¿Mucho
Ruido? y pocas nueces?
El verdadero estado del
pop estatal
Por supuesto que una
compañía tiene todo el derecho a exprimir su catálogo -y parte del de otros
afines- e intentar sacar el máximo rendimiento a su inversión. Máxime
tiendo en cuenta que ese sello está siendo el único de los grandes
mínimamente preocupado por dar cancha a la creatividad y a las últimas
tendencias. Ruido?, ya en su segundo capítulo, el recopilatorio de
parte de las bandas más representativas de los últimos meses, es su apuesta
y su inversión, así como nuestra excusa para hacer balance de una escena
¿asentada?
Les intentan colocar la
denominación genérica de ‘tercera generación del pop estatal’ y, a fuerza de
aceptarlo, van a tener que acabar creyéndoselo. Los lejanos albores de los
60 y la explosión sin precedentes de los primeros 80 les contemplan, aunque
tal vez la rebeldía juvenil que se les supone les impida aprender de tal
ejemplo o aceptar como propias algunas influencias evidentes y retenidas en
el subconsciente -tan sólo Los Planetas, en un extraño alarde de sinceridad,
han dejado caer sin demasiada convicción nombres como Mamá-.
Si asumimos a los
repescados de la segunda época, su carta de nacimiento estaría fechada en la
segunda mitad de los años 80. Precursores aún en activo como Los Enenmigos,
Javier Corcobado o Surfin' Bichos -estos últimos ahora escindidos en dos de
las propuestas recientes más solventes: Mercromina y Chucho- se adelantaron
a su tiempo fijando las bases principales de lo que vendrían a significar
sus acólitos en los 90.
Su principal preocupación
es no socavar una serie de principios casi dogmáticos, reducidos a un sólo
término: credibilidad. Las garras de las grandes empresas no se han afilado
todavía en exceso, pero,
¿cómo
hacerlo frente a bandas que nacen todas en la independencia más combativa?
Por suerte, hasta ahora han preferido apostar por la opción minoritaria y
sin recompensas claras, a base de discos de corta edición, giras vividas
desde la furgoneta y pequeñas glosas en los medios especializados.

Lagartija Nick abrieron el
camino del asalto a la multinacional, puede que quemándose en el empeño -y
en el de su evidente carga intelectual-, y tan sólo Los Planetas
consiguieron ir tras su estela manteniendo su fiel audiencia sin perder un
ápice de la tan estimada credibilidad. Los Enemigos son caso aparte, por ser
los más veteranos y haber vivido en sus carnes el continuo salto de compañía
en compañía.
De eso se trata: contar con
apoyo y distribución mayoritarias, con las mínimas renuncias y manteniendo
el control sobre el producto final. La última avanzadilla ha conseguido lo
más difícil: retener la supervisión sobre su trabajo con ediciones
independientes y conseguir toda la promoción y el respaldo de la misma
compañía multinacional, reservándose ésta un futuro fichaje si llegan a una
mínima cantidad de ventas. Por ese camino transitan ya Australian Blonde,
Penélope Trip, Nosoträsh, Corn Flakes y El Niño Gusano. De su suerte depende
la continuidad y las futuras incorporaciones al modelo.
Dentro de esa aparente
vocación de marginalidad, y siempre que asimilemos que todo lo que no se
cuenta en miles de unidades queda reducido a una mínima repercusión, el
idioma parece ser el otro elemento definitivo y el más insalvable, aunque no
debería dejar de ser considerado algo accesorio. En una manifestación
cultural que tiene al inglés como idioma mayoritario, lo cierto es que parte
de los posibles destinatarios no dejan de dar la espalda a quienes no se
expresan en castellano.
Lo importante deberían ser
las canciones, y Maddening Flames, Manta Ray o Australian Blonde las tienen
y podrían competir en igualdad de condiciones con sus coetáneos de más allá
de las fronteras. Es una lástima pensar que si utilizaran el castellano su
suerte podría cambiar radicalmente. Pero ahí volveríamos al capítulo de
renuncias que no entran en el guión y, hasta el momento, sólo Paperhouse o
My Criminal Psycholovers se han atrevido a traicionar sus planteamientos
iniciales.
Al menos se ha conseguido un
circuito más o menos estable de locales de aforo reducido, receptivas a este
tipo de grupos, un fenómeno que siempre ha estado ahí, sobreviviendo con mucha
voluntad, aunque reducido a su mínima expresión. Puede que el Norte haya puesto
sus señas más evidentes y el centro geográfico de la explosión se ha trasladado
de Vigo a Gijón -cantera inagotable del noise en inglés- y Donostia -con
su cantera más entrañable y dulce: Le Mans, Family, Daily Planet, El Joven Bryan
Superstar, La Buena Vida-.

Ya no cabe tampoco la excusa de
los medios. Sigue sin leerse prensa especializada, pero hoy, más que nunca, la
escena tiende a infiltrarse en los medios generalistas, sobre todo los escritos.
Y no es porque los grupos hayan tenido un arrebato lúcido y vayan solicitando su
hueco, sino que los grandes imperios de la comunicación necesitan renovar su
clientela y van directamente a la yugular de lo juvenil e impactante, mostrando
en el diseño, por otra parte, su desorientación y desconocimiento.
Mientras unos se alían con el
pasado tipo Byrds -Los Valendas, Cocrodiles, Pribata Idaho- otros hacen del
noise profesión de fe -El Inquilino Comunista, Cancer Moon-, y ya hay quien
ha derivado de este camino al otro -Parkinson DC-. Justo en el momento en que la
mayoría empieza a comprender que el mimetismo con un sonido tipo Pixies-Sonic
Youth ha sufrido un uso y abuso que llevaba sin remisión al callejón sin salida
más lúgubre.
Falta ambición y ganas de
traspasar el reducido ámbito que ha dado carácter a la escena. Oasis es un
ejemplo tan evidente de la misma situación -aunque en otras latitudes- que
parece mentira que nadie se haya decidido a seguirlo todavía. Tal y como están
las cosas, Los Planetas son los únicos con las ideas lo suficientemente claras
como para seguir ese modelo y salir triunfantes. Cuentan con el beneficio de la
duda y la falta de competencia directa.