Eels, el dolor
perfecto

Que el segundo disco de
Eels trate de forma tan profunda de la muerte, la pérdida, el suicidio y el
cáncer, lo que consigue sin duda es aportar un nuevo giro al tópico del
‘difícil segundo disco’. Se venía venir: casi nadie puede hablar de la
enfermedad mental, la sensación de sentirse desplazado o el dolor emocional
y conseguir que sus oyentes acaben silbando sus canciones, que fue lo que
sucedió con su disco de debut, Beautiful Freak, hace ahora dos años.
¿Qué se puede pensar de un
músico que convierte el horrible dolor de su vida real en un adictivo e
inteligente tratado de rock alternativo? ¿Se trata de una declaración
valiente de honestidad emocional, de una terapia pública evidentemente nada
grata de escuchar, o simplemente de un cínico y grotesco plan de marketing
basado en el dolor personal?
Electro‑Shock
Blues, el segundo disco de Eels, un auténtico monumento funerario, es
tanto un logro personal de Mark E Everett como un recuerdo de los
muertos, que hacen que Nine Inch Nails suenen como una travesura sin
importancia y que, en comparación, Berlin de Lou Reed parezca carecer
de toda pasión.

Al igual que le sucede a
otro genio del pop, Brian Wilson, el cantante y compositor E se ha
convertido en el único ser vivo de su familia. Ése es su telón de fondo: el
suicidio de su hermana, el cáncer terminal de su madre y la desaparición de
varios amigos. Nunca antes palabras como funeral o suicido habían aparecido
con tanta frecuencia en un disco y, mucho menos, con tanto peso trágico.
Ayudado por músicos como
Grant Lee Phillips, el Dust Brother Michael Simpson, Lisa Germano, P. Huxley
o T‑Bone Burnett, el disco también incluye cómics y poesía original de la
abuela de E, dibujos de su padre y textos de su hermana Elizabeth, lo que
ayuda a que la muerte vuelva a la vida delante de nuestros sorprendidos
oídos.
En cualquier otro contexto,
la música por sí sola sería elogiada por su inventiva y su anclaje en las
raíces de la tradición del pop. Pero en esta ocasión, además, hay que tener
en cuenta a unos textos asombrosamente conmovedores, abiertamente
reveladores.
"Elizabeth On The Bathroom
Floor" abre el disco con la inolvidable imagen del gato lamiendo la mejilla
de su hermana Elizabeth después de haber sufrido un colapso en el cuarto de
baño, en los dos minutos más estremecedores que se puedan imaginar. "Going
To Your Funeral, Part 1" habla de un día perfecto para un dolor perfecto. "Cancer
For The Cure" tiene la enfermedad de su madre por protagonista y, a pesar
de ello, hay tiempo para el humor negro o la necesidad de afecto incluso en
la enfermedad: "Courtney -Love- necesita amor. Yo también".
"Hospital Food" es
una conga saltarina que se convierte en la banda sonora de una pesadilla: "Bajas
por este oscuro callejón y lo próximo que sabes es que estás comiendo en un
hospital". La propia "Electro‑Shock Blues" habla de ese sitio en el que te
cuentan que estás en forma cientos de veces: "Los doctores dicen que estoy
bien... y yo no me encuentro bien". Incluso el corte más pop, "The Medication Is
Wearing Off", la respuesta al single de su primer disco, "Novocaine For The Soul",
vuelve a referirse al sufrimiento entre una melodía opiácea y anestésica.
Queda, para el final, el
rasgueo esquelético de la guitarra en "P.S. You Rock My World", que no es sólo
una despedida de su hermana Elizabeth, sino también la evidencia de lo que se
puede aprender de los momentos trágicos: "Un hombre cuidadoso trata de evitar
las balas, mientras que un hombre feliz se va a dar una vuelta". Y los últimos
versos de E muestran algún signo de esperanza: "Estaba pensando en cómo todo el
mundo está muriendo, y tal vez sea hora de vivir".
Por fin queda claro que no está
explotando su dolor sino intentando sobrellevar como puede el ocaso de la luz en
su vida. ¿Qué se le puede decir a un músico que convierte todo ese dolor en un
homenaje tan intenso? Simplemente, enhorabuena y… ¡ánimo!