Sigue en su aventura en solitario contra viento y marea. Edita sus discos en su propio sello y, al menos, cuenta con un legado de seguidores fieles. Cartografía es el nuevo disco de rock clásico del antiguo componente de 091.
Una
de las cualidades más reseñables de Bob Dylan es su habilidad para mantener
el enigma esencial de sí mismo. Puede participar en películas
intrascendentes, editar largos libros de memorias, incluso prestar su imagen
y canciones a un estúpido anuncio de ropa interior y, a pesar de ello,
mantener intocable el misterio de qué fue lo que hizo que un chaval inquieto
llamado Robert Zimmerman se convirtiera en el icono apodado Bob Dylan. Si
Martin Scorsese tuvo en algún momento la intención de llegar al fondo con su
documental de tres horas y media No Direction Home, está claro que no
lo consiguió, pero eso no hace que esta película comercializada en DVD sea
menos que extraordinaria y necesaria.
Centrada en los años históricos que le llevaron
de tocar en bandas de rock’n’roll de Minnesota a finales de los 50 a su
accidente de moto en 1966 -sea cierto tal percance o sólo una excusa que se
inventó para desaparecer durante un tiempo-, No Direction Home
incluye una buena cantidad de material de archivo. De entre lo recogido,
destaca una larga y franca entrevista en cuatro jornadas con el propio Dylan
(conducida por su colaborador de muchos años Jeff Rosen) y otras con muchos
de los que lo conocieron entonces, como Allen Ginsberg, quien reconoce que
lloró tras escuchar por primera vez “A Hard Rain’s A-Gonna Fall” al
descubrir que el testigo acababa de pasar a otra generación distinta a la
suya.
Lo más destacable es que, a pesar de que Martin
Scorsese se encontró con todo el material rodado cuando saltó al proyecto,
éste ha convertido la película en un film propio con muchos puntos en común
con el resto de su trayectoria. Como Uno de los nuestros, Toro
salvaje o El aviador, se trata de una historia sobre cómo los
tiempos conforman a determinadas personas y cómo éstas se echan atrás en
algún momento, al menos durante un tiempo.
En más de una ocasión, Dylan sugiere que, aunque
viene de una pequeña localidad llamada Hibbing, en Minnesota, aquel lugar no
era su hogar, sino que se trataba de una localización en la que su cuerpo se
había instalado temporalmente a la espera de alcanzar la mayoría de edad
para volar. Consecuentemente con ello, Scorsese pone su énfasis en el
potencial americano de reinventarse y la tristeza que puede sobrevenir
cuando se logra. Rehaciéndose a sí mismo como un seguidor de Woody Guthrie,
después como el producto más interesante de la escena folk de Nueva York y,
más tarde, como un visionario rebelde del blues-rock y del estilo que
llamarían americana -que aún estaba por inventarse-, Dylan contentaba
y confundía a sus admiradores a partes iguales.
En la parte central del film, uno de los
entrevistados articula la mística central de Dylan de la forma más sencilla
posible, pero con las palabras más apropiadas: “Mientras está en el
escenario, de alguna forma nos transporta con sus canciones diciéndonos que
sabe algo que nosotros no sabemos”. Es la forma más llana de describir la
razón de la fascinación por Dylan, del mito entre el resto de los mortales,
del hombre tan atrapado en la persona que se ha creado con sus textos
crípticos y su apariencia que incluso un director como Martin Scorsese sólo
puede arañar la superficie de un ser extraño que parece contener el secreto
más grande del mundo en su música. Da igual que lo cuente todo, porque sigue
pareciendo que hay algo que se nos escapa, que no sabemos; es decir, la
misma sensación que dejaba el primer volumen de sus Crónicas editado
el año pasado.
El conflicto central de Don’t Look Back
se traduce en conocer cómo se pasó en seis años de ser considerado un
profeta a un paria, cómo llegó al punto de que sus fans pagasen por una
entrada simplemente para abuchearlo. En la compleja narrativa por la que
opta Scorsese, este aspecto se muestra hacia atrás al tiempo, mientras que
los primeros años de Dylan se muestran en sentido cronológico, hacia
delante. Una vez que las dicromáticas imágenes de Dylan se unen en el punto
medio, conseguimos atisbar una imagen clara del enigma de Dylan: por qué sus
fans se sintieron traicionados mientras a él no le importaba en absoluto lo
que pudieran pensar, y cómo esa apatía sólo realimentaba la admiración hacia
él.
Para confirmarlo, Scorsese vuelve una y otra vez
a lo que D.A. Pennebaker rodó durante la gira británica de 1966 (que
conformaría la película Don’t Look Back de aquel año), aquella serie
de conciertos en los que los fans le gritaban “Judas” y “Traidor” cuando
aparecía con sus músicos en formación eléctrica, los mismos que luego se
convertirían en The Band. Fuera del teatro de Newcastle, donde aquella
polémica actuación se vio por primera vez, los seguidores británicos de
Dylan expresan el sentimiento de traición que sienten porque, según ellos,
Dylan ha abandonado la tópica canción protesta, sin saber que esperaban a un
Dylan que ya había desaparecido.
No Direction Home
no desprecia totalmente ese sentimiento de pérdida. El título (Sin
dirección o, también, Sin un hogar) no está ahí por accidente, ni
tampoco lo están los lazos de unión entre la transformación de Dylan desde
el activismo político, la muerte de Kennedy y el colapso del optimismo
norteamericano que creía que una canción cantada con la suficiente fuerza y
durante bastante tiempo podía cambiar el mundo.
La admiración de Scorsese por la música de Dylan
era evidente antes de rodar esta película, pero nunca llega a desprenderse
de la idea de que el éxito de Dylan trajo sus consecuencias. Mientras
interpreta canciones de dudas, desilusiones, desengaños y distintas clases
de confusión a todo volumen, Dylan parece sobrecogido y fuera de sí en las
imágenes de 1966, en especial una interpretación a medias con Johnny Cash de
“I’m So Lonesome I Could Cry”, aunque en ningún momento se mencionan las
drogas (ni, tampoco, curiosamente, a su primera mujer Sarah, la madre de sus
cinco hijos).
Parece que si todavía no había perdido su alma
como otros personajes de otros films de Scorsese, al menos iba encaminado en
esa dirección. Por supuesto, no era el único que se sentía así entonces;
simplemente se dedicaba a construir su banda sonora. Si No Direction Home
prueba algo, es que el Dylan ‘auténtico’ probablemente nunca aparecerá
o, de hecho, puede que incluso no haya existido.