Tori Amos, una en un
millón

Es la historia de una chica
pegada a las teclas de un piano. Una pelirroja de ojos verdes y tez albina que
arranca las notas de su teclado con furia divina. Y decimos divina porque de
casta le viene a Tori Amos, que es hija de un predicador metodista, aunque lo
único que ha heredado de su pasado religioso es la voz coral y algunos arreglos
barrocos.
Pecadora, blasfema, en
constante lucha consigo misma y con sus miedos. La ambigüedad que desprende no
es sino la máscara de protección que emplea para defenderse. En el pasado la
violaron, se rieron de aquella chica con botas de siete leguas y pelo colorado,
que vendía precocidad y glamour. Ahora, mujer plena, su cabeza está en constante
ebullición de ideas que se plasman periódicamente en un puñado de declaraciones
de principio, visiones esotéricas, ideales y reivindicaciones en forma de
canciones.
El largo y tortuoso camino en
solitario comenzó con los 90 cuando hizo temblar el misterio con Little
Earthquakes. Le siguió Under The Pink, un disco lleno de apuntes
biográficos y belleza sangrante. Ahora regresa con Boys For Pele,
impulsado en una visita a Hawaii, donde conoció a una hechicera que le habló de
la diosa de los volcanes y el fuego, Pele, y la representación que encarna el
ciclo de la vida, la muerte y el renacimiento de la naturaleza. El resultado son
18 canciones, surgidas de practicar más de ocho horas diarias con el
clavicordio.
Tori Amos, una en un millón, la
virgen y la prostituta, la vecina de al lado y la estrella de rock. Todo un
desafío para el que se atreve a aceptar su provocación y se sumerge en su
peculiar universo. La portada la delata: piernas embarradas, meciéndose en el
porche, con una serpiente a los pies, un gallo muerto colgando al lado y el
rifle entre las piernas listo para disparar. ¿Y qué pensar de esa foto interior
en la que amamanta a un pequeño cerdo?