The Ladybug Transistor, buscando la perfecta canción pop
Desde Brooklyn, Nueva York, y con seis discos editados. Asociados al colectivo The Elephant Six, en el que también podemos encuadrar a grupos como The Apples In Stereo, Beulah, The Essex Green, Neutral Milk Hotel, of Montreal o The Olivia Tremor Control, el grupo viene grabando desde su creación en 1995 canciones de pop preciosista, que miran de reojo al jazz, al folk, al soul o a los crooners. Hace poco editaron Can’t Wait Antoher Day, del que nos habla su líder Gary Olson.
Los Pixies llegaron desde
Boston. Llevaban gafas de sol y escuchaban a los Stooges de Iggy Pop,
tocaban sus canciones por orden alfabético en alguna de las actuaciones y
hacían discos de tal ferocidad eléctrica y genio sombrío como para inspirar
a Kurt Cobain a escribir "Smells Like Teen Spirit" de principio a fin. Así
de fácil: fueron el grupo de garaje definitivo, un hecho que la recopilación
que ahora se edita Death To The Pixies intenta demostrar lo mejor que
puede.
En los cinco años que van
de 1987 a 1992 hicieron cinco discos de chiflada originalidad. Eran discos
de brevedad neurótica y volumen destructivo, discos que se quebraban bajo el
inmenso peso de su propia distorsión, pero que eran impulsados por melodías
enrevesadas y una individualidad abrasiva. En resumen, eran discos que
redefinieron la naturaleza de la música rock.
En el centro estaba Charles
Thompson, un tipo de figura imponente cuya vida no había tenido hasta ese
momento el más mínimo aliciente. Después de formar la banda en 1987 con Joey
Santiago -a partir de un anuncio en el que solicitaban músicos interesados
en Hüsker Dü y Peter, Paul & Mary-, cambió su nombre por el de Black Francis
y se embarcó en la temeraria cruzada de hacer de los Pixies la más extraña
banda de rock'n'roll que jamás nadie hubiera escuchado.
Evitó escribir de sí mismo
y se obsesionó con el sexo y los relatos bíblicos, y, más tarde, con los
ovnis y la ciencia ficción. A veces comunicaba sus explosivas ideas en
castellano, aunque más a menudo lo hacía con rabia lastimera y gritos que
destrozan los nervios.
Después de Come On Pilgrim,
Surfer Rosa -el disco en el que Steve Albini les grabó las guitarras con
todos los micrófonos escondidos en el bombo de la batería durante más de dos
semanas- y Doolittle la sacudida de la novedad desapareció
inevitablemente. Al igual que The Jesus & Mary Chain con Psychocandy
habían llevado el rock'n'roll al límite y no podían hacer nada más.
Bossanova y Trompe Le Monde eran aún ejercicios de ardiente ruido
blanco y furia desnuda, pero nunca pudieron recapturar la atmósfera de los tres
primeros.
El único problema de la
colección que ahora se edita, Death To The Pixies, es que, con sólo 17
canciones, a duras penas escarba en el legado de los Pixies. De todas formas,
vale la pena hacerse con la edición en doble compacto, que incluye un concierto
en Los Países Bajos en 1990 con 21 canciones. Al fin y al cabo, ése era el otro
punto de los Pixies: también fueron una de las más grandes bandas en directo de
todos los tiempos.