenix
estudió realmente, con toda la atención, la imagen y la voz de Cash. La voz,
a pesar de que no suena con el tono barítono de Cash, no la imita nada mal,
y seguro que en un programa de imitación de estrellas tendría buenas
posibilidades de llegar a la final.
Estudió sus manierismos y los gestos, su pose en
el escenario, la guitarra casi a la altura de la garganta, el modo en el que
torcía un poco la boca al cantar, como si estuviese haciendo un esfuerzo
para contener exageraciones expresivas que escaparan de su aura de gravedad
impasible. Phoenix estudió todo esto. Pero ‘todo esto’ parte de la imagen
pública de Johnny Cash y fue tomado del personaje que él mismo creó, por
voluntad propia, por naturaleza o por la conjunción más o menos estudiada de
las dos. Es ese ‘Cash-icono’ la fuente de inspiración de Phoenix y el
aspecto que fortalece los contornos más reconocibles para su personaje; el
sustituto de su fisonomía, por así decir.

No exageraríamos si dijésemos que
En la cuerda floja, a partir de ahí, trabaja en dos líneas paralelas.
Por un lado, está la historia de la transformación de Cash en Cash, rumbo al
momento en el que John R. Cash pasa a ser Johnny Cash y a asumir un
personaje; el film sitúa ese momento en el concierto de regreso en la
prisión de Folsom, cuando Cash se presenta como the man in black, o
el ‘Hombre de Negro’.
Inmediatamente antes, se ha podido ver un plano
de Phoenix, en pose artificial -en ‘representación’-, preparado para asumir
su estatus icónico: le dicen que todo vestido de negro dará la impresión de
que va a un funeral, a lo que él responde, estudiadamente, “tal vez, tal
vez”. Se trata del actor Phoenix encontrando al actor Cash, en total
consciencia -de uno y del otro-.
Historia de una imagen, En la
cuerda floja es también la historia del cuerpo -y del espíritu- que la
alimentó. ¿Cómo enfrentarse a esa relación, sus continuidades y
contradicciones? Eso también es un desafío de actor. ¿Cómo transmitir lo que
conocemos de Cash, esa imagen reconocible, hacia un terreno incierto y
secreto, el de la vida íntima?
Siendo un biopic, este aspecto es central
en la película de Mangold. Y se resuelve en un contrapunto: hacer del
personaje un héroe vulnerable, de una rebeldía adolescente -se puede pensar
en los míticos personajes de Nicholas Ray; casi se puede jurar que Phoenix
también pensó en ellos-, incluso infantil, por lo menos en lo que respecta a
su dependencia, a la preponderancia de las figuras maternales, a la
incapacidad de comunicación con el padre o, más genéricamente, con
representantes de una autoridad masculina (“¿Tiene alguna cosa contra la
Fuerza Aérea? Yo sí la tengo”).

Historia de crecimiento y madurez, ésta es
también una historia de cicatrices. Cash -el verdadero- preguntaba en una
canción: “¿Quieren saber por qué siempre visto de negro?”. Decir que En
la cuerda floja y Joaquin Phoenix dan a esa pregunta una respuesta en la
que podemos creer es, tal vez, el mejor elogio que se les pueda hacer.
Que se desengañe quien vaya a ver
En la cuerda floja buscando un biopic de formato tradicional de
Johnny Cash, pionero del rock’n’roll en los años 50, imagen rebelde de la
música country en las décadas siguientes, figura tutelar de la saga
‘americana’ de los años 90, presencia casi mítica salida del Antiguo
Testamento en el que se cruzan, a un tiempo, la raíz más profunda de la
música tradicional norteamericana y la modernidad traída por el rock’n’roll.
Lo que está en el film de James Mangold,
realizador interesante pero desequilibrado, capaz de lo mejor y lo peor,
para quien este proyecto fue una cruzada personal que le llevó años montar,
no es esa historia del superviviente que se supo mantener relevante durante
medio siglo; es tan sólo la historia de la pasión de Cash y de su segunda
esposa, June Carter, hija de una legendaria dinastía de la música country,
contada con los requisitos melodramáticos de los que Hollywood es capaz,
disfrazada del recurrente ‘ascensión y caída’ del músico desde el inicio de
su carrera en los estudios Sun, bajo los auspicios del productor Sam
Phillips, hasta su resurrección a finales de los 60 con el disco grabado en
directo en la prisión de Folsom.
En la cuerda floja muestra
una pequeña parte de la historia de Cash, la parte que Hollywood habrá visto
–claro- más interesante: su infancia difícil como hijo de un trabajador
pobre que lo rechazó después de la muerte de su hermano mayor, su ascensión
a pulso en los tiempos dorados del rock’n’roll en plena década de los 50, la
forma en la que se apasionó en la carretera por June Carter y, a pesar de ya
estar casado y tener hijos, el descubrimiento de haber encontrado a la mujer
de su vida y la persecución hasta que ella la aceptó como esposo. Todo un
romance escrito en las estrellas.

Ya lo sabíamos de otras películas
sobre estrellas del country como Loretta Lynn (Quiero ser libre, de
Michael Apted, con Sissy Spacek y Tomy Lee Jones) o Patsy Cline (Dulces
sueños, de Karen Reisz, con Jessica Lange y Ed Harris): la música
country es el terreno propicio para el melodrama clásico, con su apego a los
valores tradicionales de la familia, el escenario rural y la subida a pulso
que es el refugio de las edificantes historias de ascenso al estrellato.
Si quisiéramos, podríamos ver ahí una ‘pureza’
original, primordial, de la familia nuclear que parece hecha a medida del
conflicto clásico del melodrama, entre la razón y la emoción. Y, a pesar de
que los personajes que lo inspiraron son personalidades identificadas como
‘rebeldes’ en el universo del country, En la cuerda floja es de lo
más clásico que se puede imaginar en el melodrama: son las mismas historias
de un amor no correspondido, de un romance lleno de obstáculos, de un
corazón indomable que se busca siempre en otro sitio.
El título del film es, a este respecto,
programático, por ser no sólo uno de los temas clásicos del músico, sino
también el símbolo de todo aquello que June le pedía a Johnny para que él
fuese capaz de merecerla: “Walk the line”, “apártate de las
tentaciones”, “pórtate bien”. Porque sólo en el respeto a los valores
tradicionales y de la ‘santidad’ de la familia nuclear su relación, que
había comenzado fuera de ella, podía tener sentido, sólo así las heridas de
Cash podían sanar.
Pero el problema es que es en esa
herida, en esa oscuridad que Cash veía, donde reside la intensidad, la
energía de su obra. Aquello que nos atrae en Cash no es sólo el melodrama
‘más grande que la vida’ verídico del artista torturado, que existió
realmente -la propuesta de matrimonio que Cash le hace en el escenario a
June Carter, que parece invención del guionista, es absolutamente cierta-,
sino que el músico era un hombre con un lado negro, oscuro.
Jonny Cash sentía una especial atracción por el
abismo y por la tragedia humana, algo que se convirtió en justo aquello que
hizo que su música captara la atención de los presos de Folsom y San Quentin,
que los hiciera identificarse con las palabras que aquel hombre cantaba, con
la esperanza de redención y la certeza del castigo aprendido de los viejos
himnos religiosos que habían formado su gusto -y el de June- por la música
desde pequeño.

¿Sería posible, por ejemplo, pensar
en su lectura del “Hurt” de Nine Inch Nails sin comprender ese lado negro de
quien ganó y perdió, gozó y sufrió, en suma, vivió, que tantas veces se
situaba por encima en la música de Cash? Y es ese lado negro el que no se
siente en En la cuerda floja; es ese lado negro el que queda por
explorar, reducido a recursos demasiado fáciles del dolor del hijo rechazado
y del marido incomprendido, al alivio de la droga y del alcohol y de las
mujeres fáciles, a la caricatura del artista autodestructivo, olvidándose
también de su conservadurismo, su apoyo a los derechos de los indios, su
simpatía por los delincuentes o su fundamentalismo religioso.
Con todo, nada de confusiones: el film de James
Mangold no es un ‘blanqueamiento’ de la imagen de Cash, no escamotea su
tendencia autodestructiva ni trata mal (al contrario de lo que una de las
hijas de su primer matrimonio pretende) a Vivian, su primera esposa, pintada
no como una arpía, sino como una mujer que quería de Cash aquello que él no
le podía dar a menos que dejara de ser quien era.
La pareja Cash-Carter estuvo presente en el
proyecto y el guión desde el principio, a pesar de que la película se
completó después del fallecimiento de ambos, y surgió de largas
conversaciones entre ellos, respetando el realizador sus voluntades. En
la cuerda floja no ‘blanquea’, pero opta por la historia edificante con
final feliz, una historia de entre las muchas para las que la vida de Cash
podría dar juego y que podrían ser contadas de acuerdo con los patrones de
Hollywood.
Hay, ciertamente, honestidad en En la cuerda
floja. No podía ser de otro modo, vista la inversión y la entrega que se
siente de parte del equipo y de los actores, a los que, si acaso, se les
puede disculpar la osadía de grabar e interpretar canciones tipo fotocopias,
a imagen y semejanza de los originales, por cuanto la idea fue una
imposición del supervisor musical y veterano productor T-Bone Burnett.
Y el film acaba por pertenecer más a Reese
Witherspoon, que consigue, con un personaje más difícil de partida, hacer
olvidar su imagen de actriz de comedia y colocar enfrente nuestra a June
Carter de cuerpo entero, robando el protagonismo a un Joaquin Phoenix
entregado al mimetismo de la fisicidad y de la energía de Cash, aunque
incapaz de hacernos olvidar al actor detrás del personaje. Hay honestidad,
corrección, eficacia; hay un melodrama bien hecho sobre un cantante de
éxito. Pero ésa no es toda la historia del Hombre de Negro.