A los dos años empezó a tocar instrumentos. Con 10 tocaba la guitarra. A los 14 lideraba su propia banda, Commander Venus (con la que editó dos discos), y en la que compartía tiempo con otros proyectos como The Magentas, Park Ave. o Norman Bailer. Más tarde, con Desaparecidos publicó un disco. Pero es con Bright Eyes y sus siete álbumes con los que se dio a conocer internacionalmente. Ahora, cuando aún está en los 28 años, edita el undécimo disco de su trayectoria, esta vez bajo su propio nombre, así que podemos considerar que es el primero en solitario.
Cuando Bruce Springsteen
consiguió, finalmente, el reconocimiento internacional en el otoño de 1975,
después de una década de intentos frustrados, los críticos lo calificaron
como el salvador del rock & roll, el único artista que representaba toda la
exuberancia del rock de los 50 y la reflexividad de los 60, moldeada al
estilo de los 70. Daba tanta guerra como Jerry Lee Lewis, sus textos eran
tan complejos como los de Bob Dylan y sus conciertos eran celebraciones casi
religiosas de todo lo mejor de la música. Incluso un crítico tuvo tal
conversión que dejó su trabajo para convertirse en el manager de Springsteen.
Los halagos, tan pronto
como se expandieron a través de la máquina publicitaria de una
multinacional, fueron percibidos como la explosión de algo grande por una
parte del público y los medios más ajenos al rock: Springsteen acabó en
portada de todas las publicaciones, pero muchas cubrían el fenómeno, no la
música. Su disco Born To Run fue su primer gran éxito y con él dio el
salto a los grandes escenarios, con lo que, a medida que la gente se
desentendía por culpa de las campañas de prensa, volvían a engancharse a
través de los discos y los conciertos.
Dos décadas más tarde,
Springsteen es una estrella asentada que puede mirar hacia atrás -sin ira-
en una carrera que ha producido uno de los discos de más éxito de la
historia -Born In The U.S.A.-, que ha vendido giras completas por
grandes estadios, que ha ganado varios Grammy e incluso un Oscar, y que ha
dado lugar a un buen puñado de imitadores que constituyen un subgénero en sí
mismos. Si ya no parece intocable, al menos es lo suficientemente popular
como para sacar de sus archivos particulares 66 de las canciones que nunca
llegó a editar y salir airoso.
Que canciones como "Shut
Out The Light",
"ABishop Danced",
"Thundercrack",
"Frankie",
"Roulette",
"The Wish",
"Wages Of Sin",
"Car
Wash", "Rockaway
The Days"y otras cuantas
nunca fueran incluidas en los discos de Springsteen no tiene otra explicación
más que en su calculada producción no había sitio para tantas -grandes-
canciones.
Al igual que sucedió con su
disco en directo, Live 1975-1985, esta colección sirve en parte como un
resumen, en parte como una cuestión abierta. Tracks no es más importante
que ninguno de sus grandes discos, pero sí un añadido vital y fascinante a los
anales del rock. Y para lo que no ha incluido, que aún es mucho, siempre quedan
las ediciones piratas o, preferiblemente, un More Tracks que podría caer
en cualquier momento del nuevo siglo.