Ya van para tres décadas, desde que empezaran en Glasgow en 1982. En su haber, discos como Screamadelica, Vanishing Point o XTMTR. Otros no han estado a esa altura, pero al menos ellos aseguran que intentan evitar repetirse. Ahora llega Beautiful Future, su noveno disco, se supone que su disco pop, conel que intentan llegar finalmente a todos los públicos, aunque ellos mismos intentan evitar esa definición.
Se han vertido, a
propósito del nuevo álbum de Blur, el quinto de su carrera, ciertas
exageraciones que conviene, desde ahora, reducir a su verdadera
dimensión. Este disco, titulado simplemente Blur, es un álbum
mucho más hacia dentro que, por ejemplo, Parklife o Modern
Life Is Rubbish, colecciones de crónicas costumbristas que
definieron la carrera del grupo de Damon Albarn, Graham Coxon, Dave
Rowntree y Alex James. Se trata, en realidad, de un disco con un poco de
todo, más íntimo aunque no intimista. La cuestión es, y aquí comienzan
los equívocos, que Blur no es un disco revolucionario, ni
siquiera en su carrera. Y cuando se habla de revolución uno se refiere,
por ejemplo, a algo que Everything But The Girl conocen muy bien.
Existen razones para ver en este disco inflexión, madurez, instinto de
supervivencia, genuina intención de ignorar la palabra pop -en
lugar de la pretensión de desconocimiento-. En términos concretos, se
puede relacionar este nuevo papel con el hecho de haber asumido Blur
que, desde que salió (What's The Story) Morning Glory, Oasis
juegan en un campeonato aparte en términos comerciales.
No hay nada
como asumir la derrota para, a partir de ahí, del alivio volver a sentir
la presión. En el caso de Blur, esa presión llevó anteriormente a la
consecución de dos discos tan deliciosos como los ya citados y, también,
a la sacralización de la arrogancia, el escapismo vía alcohol, la
decadencia y la posibilidad de la separación.
Y es de ese punto del
que parte este quinto álbum, desde el momento en que se percibe que Blur
son, apenas, una banda y no la mejor banda británica de todos los
tiempos. Blur, así, se asume como una pieza de resistencia en la
carrera del grupo, más que como un guiño de ojos al mercado americano ("Song
2" comienza incluso con una alusión a Nirvana) o como, volvemos a lo
mismo, un ejercicio de ruptura incuestionable.
Grabado entre Londres e
Islandia, Blur es un disco construido prácticamente al sabor del
viento, envuelto en las corrientes y arrastrado por sus silbidos. Eso es
fácil de constatar a partir de la audición del disco, y no por los
eventuales asomos hardcore (ya los había en "Popscene" o "Bank
Holiday"), sino por el régimen caótico que deja un perfume inconfundible, de
aquellos que definen al rock con sangre y la incertidumbre de lo que
vendrá.
De sus estrías resulta que,
sin tratarse de un disco irreconocible, Blur es el álbum más difícil
que Blur podían haber grabado después de haber experimentado con las
canciones del carrusel y las críticas a la sociedad sedentaria. Más
crecidos, Blur tratan de encontrar el tiempo que parecía escapárseles con la
velocidad con la que se fue el brit-pop o el neo-mod que
ayudaron a levantar.
Después de haber encontrado
ese tiempo, encuentran ahora su lugar. Para ello necesitaron poner en pie un
álbum arrojado, balbuciente, diríase que inacabado. En ese sentido no se
puede hablar de revolución. Blur será, como mucho, un motín de
puertas adentro, un tiro en el pie con balas de fogueo, una más que
interesante vuelta de tuerca con el tornillo bien asegurado.