La hiel de Tindersticks

A veces resulta difícil que nos
gusten, eso está claro. Seguramente te será imposible escuchar sus lamentos en
la radio. Parecen más tristes con cada nueva canción. Sus discos no escatiman
duración o intensidad. Y nunca, nunca les verás una sonrisa.
Pero deberíamos amarlos
profundamente. Su tercer disco -sexto si contamos sus dos directos y la banda
sonora de la película francesa "Nenette et Boni"- viene a confirmar aun más que
nunca que ningún hombre triste enfundado en un traje de corte clásico sonó tan
bien.
Curtains
es tan interesante como los dos discos que le precedieron, colecciones de
canciones que oscurecen todos los intentos previos de languidez alcoholizada. "Another
Night In" fluye y se crece entre cuerdas furiosas, con Stuart Staples sollozando
todo el rato como un hombre que acaba de perder a su mujer, su perro y la
colección completa de los discos de Leonard Cohen. Y resulta hermoso. Así que
estamos en territorio familiar. La dieta habitual de personajes suspirando de
amor, relaciones que se desmoronan, corazones rotos y dudas terminales.

"Rented Rooms" es elegantemente
sórdida, abriéndose con una sección de cuerda que brilla como luz de luna en
callejones oscuros y empedrados. Staples ofrece su mejor interpretación aquí, un
libertino que observa impúdicamente el sexo vacío en hoteles baratos, mientras
su voz es una sombra sepulcral batiéndose entre guitarras de ambientación
latina.
Los instrumentistas no son los
más lustrosos del universo, pero confirman su condición de perfecto fondo sonoro
para el desgarro: la forma en la que la dispersa "Don't Look Down" se transforma
en un absorbente y doloroso clímax al estilo de Henri Mancini es un lujo por el
que debemos estar agradecidos; o el soporífero vals "Dancing", como si se
tratase de una interpretación aún más arrastrada de cualquier canción de Nick
Cave.
Curtains
es la banda sonora perfecta para todas aquellas veces que uno se ha sentado
solitario en la barra del bar, hundiéndose en su propia miseria. Al fin y al
cabo los momentos más tristes son los que proporcionan mayor seguridad en uno
mismo.