Tarik y la Fábrica de Colores, después de la niebla
Primero fueron los Yacentes. Desde Córdoba, Álvaro Muñoz comandó componiendo y tocando la guitarra en aquel grupo que editó un mini-LP con la discográfica DRO antes incluso de que Los Planetas hubieran imaginado tener un grupo. En 1990 apareció su primer disco con su nuevo proyecto, Tarik y la Fábrica de Colores. Tras una larga etapa en Londres, Tarik (nombre que utilizaba su abuelo para escribir crónicas taurinas) volvió a su tierra y grabó un segundo disco ocho años después. En 2005, tras otro periodo de tiempo igual, reaparece con su tercer disco, Sequentialee, el primero de esta nueva trayectoria. Ahora edita El hueso y la carne, tan sólo dos años después.
Hacía falta verlo para
creerlo, porque el cartel con el que amenazaban era de órdago. Y las
previsiones no defraudaron, a pesar de la caída, por imponderables al margen
de la responsabilidad de la organización, de valores consistentes como
Cornershop, Morcheeba, Black Box Recorder o Urusei Yatsura -estos últimos
con la suerte en contra por segunda vez, después de que el año pasado cayera
el escenario justo cuando empezaban a actuar-.
Lo más importante, el
apartado musical, concentrado en su mayor parte en tres jornadas, tuvo de
todo y siempre bueno. Y eso quiere decir representación de las tendencias
más vivas y creativas de la música que se hace ahora mismo, en una
programación de lujo que atrajo a 23000 personas cada día llegados de muy
distintos países.
Sin duda, la reina del
Festival, y la mayor sorpresa también, fue la islandesa Björk. En un formato
atípico, acompañada sólo por el programador Mark Bell -de LFO- y una sección
de cuerda de siete músicos, ofreció un recital de los que consiguen hacer
saltar las lágrimas. Por una vez, obvió los ritmos de baile a los que debe
gran parte de sus tres discos, y completó un repaso inmaculado a sus
exquisitas canciones que demuestra que lo suyo está por encima de las
definiciones y que continúa inventando el pop con cada paso, con cada nota.
"So Broken", con la guitarra de Raimundo Amador, fue el momento para la
posteridad. Sencillamente insuperable.
Sonic
Youth
Si Björk consiguió tanta
emoción con tan escasos recursos, Sonic Youth buscaron el corte inciso en la
yugular de todos los que tuvieron la suerte de verlos en la noche del
viernes a base de guitarras punzantes, y vaya si lo consiguieron. Ofrecieron
toda una lección de electricidad a las nuevas generaciones de aprendices,
que se cuentan por miles, centrándose en su nuevo disco. El noise, el
indie, el rock progresivo -sin connotación peyorativa- les deben la
vida, los tienen por padres putativos, y así lo atestiguaron. Soberbia
entrega sin concesiones, con la única repesca final del "Death Valley 69"
que aún resuena en la distancia con su distorsión.
Otra mujer única y
arrebatadora, P J Harvey, volvió a escarbar en los abismos del deseo, aunque
en este caso no logró enganchar como en ocasiones anteriores por empecinarse
en presentar en Benicassim su nuevo disco entero -Is This Desire?-,
aunque nadie lo conociera. Por contra, Spiritualized si consiguieron hacer
levitar con su rock-gospell repetitivo y de arenas pantanosas a todos
los que los seguían a las cuatro de la mañana, sin duda su horario ideal.
P J
Harvey
Otros triunfadores del
escenario principal fueron Teenage Fanclub, sin duda el mejor grupo de
canciones pop de los 90. Su trilogía de influencias B -Byrds, Beatles, Big
Star- se muestra siempre demoledora. Tindersticks sacaron a escena una vez
más su dramatismo afectado en parte de las canciones más tristes del final
de década, con todo un caballero interpretándolas, el magnífico actor Stuart
Staples. Yo La Tengo defendieron la convivencia de la electricidad y el
lirismo. Primal Scream volvieron a demostrar cómo deberían sonar los Rolling
Stones -sucios, peligrosos- de los 90. Y Placebo engancharon con las
canciones más asequibles de todas, a un paso de convertirse en los U 2 del
principio del milenio.
Saint Etienne, con su pop
exquisito, y Bernard Butler, aquejado de una pretenciosidad para la que no
le alcanza la voz y sí la guitarra, sólo a ratos alcanzaron sus altas
intenciones. Más decepcionantes estuvieron The Jesus & Mary Chain, a los que
la leyenda les pesa mucho, como los años, y Super Furry Animals, un montaje
británico que no llega en directo al potencial de sus discos.
Saint
Etienne
Más afortunados estuvieron
los asturianos Manta Ray, inmensos en directo, y Los Planetas, con la voz
más diluida aún en el sonido que en sus grabaciones. En el escenario
Maraworld destacaron Red House Painters, Gorky's Zygotic Mynci, Unbelievable
Truth, Auotur de Lucie y, sobre todo, las atmósferas de Mogwai y Tortoise.
El éxito fue rotundo en la
carpa de baile, con unos abrasivos Lionrock y los pinchadiscos -James Lavelle,
Fatboy Slim, David Holmes y, especialmente, Chemical Brothers, abonados al
Festival- que consiguieron que los adictos bailaran hasta el alba. Goldie, que
saltó al escenario principal para cubrir otros desplantes, cerró el Festival con
la sesión más demoledora y abrasiva en directo, poniendo en evidencia lo
limitados que están los demás cuando pretenden jugar con el jungle. Él,
evidentemente, no lo está, y aunque eran las seis de la mañana del domingo,
parecía que acababa de dejar atrás cien años en cautividad.
Tindersticks
También hubo lugar en este
edición para las actividades paralelas, centradas en cursos de verano,
concurridos desfiles de moda, teatro en las calles y ciclos y debates sobre el
cine menos representado en las pantallas comerciales. La pretensión, para el
próximo año, es alargar su duración a una semana.
Pero esta cuarta edición, la
que todos coinciden en señalar como la de la confirmación, tuvo su mayor enemigo
en el calor, el mismo que evidenció las mayores carencias: un camping que no
merece tal nombre y que sigue siendo la asignatura pendiente. Este año, además,
poco ayudó su localización a más de tres kilómetros del recinto de las
actuaciones y la falta de espacios a la sombra.
Yo La
Tengo
A pesar de estos aspectos, en
los que se debe trabajar urgentemente, Benicassim es, desde ya, el Festival por
excelencia. Lo que se podía intuir desde su primera edición, a base de una
política tan valiente como loable, en la que se apuesta decididamente por la
música de calidad y no por la ‘fiesta’ sin más, se ha convertido en una realidad
que no admite paliativos: las agencias foráneas ofrecen a sus grupos para las
próximas ediciones del Festival -la piscina ayuda lo suyo, evidentemente- y
todos quieren estar en la cita que cuenta, en estos momentos, con la mejor
reputación a nivel europeo. Un logro que, de seguir así, podrán repetir y
superar. Por muchos años.