Billy Bragg se encuentra
con Wilco

Woody Guthrie fue un cantante
folk que vagabundeaba por los EEUU en la época de la depresión, entre los años
20 y 30, cantando sobre la lucha contra el capitalismo con una guitarra a la que
le había colocado bien visible el emblema ‘Esta máquina mata fascistas’. Fue una
influencia crucial y decisiva para Bob Dylan -y Bruce Springsteen-, y Bob Dylan
fue una influencia decisiva para todo el mundo. Así que, si el nombre te suena a
algo nuevo, deberías intentar seguirle la pista. ¿Entendido?
Muchos años después de aquella
historia, la propia hija de Woody Guthrie le pidió a Billy Bragg, el cantautor
más comprometido políticamente de la última década, que pusiera música a alguna
de los cientos de letras que su padre dejó escritas. Para ello le abrió los
archivos de su casa y dejó que Billy Bragg seleccionara aquellas letras que le
transmitieran algo. El británico, consciente de que entre él y América hay un
pequeño mundo de distancia, buscó la complicidad de una banda americana que
acercara la música a las raíces y a la tierra que Woody Guthrie recorrió
intensamente. Nadie mejor que Wilco, el grupo que con más acierto funde el rock,
el country y el folk en sus dos discos, para acompañarle en esta aventura.

De la unión nace la fuerza:
Mermaid Avenue, un título que se refiere directamente al único lugar en el
que Woody Guthrie echó algún lazo durante su vida, la casa en la que pasó algún
tiempo entre los continuos viajes sin retorno por su país. Y lo que resulta es
un disco muy atractivo, como sólo Billy Bragg -y Wilco- podían haber hecho, un
homenaje que tiene tanto del británico y sus actitudes reivindicativas, como de
los americanos y su cruzada por actualizar la música tradicional americana. Es
más, se reparten el trabajo de una forma totalmente democrática.
Lo que sorprende son los textos
que Woody Guthrie dejó tras de sí, que revelan a un tipo que era más, mucho más,
que una persona de una sola idea, o sea, un robot políticamente correcto, sin
espacio para la diversión. En “Ingrid Bergman”, a través de un buen número de
metáforas, lo que le estaba pidiendo a la actriz sueca era que le tocara ahí.
Y “Hoodoo Voodoo”, acompañada de una acertada música desmadrada muy al estilo de
John Lennon y también de finales de estos años 90, es un precedente de las
alocadas canciones de Shaun Ryder con Happy Mondays y Black Grape creadas bajo
la influencia de las sustancias prohibidas, mucho antes de que fueran
inventadas.
Un disco con clase y ecléctico.
Aunque, por desgracia, una de las canciones que más prometían, "My Flying Saucer",
de letra intrascendente y con música ya compuesta, no está incluida aquí. ¿Por
qué, Billy, por qué?