Ellos mismos hacen la introducción. “Siempre es difícil mirar hacia atrás y ver que todo lo que has hecho es de tu gusto, y en el caso de nuestra discografía aún más. La Kinky Beat grabó su primer disco cuando apenas teníamos un año de vida y en aquel momento era el material del que disponíamos. Está claro que nunca vamos a renegar del trabajo que hemos hecho y que gracias a él hoy estamos aquí, pero es lógico que a lo largo de estos cinco años la banda haya evolucionado muchísimo y ahora puedo decir que estamos mucho más definidos y cómodos con lo que hacemos. Siempre estamos en una continua búsqueda y creo que eso es positivo. Eso es la evolución, ¿no?”
La insistencia de los
Stones en seguir haciendo discos notables viene impulsada, a la vez, por lo
que parecen ser talentos diferentes, o sea el instintivo sentido para la
música de Keith y el estudiado dominio del mercado de Mick. Si éste no
estuviera ahí para actualizar la imagen del grupo e inyectar una dosis de
contemporaneidad al sucio blues-rock cada poco, Keith podría haber
acabado tocando el mismo riff una y otra vez. Incluso a veces lo
parece pero,
)qué
importa si lo hace realmente bien? Y si Keith no estuviera ahí para
mantenerse fiel a la base de Chuck Berry, Muddy Waters y sus antecesores en
el reino del blues, Mick estaría seguramente saltando de un estilo a
otro con resultados peores. Y no hay más que ver sus discos en solitario.
Lo más curioso de
Bridges To Babylon es que, aunque Mick convenció a Keith y a su
productor ejecutivo Don Was para traer a productores de sonido mucho más
actual, como The Dust Brothers, Babyface -colaboración que no llegó a entrar
en el disco- o Danny Saber -más conocido por su trabajo con Black Grape-, el
resultado es puro Rolling Stones.
Al final, poco ha llegado
del sonido moderno al disco: un sampler poco representativo de Biz
Markie al final del single “Anybody Seen My Baby” -melodía robada del
“Constant Craving” de k d Lang y no muy lejana tampoco de su “Beast Of
Burden”-, unos sintetizadores en “Might As Well Get Juiced”, que demuestran
que los Stones nunca pudieron entender los teclados, y el trabajo de Danny
Saber en “Gunface”, escondiendo bajo la producción una melodía que no debía
ser ya demasiado buena en su origen.
Por lo tanto, la esencia de los
Stones permanece inalterable en nueve de los trece cortes del álbum. Por
ejemplo, “Low Down”, empujada por la fuerza elemental del riff de
guitarra de cinco cuerdas de Keith y la efectiva percusión de Charlie Watts -no
hay máquina que lo pueda hacer tan simple como el viejo Charlie-. O “Already
Over Me”, la clásica balada con piano y guitarra acústica en la que Mick se
muestra insuperable, recordando a “You Can't Always Get What You Want”.
Algunas canciones como “Saint
Of Me” sugieren que lo que tienen los Stones no es tanto un nostálgico lazo con
el pasado como un código o un idioma semi-secreto para construir sus discos.
Algunos lo llaman experiencia y otros sabiduría. Tal vez la próxima vez, que
seguro que la habrá, los Stones sean lo suficientemente valientes como para
retomarlo donde “How Can I Stop” lo deja y preocuparse un poco menos de sonar
actuales y sí un poco más por sonar atemporales.