Nick Cave, historias
del más acá

No es que sea nada nuevo.
Que Nick Cave edite todo un disco centrado en el tema de la muerte tiene
tanto de novedad como que Madonna titule Erotica a uno de sus discos
y Sex a su libro de desnudos. Los dos han centrado gran parte de su
carrera en esas obsesiones. Así que no hay nada nuevo bajo el sol,
aparentemente.
Murder Ballads
demuestra que como compositor, cantante e intérprete de sus canciones -en el
mismo sentido que P J Harvey hace con su último disco To Bring You My
Love- Nick Cave ha llegado a lo más alto. Ésa es la virtud de estas
nuevas diez canciones de desgracias, narradas en la antigua tradición de
los trovadores y servidas con la elegancia y pasión que el talento más
duradero del post-punk ha puesto en sus últimos trabajos. Algo que
difícilmente podría haber hecho hace quince años, cuando la rabia eléctrica
y el caos dominaban todas las canciones.
Sus antecedentes hay que
buscarlos en tierras australianas, donde nació hace ahora 38 años. The Boys
Next Door y The Birthday Party fueron el máximo exponente del punk y
el blues chirriante y al límite. En 1984 se embarca en una aventura
en solitario al lado de The Bad Seeds. Los comienzos pasan por ráfagas de
extremismo eléctrico, pesadillas y registros dramáticos. Poco a poco ha ido
encontrando formas más convencionales y enfundándose un traje de crooner
de toda la vida. Ha tenido tiempo para el cine, bandas sonoras y para dar
rienda suelta a sus demonios interiores en novelas como Y el asno vio al
ángel.
Así que, aunque el tema es
casi habitual en su producción, junto con el dolor, la pérdida, el temor, la
religión o la sexualidad, la novedad está en la forma de abordar la muerte.
Porque Nick Cave se ha tomado el proyecto como un respiro de la habitual
carga emocional que pone en sus canciones. Y porque en Murder Ballads
hay bastante sentido del humor. Negro, claro está.
No hay más que escuchar los
quince minutos de la épica “O'Malley's Bar” y seguir la historia de un
asesino en serie excitado por sus quince asesinatos en un bar, tan
terrorífica que el impulso más razonable es sonreír ante el terror. ¿Cómo
tomar, si no, las desgracias de la mujer de O'Malley, a quien le vuela la
cabeza y sus sesos acaban desparramados en el fregadero, al lado de los
platos sucios? ¿O las de Jerry Bellows, al que le parte en dos la cabeza con
un cenicero tan grande como un ladrillo? ¿Y las de Henry Davendport, al que
le dispara en el pecho, con tan mala suerte que la trayectoria de la bala lo
único que consigue es sacarle las tripas? Es una interpretación hecha con
tanta convicción y de tanta brutalidad que no queda más que el recurso de la
sonrisa para enfrentarse a despojos de la sociedad como estos. Por algo ésa
es la canción de donde partió el proyecto entero y la que marca el tono de
todo el contenido: fue grabada durante las sesiones de Let Love In
pero quedó fuera a la espera de otras que la acompañaran.
“Song Of Joy” abre el disco
y nos prepara para todo lo que va a venir. Un hombre a la puerta de una casa
relata la historia de su familia, mujer y cuatro hijas asesinadas por
alguien al que le gusta dejar versos de John Milton escritos con la sangre
de sus víctimas en la pared. Sólo queda el interrogante de si no será el
narrador, el propio esposo de Joy y padre de las tres niñas, el auténtico
parricida.
Más sorpresas y más humor.
¿Quién podía pensar, antes de que sucediera, que el antes borracho, adicto a
la heroína y príncipe de las tinieblas llegara a cantar con la estrella de
los culebrones televisivos y princesa de la superficialidad? Pues bien, Nick
Cave y Kylie Minogue firman uno de los dúos más convincentes de los últimos
tiempos: “Where The Wild Roses Grow”, al estilo de la bella y la bestia, con
una línea final en la que, después de asesinar a su hermosa pareja, acaba
reconociendo que “toda belleza debe morir. Le dejé una rosa entre sus
dientes”.
Algo más predecible podría
parecer la colaboración entre Nick Cave y P J Harvey. Comparten mundos
parecidos, la regeneración del blues e incluso músicos de sus bandas.
“Henry Lee”, su colaboración, es otro triunfo, desde el momento en que P J
Harvey coge su bolígrafo-navaja para asesinar a su amante con el fin de no tener
que compartirlo más con otra mujer.
Loretta, la adolescente de 15
de “The Curse Of Millhaven”, que con 15 años disfruta matando niños desde su
tierna infancia, es otro de los personajes a recordar. Internada en un asilo,
después de admitir sus crímenes, vive encantada entre tanto medicamento,
cantando una perversa nana: “La la la la la, todas las criaturas del Señor deben
morir”.
La versión de “Stagger Lee”, un
blues clásico ya cantado por luminarias como James Brown, The Clash, Neil
Diamond o Jerry Lee Lewis, pasa en manos de Nick Cave a ser nada más -y nada
menos- que una historia de asesinatos motivada por el sadismo.
Hay un final. Un excelente
final. Bob Dylan había grabado para un disco no especialmente afortunado -Down
In The Groove, del 88- la canción “Death Is Not The End”. Nick Cave con su
grupo la hacen suya, completamente, para cerrar Murder Ballads. Para un
tema que empieza diciendo “cuando te encuentras triste y solo, y no tienes
ningún amigo, recuerda que la muerte no es el final”, todo lo que cabe pensar es
que necesitaban un cierre que ofreciera esperanza y alivio. Enrevesados ellos,
con la compañía de P J Harvey, Kylie Minogue, Anita Lane y Shane McGowan, lo que
realmente repiten cuando dicen una y otra vez que “la muerte no es el final, no
es el final”, es que hay infinitas posibilidades de más tormento en otra vida,
en el infierno. No podía haber un final feliz.
Todo el que diga que es un
ejercicio de dudoso gusto tendrá un punto de razón, pero también habrá perdido
todo el sentido. Desde luego que estas historias -a pesar de sus hermosas
músicas- son grotescas, terroríficas y desagradables, pero así somos los seres
humanos, al fin y al cabo. Y Nick Cave no hace más que reflejarlo en un disco.