BELLE AND SEBASTIAN Los Cuatrocientos Golpes
Asomaron la cabeza
desde su buhardilla de Glasgow como un capricho para minorías selectas a
mediados de los 90 y, al poco, se convirtieron en la más relevante banda
del pop británico. Tras seis álbumes, y siendo ya unos clásicos en vida,
echamos la mirada al pasado y presente de Belle and Sebastian.
“Llámame
profeta si quieres, no es ningún secreto / Tú sabes que el mundo está
hecho para los hombres / No para nosotros”(“We
rule the school”)
El
débil. La
música siempre guarda un lugar privilegiado para los débiles. Muchos de
los seguidores del pop integran, en ese sentido, una gran masa de
desamparados sentimentales buscando balones de oxígeno y guiños de
complicidad entre melodías y estribillos, enterneciéndose cuando surge
uno de estos trovadores modernos capaz de diseccionar con toda precisión
sus sensaciones, insertándolas en una bella composición. El raro, el
incomprendido, el confundido y afligido que, de pronto, haya así una
canción con quien compartir su soledad, sus sueños, sus penas y euforias
privadas, y abrazarse a ella como si fuera lo único que quedase en este
mundo en el que, no solo nadie lo entiende sino que, aparentemente,
nadie dedicaría un minuto de su tiempo a entenderlo.
Es normal por tanto, que los recovecos del indie más sensible de la
pasada década se estremecieran con la aparición de “If You´re Feeling
Sinister”, un frágil tratado de pop que giraba en círculos sobre la
angustia vital juvenil con una conmovedora cercanía. Con él los
escoceses Belle And Sebastián se daban a conocer y, entremezclando
misterio, boca a boca y amor a primera vista, llegaron y calaron en la
fibra sensible colectiva de esos poperos ilustrados de piel fina y
permeable, siempre más vulnerables de lo que debieran, resignados que
esperan cada día un gris autobús que les llevará al mismo sitio del que
quieren escapar y que saben que su vida vara aún en los traumas
adolescentes, sin más solución a la vista que suspirar… y luego flotar
en un universo paralelo en el que suena Nick Drake, mientras se suceden
las páginas de Dylan Thomas. Pero la cosa no se quedó ahí, la bola
creció, un infinito dominó de fans cayó ficha tras ficha para que
aquella formación semidesconocida y sus historias de bolsillo
adquirieron unas dimensiones y unas adhesiones que superaban incluso al
propio grupo. Éstos, abrumados en su amateurismo universitario, apenas
ofrecían conciertos y jugaban al escondite con la prensa, alimentando su
aureola de grupo especial de un modo radicalmente opuesto a como nos
tenían acostumbrados los narcisos de una era brit que ya agonizaba.
El día que mi compañero de piso de aquel entonces, un fan de grupos
como Limp Bizkit, Placebo u Ocean Colour Scene, me pidió sus discos para
grabar, me di cuenta de que definitivamente habían trascendido: Belle
And Sebastian eran la mejor banda de pop del mundo. O no, quién sabe,
pero en aquel entonces a no pocos nos gustaba pensar lo contrario.
AQUELLOS AÑOS DE
INCONSCIENCIA
En muchos casos la inconsciencia es la clave de la magia. No hay
nada como crear por el puro placer de crear, sin detenerse en más
consideraciones, para que en caso de cuajar el resultado se vea envuelto
de ese algo -llamémosle encanto, llamémosle autenticidad- que nunca
poseerán los productos pasados por la cadena industrial con el objetivo
de vender. Me sobrevolaba esa idea cuando relataba en esta publicación
las andanzas iniciales de Galaxie 500 y retorna ahora, envolvente,
cuando pruebo a meterme en la piel de los Belle And Sebastián de
mediados de los 90.
Stuart David (bajo), Stevie Jackson (guitarra), Chris Geddes (piano
y teclados), Richard Colburn (batería) Sarah Martin (voces y violín),
Isobel Campbell (chelo y voces) y Mick Cooke (trompetista que colabora
intermitentemente y que formará ya parte del grupo desde 1998) eran unos
estudiantes escoceses de veintipocos años comandados por Stuart Murdoch
(guitarra y voces), un brillante compositor obsesionado con Felt,
aficionado a escribir relatos y comprimirlos en forma de bellas
canciones pop. Tras participar en un curso de “negocio musical” para
músicos desocupados en el Stow College's de Glasgow, su ciudad, surge en
los primeros meses de 1996 la oportunidad de poder grabar un disco en el
sello creado por dicha institución. La tirada será de 1000 ejemplares en
vinilo y su difusión apenas sobrepasará las fronteras de su localidad.
“Tigermilk” (Electric Honey, 1996), el disco en cuestión, pasó
lógicamente desapercibido para el gran público, pero varios sellos se
percataron del diamante que descansaba en su interior, mientras que
durante los años siguientes la última generación de cintas vírgenes se
hartó de pulsar el record de su pletina y franquear sobres acolchados,
para trasmitir el secreto de un elepé que se iba revalorizando en
auténtica joya de coleccionista a medida que el grupo iba creciendo.

Hubo que esperar hasta 1999 para la escucha “legal” de “Tigermilk”,
llegando cronológicamente como un tercer álbum. Anteriormente ya todos,
o casi todos, habían caído a los pies de una banda que, con el citado
elepé “If You´re Feeling Sinister” y el puñado de singles editados
durante 1997 y 1998, firmó una de las más admirables colecciones de
canciones de los 90. Un compendio de delicadeza y preciosismo que
sustentaba ese romántico juego de luces y sombras de lo cotidiano, el
“ordinary” británico, que en la pluma de Stuart Murdoch alcanzó unos
niveles de refinamiento asombroso. Para ello empleó una base pop con
ligero devaneo folk que, inicialmente, gravitaba sobre el Bob Dylan
electroacústico del periodo 64/66, suavizando su angulosa dicción con la
tersura de Donovan y Nick Drake. A su vez, se embellecía con el
barroquismo de Love, poseía aún parte del rastro Velvet Undeground de
sus inicios y se dejaba contagiar del indie ochenteno de bandas como la
troupe de Sarah Records o The Go-Betweens. La tan mencionada
influencia de los Smiths (más que endeble en lo musical, afirmaría uno)
siempre tuvo más que ver en su condición de “grupo para inadaptados”, si
bien la banda de Stuart Murdoch oxigenaba su discurso a base de humor y
ternura, frente a aquel Morrissey que no dejaba de ajustar cuentas con
el mundo y pintarle nuevas capas de negro a su relación con él.

“If You´re
Feeling Sinister”
(Jeepster, 1996)
es un elepé que trascurre, con ligeras variaciones, de inicio a fin por
ese clima sonoro descrito. Desde el soberbio y arrebatador arranque de
la turbadora “The stars of track and field” a esa pieza final de folk,
adornada de trompetas y trote de guitarras velvetianas, titulada “Judy
and the dream of horses” se suceden dentro de una misma gama cromática
un arsenal de formidables canciones, que hablan como una poética voz
interior del peso de los remordimientos y la ligereza de los fantasmas,
de no saber tomar una decisión y de mirar atrás temeroso, de construir
un mundo a medida y usarlo como punto de fuga, de probar nuevas cosas y
también de no querer probar ninguna más. Y si en momentos como ese
delicioso himno looser titulado “Get me away from here I´m dying”, su
protagonista pide que “Oh, llévame lejos que aquí que me muero /
tócame un canción que me libere”, luego en la metafórica “The fox in
the snow” pregunta: “Chica en la nieve, ¿a dónde vas? / ¿a buscar a
alguien que lo haga? / ¿a contarle a alguien la verdad antes de que te
mate?” para, finalmente, en “The boy done wrong again” terminar por
confesar, en lo que bien podría ser la síntesis emotiva del disco, que
“Todo lo que quería era cantar las canciones más tristes / y si
alguien las cantase conmigo seré feliz”. Pronto todas ellas serían
escritas, con la mejor de las caligrafías, en multitud de carpetas
estudiantiles.
En los ep´s mencionados, sin embargo, el cuadro musical del grupo va
más allá en su registro. El primero de ellos, “Dog On Wheels” (Jeepster,
1997) recoge unas maquetas previas a la formación del grupo, entre las
cuales se incluye una primitiva versión de “The state I am in” (regrabada,
como veremos luego, en “Tigermilk”) junto a varias piezas completamente
abducidas por el espíritu de Love. Mayor relevancia adquiere “Lazy Line
Painter Jane” (Jeepster, 1997), cuyo tema titular, de obvias
reminiscencias sixties (con ese poderoso “levantamiento” de teclados y
precisas guitarras serpenteantes tan típicas de Booker T & Mg´s), cuenta
con la intervención de la cantante de gospel Mónica Queer. “You made me
forget my dreams” es, por su parte, una incitación –a bombo, piano y
pandereta velvetianos- a relamerse las heridas en la eterna diatriba
entre lo que parecía amor y finalmente solo fue sexo, mientras que “A
century of Elvis” cobija un relato interpretado en spoken word sobre la
base de la exquisita melodía de regusto ochenteno de “A century of
fakers”, incluida ya en su siguiente ep, “3…6…9 Seconds Of Light” (Jeepster,
1997).
“3…6…9 Seconds
Of Light”, para muchos el mejor de los ep de esta etapa, cuenta con uno
de los emblemas de Belle And Sebastian, la trepidante “Le pastie de la
bourgeoisie”, todo un manifiesto de autosuficiencia nerd entre cuyas
líneas se cuelan las lecturas juveniles de Judy Blume, se apela al
espíritu de “El Guardián Entre El centeno” y, cómo no, Jack Kerouak
termina por marcar el camino de esa huida de la mediocridad.
La
acompañan “Beautiful” y “Put the book back on the shelf”, ambas en la
línea temática y musical de “If You´re Feeling Sinister”.
Cerrará esta
secuencia de ep´s en úlitmo lugar “This Is Just A Modern Rock Song” (Jeepster,
1998), cajón de la bellísima “I know where the summer goes” y del debut
de Isobel como vocalista en “The gate”.
Nadie que fuera fan de Belle And Sebastian se conformaba sólo con
sus álbumes. Como ocurriera con los Stone Roses, Suede o los eternamente
referenciados Smiths, sus ep´s contenían auténticos tesoros que no
podían quedar apartados y se esfumaban en cuestión de segundos de las
cubetas de las tiendas de discos. No quedaba la menor duda: Belle And
Sebastian eran un grupo muy especial.
DEMOCRACIA ENVUELTA
DE FILTROS VERDES

Citábamos antes los lazos “espirituales” que unían a Belle And
Sebastián con The Smiths, pero la conexión se muestra harto evidente
también en lo concerniente al diseño de sus trabajos. Como sucedía con
aquéllos, se trata de fotografías con composiciones iconográficas de
enorme simbolismo, pasadas por un filtro de color y manteniendo una
cierta unidad artística. Si en el primero de ellos, “Tigermilk”, una
chica amamantaba a su peluche de Winnie The Pooh (Tiger, el miedica) en
una enternecedora fotografía y, en “If You´re Feeling Sinister”, otra
meditaba con gesto angustiado y “El Proceso” de Kafka sobre la almohada,
en su siguiente álbum
“The Boy With The
Arab Strap” (Jeepster, 1998)
se riza el rizo. Los guiños serán a tres bandas: con el grupo Arab Strap,
con The Smiths y su clásico tema “The boy with the torn to his hide” y,
finalmente, con la polémica película “San Sebastián” de Derek Jarman y
su clásica imagen del susodicho santo atravesado por un lanza.
El “disco verde” supone el fin del monopolio compositivo de Stuart
Murdoch, que delega funciones en sus compañeros, otorgando así una mayor
variedad al disco. Isobel Campbell se destapa adorable con la celestial
“Is it wicked not to care?” en cuyo clip, rodado en el onírico b/n de
Jean Cocteau, muestra su devoción por la figura de Jean Seberg. Por su
parte, Stuart David realiza su particular genuflexión hacia el clásico
“The gift” de The Velvet Underground, y en “A space boy dream” dispone
su recitado sobre una espectacular tour de force rítmica guiada
por la brújula blaxplotation. Stevie Jackson, por último, relata la vida
y milagros de “Seymour Stein”, el fundador de Sire Records en una pieza
colmada de delicadeza. Además, ese corazoncito mod que (casi) todo indie
británico guarda en su interior sale a relucir con la majestuosa y
radiante “Dirty dream number two” de filiación nothernsoulera. También
asombran tirándose a la galaxia del space-pop colando a Claudine Longet
por la vía Neu!-Stereolab en “Sleep the clock around”, mientras que con
la homónima “The boy with the arab strap” trasladan esa misma estructura
cuasi-monotrik en un in crescendo que no rompe jamás (eso sí,
perfectamente enterrada dentro su clasicismo) a ese
lugar donde se funden melancolía, euforia
disimulada e indescifrable nostalgia. Es decir, puro Belle And Sebastian.
Con una popularidad en constante aumento (ya habitan en el top-20 de
ventas y obtienen en los Brit Awards el premio a la “mejor banda
revelación”), Belle And Sebastián no pueden seguir en la liga amateur y,
pese a que Stuart siga escurriéndosele a la prensa, su
profesionalización será inminente. En esta tesitura llega en 1999 la
esperadísima reedición por parte de Jeepster de “Tigermilk”, su
soberbio disco de debut considerado por muchos como el álbum más logrado
del grupo. En él muestran el lado más eléctrico, en ese punto donde
colisionan el Nueva York de Bob Dylan y el de Lou Reed y del que salen
chispeantes maravillas como “You´re just a baby” o “I could be dreaming”.
Y también sus mejores letras, las más agresivas e intimas. Por ejemplo,
la segunda de éstas habla del maltrato: “¿El es el imbécil que te ha
estado pegando sin dejarte salir? / nunca he hecho esta clase de cosas/
pero si ahora le mato ¿quién le va a echar de menos?”. Pero quizá
las palabras más comprometidas llegan con la despechada, aunque
aparentemente plácida, “Mary Jo”, dedicada a Mary Jo Kenny (la chica de
la portada y antigua pareja de Stuart), a quien le dedica, como si de un
“Like a rolling stone” particular se tratase, líneas como “Porque la
vida nunca es triste en tus sueños / una penosa historia de acción /y
los hombres que dejaste por mujeres / y los hombres que dejaste por
intrigas / y los hombres que dejaste por muertos”. Si a todo ello le
añadimos los coros de Isobel Campbell (su siguiente novia), pues ya se
harán una idea del efecto de todo este particular salsa rosa indie.
“Expectations”, con cierto aire skiffle, traza uno de esos grises
relatos costumbristas de working class en los que Stuart se mueve como
pez en al agua (“quieres trabajar en un C&A porque es lo que esperan /
un traslado a moda de mujeres y meterle mano a Joe en el almacen”) y “I
don´t love anymore” se reboza en la autosuficiencia sentimental al más
puro estilo Holden Claudfield (“No, no quiero a nadie / quizá a mi
hermana, quizá a mi hermanito pequeño también / si hay algo que aprendí
cuando todavía era un niño es a buscarme un escondite / sí, si hay algo
que aprendí cuando era un niño es a estar solo”). Sorprenden, de modo
especial, con esa bizarra composición de electrónica analógica de
textura retro, “Electronic renaissance” (que, irónica, dice “tú irás
a las discotecas y yo escucharé a Funkadelic / chico, es el camino a
seguir”), y enternecen hasta el corazón más rocoso con la
hermosísima “We rule the school”. Esta última supone, a mi juicio, uno
de los cinco mejores temas de su carrera, así como de los que mejor
recoge ese espíritu que viaja constantemente, en fintas mentales, a la
infancia para encontrar esa época en la que todo era aún posible y
explicarlo “todo”. Apostaría que fue compuesta tras ver “Los
Cuatrocientos Golpes” de Francois Truffaut.
Fuera de ese bucle temporal el grupo seguía con su trayectoria y su
nuevo álbum contará con un atípico ep previo: “Legal Man” (Jeepster,
2000). Bajo una cubierta que imita los diseños del clásico sello Kent,
así como el cine de espías británico de los 60, su interior guarda una
auténtica bomba. Belle And Sebastián de nuevo tensan el arco y lanzan la
flecha directamente al centro de la diana mod con ese auténtico
rompepistas que es el tema titular y que aventura una total sumersión
retro del grupo. Ese single además, servía de despedida a Stuart David,
responsable de “Winter wooksie” y que, en adelante, se centrará en su
proyecto Looper.

Recibido con desigual entusiasmo llega su cuarto elepé “Fold Your
Hands Child, You Walk Like A Peasant” (Jeepster, 2000) el sucesor
natural de “The Boy With The Arab Strap” que continúa el proceso por él
iniciado de “aperturismo” y democratización (a los “miembros
compositores” se unirá ahora Sarah Martin, debutante con la estupenda
“Waiting for the moon to rise”). Sin embargo, “Fold Your Hands…” deja
claro que, más allá de alguna atrevida asociación pasada (“Electronic
renaissance”, “Sleep the clock around”, etc…), Belle And Sebastian
habían echado raíces lejos de esas ensaladeras generacionales tan
típicas de los 90 (Beck, Stereolab, Super Furry Animals, etc…) que, en
su modo lúdico de asociar sin límite estéticas musicales contrapuestas,
epataban con hallazgos que revestían de novedad cosas que, quizá, no lo
eran tanto. Los escoceses, sin embargo, apelaban a un refinadísimo
neoclasicismo, fluido y de embriagador aroma atemporal, que entrelazaba
estilos clásicos que en su momento, apenas tuvieron contacto
(ciertamente pocos transitaban, en su día, de las Supremes a la Velvet
Underground y de ahí a los Byrds del country rock), pero que hoy, en
perspectiva, denotan una inusitada armonía. En ese sentido, Belle &
Sebastián tenían mucho más que ver con Tindersticks, The Divine Comedy o
Lambchop.
Concretizando ya dentro del disco en cuya portada aparecen las dos
componentes del grupo islandés múm, lo cierto es que, si bien con un
nivel inferior a su predecesor, el abanico se abre en nuevas formas con
óptimos resultados. “Don´t leave the light on baby”, por ejemplo, sigue
tirando del hilo de la música negra y su sensualidad nos lleva a sus
pasajes orquestados inequívocamente setenteros, “The wrong girl” cabalga
de la mano de Steve Jackson por los bucles del country-pop hasta un
lujoso paisaje de cuerdas y la nocturna “Beyond the sunrise” muestra la
particular devoción de Isobel por Lee Hazlewood, envolviendo de tenue
psicodelia sus resonancias folk y gravedad crooner. También sorprenden
detalles instrumentales como ese clavicordio que aparece en “The model”
o la mencionada “Waiting for the moon to rise” y que los conecta con
Left Banke. Mientras tanto, “I fought in a war” responde al molde
clásico del sonido “belleandsebastianano”, “Family tree” se desliza por
ese encanto soft de una Isobel abducida nuevamente por la dicción
difuminada de Claudine Longet, “Women´s realm” podría ser la hermana
pobre de “Dirty dream number two” y “The chalet lines” continúa esa
desolada lírica-a-piano de “The fox in the snow” con un desgarrador
relato sobre una mujer violada que se escapa a Londres sin denunciarlo
para olvidarlo, guiada por esa pluma social de Stuart.

Los ep´s “Johnathan David” y “I´m Waking Up To Us”, como siempre
para Jeepster, serán sus movimientos editoriales de 2001. El primero de
ellos, en su tema titular inserta, dentro de ese arrebatador trazado
melódico que de nuevo emplea el pincel barroco de Left Banke, un
triángulo amoroso resuelto con ingenio (“Yo sé que a ti te gusta ella
/ bien, a mí también me gusta / sé que a ella le gustas tú/ no es como
si me enviasen a una guerra/ hay peores cosas en el mundo”),
mientras que con “The loneliness of a middle distance runner” homenajean
a Tony Richards, uno de los paradigmas de ese free cinema británico que
tanta influencia ha tenido en Stuart Murdoch. En “I´m waking up to us”,
por su parte, supone el enésimo tributo a Arthur Lee acompañada de un
par de cortes, “I love my car” y “Marx and Engles”, perfectamente
olvidables. Se debe señalar que toda esta producción en ep comprendida
entre 1997 a 2001 se condensaría, años después, en el lujoso doble cd
“Push Barman
To Open Old Wounds” (Jeepster, 2005).
AUSENCIAS QUE SE
NOTAN MÁS QUE PRESENCIAS

Tras la edición de la b.s.o.
“Strorytelling” (Jeepster,
2002), realizada
por encargo para el film homónimo del irreverente Todd Solondz
(estrenada en España bajo el título “Cosas Que No Se Olvidan”) se
produce una noticia clave en el devenir del grupo: Isobel Campbell
abandona Belle And Sebastian. Muchos lo presentimos cuando en la
histórica comparecencia de los escoceses en el Fib 2001, se podía
observar como habitaba en su burbuja particular, al margen de la
histeria colectiva allí vivida de la que el grupo se contagió, rompiendo
cualquier estereotipo de apocamiento. Todos menos una Isobel que miraba
al infinito, descolocada con su cara de niña resabida y luciendo un
vestido estampado con el rostro del Dylan del 66, todo un icono de la
rebeldía y del no ceder ante los deseos del público. ¿Se había alterado
todo aquello demasiado como para apearse?. Isobel argumentó la falta de
tiempo para compaginar el grupo y sus proyectos pero, a la vista de la
evolución posterior de ambas trayectorias, da la impresión de que la
fractura venía por lo artístico.
Del mismo modo que, por ejemplo, lo eran Brian Jones en los
Rolling Stones, Kim Deal en los Pixies o Brian Gregory en The Cramps, en
el caso de Isobel estamos ante una de esas figuras que, más allá de sus
aportaciones en lo puramente musical, otorgaba a la banda un espíritu y
un carisma insustituible, sin las cuales el todo obviamente se iba a
resentir. Con su salida, como se podrá comprobar en los siguientes
trabajos, se volatilizó mucha de esa intangible fascinación que ejercía
el grupo en los fans. El afrancesamiento, esa característica cinefilia
de la nouvelle vague y la “ñoñería” que muchos de sus detractores
echaban en cara se perdió en apenas un soplo de aire. Si se fijan, nunca
más aparecerá un vocablo francés en las letras de Belle And Sebastian.
¿Pura coincidencia?. Mucho nos tememos que no.
La baja de Isobel no fue el único cambio. El grupo rompe
unilateralmente con su casa de toda la vida, Jeepster, y pasa a engrosar
las filas del célebre sello Rough Trade. Asimismo Tony Doogan, otra de
sus señas de identidad, es sorprendentemente sustituido por Trevor Horn
(un productor de corte mainstream famoso por sus trabajos para Buggles,
T.a.t.u., Seal o Tina Turner) y, para más inri, se pliegan al mercado y
rompen con esa regla no escrita de no publicar singles de temas
incluidos en el álbum. Así la saltarina y prescindible melodía de “I´m a
cuckoo” ejercerá de primera ficha de la nueva etapa del grupo. El single
en concreto parece un mensaje sin ira a Isobel Campbell en una de esas
despedidas entre amantes tomadas con una sonrisa: “romper es triste
/veo un desierto para ti y para mí/ interrumpido por la filosofía / y la
esperanza de lo que podría haber sido”.

Lo cierto es que “Dear Catastrophe Waitress” (Rought Trade-Sinamon,
2003) presenta un nuevo grupo. Si bien conservan la capacidad de
producir bonitas canciones con un fondo de armario referencial cada vez
más amplio, con este trabajo Belle And Sebastian pierden la pegada
sentimental que los hizo célebres. Agradan, pero ya no conmueven; siguen
gozando de un amplio número seguidores, pero ya pocos los defienden como
su grupo favorito; y mientras su estilo inicial es continuado por otros
(generalmente con escasa fortuna), ellos entregan un disco en el que,
con acierto, el adjetivo “luminoso” se repite crítica a crítica con
diferentes grados de entusiasmo. Se trata de una apuesta decidida por un
pop brillante, seducido por el rebuscado mimo sixtie de bandas como
Beach Boys o The Zombies y cuyo sofisticado tratamiento sonoro no logran
disimular el palpable bajón de inspiración.
Llama la atención que uno de los mejores momentos venga dentro de la
estupenda “Lord Anthony”, dueña del desolado regusto de antaño que gira,
de nuevo, en torno a los días de colegio ( “el profesor no tiene
control / así que los chicos se revolucionarán / y tú te quedarás
callado o morirás” ). Se trata de una pieza antigua, desechada en su
momento, modificada con una leve capa de maquillaje country, cuerdas y
unos deliciosos coros de Sarah que acarician con ese tacto tan familiar
la fibra sensible del fan. Luego, aparte de los cortes que encajan en
esa línea de pop recargado y epatante (como la desternillante “Step into
my office, baby” analizando las pulsiones sexuales en las oficinas o la
titular “Dear catastrophe waitress”, inspirada en una camarera enfadada
que Stuart conoció en el 95), el grupo se pasea agradable por el soft-funk
en “If she wants me”, recuerda al primer Dylan en la miniatura acústica
“Piazza, New York cather” (dedicada al jugador de beisbol Mike Piazza, a
quien Stuart pregunta directamente “¿eres hetero o gay?”) o apelan al
Bowie más artificioso de “Scary Monsters” en “Stay loose”. Por último,
temas como las notables “Asleep on a sunbeam” y “Wrapped up in books”
conectan con lo último que venía haciendo el grupo antes del gran
cambio.

Llegamos finalmente, tras dos años de silencio, al recién
editado y continuista “The Life Pursuit” (Rough Trade-Sinamon, 2006).
La mano de Tony Hoffer (Beck, Supergrass)
recoge ahora el testigo de Horn en labores de producción y ya, desde
“Act of the apostle part 1”, se constata que el sonido de brillante y
molduras pulidas será el predominante. “Another sunny day”, el siguiente
corte, con ese pop directo y de guitarras ágiles homenajeando a la
homónima banda de Sarah Records, genera efectos similares a lo que fue
“Imitation of life” en Rem cuando editó “Reveal”, es decir: que el
oyente tenga la sensación de que estamos ante la mejor canción del grupo
en años. Debería ser, sin duda, el single que continuase ese exultante
“Funny little frog” en el que un Stuart, impotentemente enamorado, se
muestra incapaz de encerrar su omnipresente amor dentro de una metáfora:
“Eres el cuadro de mi pared / eres mi visión en el recibidor / eres
la única a la que hablo cuando vuelvo del trabajo / tú eres my chica y
aún no lo sabes”.
No obstante, el nivel descenderá sensiblemente en la torpe inmersión al
glam-rock de “The blues are still blue” y se precipitará completamente,
tanto en la plomiza pieza final “Mornington crescent” como ese “White
collar boy” que barniza de electro el pop sesentero en technicolor de su
anterior disco. Equilibra la balanza “Sukie in the graveyard” que, a
poco que arruguemos las voces y ennegrezcamos las guitarras, podría
pasar por un tema de Paul Weller; “Song for sunshine” que nos traslada
al más esplendoroso y sintetizado Steve Wonder; y, también, la
sorprendente “Act of the apostle part 2”, que arranca con aroma swing y
termina siendo la atmosférica continuación del tema que abre el disco.
Un trabajo recomendable que, resumiendo, posiblemente supere a su
inmediato predecesor pero, como era de prever, habita lejos, muy lejos,
de los (ahora sí que lo podemos decir) los irrepetibles días de gloria.
Y es que me
recuerda mi novia, al enseñarle un borrador de estas líneas, que cuando
me conoció Belle And Sebastian eran mi grupo de pop favorito, que lo
decía constantemente, que incluso cruzamos la Península para verlos en
el Fib del 2001, en aquel concierto en el que poco más y nos sale el
corazón del pecho. Retorna entonces a mi cabeza, tras pasar tres semanas
buceando por su discografía y todos los recuerdos adheridos a ella,
aquel momento a finales de los 90 en el que, apocado por el apocalíptico
anuncio del fin de la juventud y tirando habitualmente de contrastadas
series medias, ya me empezaba a creer eso de “que ya no se hacen disco
como los de antes”. Y aparecieron ellos, inyectando las últimas energías
para una post-adolescencia en la que las emociones se iban atenuando en
esa gama de grises -sin arrebato, sin efervescencia, sin estridencias,
en la que parece que no pasa nada, pero pasan tantas cosas- que estos
muchachos reflejaron y musicaron mejor que nadie.
¿El último gran grupo de pop?. Uy, uy, uy…
(Nota: quisiera agradecer su valiosísima ayuda en la elaboración de este
artículo a Guille y Kurique, mis eternos compañeros de www.feedback-zine.com)
Javier Becerra (Artículo publicado
originalmente en Ruta 66, nº 225)