Jeff Buckley, vida
desgraciada

Lo mejor que le pudo haber
sucedido en la vida a Jeff Buckley no fue, seguramente, ser músico. No es que no
tuviera la capacidad o el talento -todo lo contrario-, sino porque todo lo que
concernía a su música no tenía nada que ver con las demandas de la industria.
Era algo nacido de la necesidad, espontáneo, extraño, imposible de catalogar y
vender como producto en serie. Y, por lo tanto, la personalidad quebradiza de
Jeff Buckley sufría lo indecible.
Grace,
un de los mejores discos de debut jamás grabado, fue publicado en septiembre de
1994 y recibido con encendida pasión por una minoría que lo hizo suyo, muy suyo.
Cálido, complejo y, sobre todo, humano, sólo carecía de algún rayo de luz que
iluminara sus sombrías aristas, que hiciera sobresalir a la belleza que llevaba
dentro. Inmediatamente se puso a pasear sus canciones por cualquier ciudad y
club que lo admitiera, lo que le granjeó un considerable número de seguidores
acérrimos, a la vez que lo encerraba más en su propio mundo. Nunca volvería a
dar conciertos y nunca acabaría otro disco.

Comenzó a grabar con Tom
Verlaine, pero no estaba satisfecho de los resultados. La música sonaba
demasiado nítida y limpia y las canciones eran demasiado simples. No había forma
de que evolucionaran desde su forma primitiva en un cuatro pistas casero.
Quería, tal y como lo describió, “lograr ese lujo precioso e irrepetible de
tener la posibilidad de errar”, aunque, al mismo tiempo, intentaba luchar contra
todas las dudas y contradicciones de su persona. No era capaz de recordar cómo
había logrado componer y grabar un disco como Grace. Lo que estaba
haciendo con Tom Verlaine, aunque era un material con fuerza, resultaba muy
limitado en comparación. Y entonces se cruzó un río en su camino, llevándoselo
corriente abajo, para no salir más. El destino quiso que muriera antes de
cumplir los 30 años, como su padre, el también excelente y hoy desconocido
músico Tim Buckley.
Lo que ahora se publica,
Sketches (For My Sweetheart The Drunk), no es más que aquellas canciones
recopiladas por su madre: un primer compacto con la banda al completo y un
segundo con sus maquetas caseras. El material de estudio, a pesar de todas las
dudas y de no haber sido completado por su autor, es extraordinario, poderoso e
intenso, sin una nota malgastada. Las maquetas oscilan entre los temas
totalmente acabados y simples bocetos de canciones. Y aunque gran parte de este
disco sigue asombrando como su primer disco, queda claro que no es el álbum que
Jeff Buckley hubiera deseado publicar. Para eso está Grace, un disco que
todo el mundo debería escuchar. Para llegar más allá se le debería haber
concedido toda una vida, la que perdió nadando en el Mississippi.