ARTÍCULOS 1996
Lou Reed, rock adulto

"Cuando el demagogo en tu cabeza ha tomado el mando
y por negligencia lo que haces o dices es criticado
y la letanía de faltas es recitada un millar de veces
mejor aférrate a tus emociones".
¿Cuántas veces necesita uno sobrevivir para ser
canonizado en los púlpitos de nuestra sociedad? ¿Cuántos años hay que
cumplir para que la opinión sea unánime en torno a una figura y una
trayectoria? Lo bueno es que Lou Reed está de vuelta de todo. Tiene su
propia visión de lo sucedido, pero ha aprendido a esconderla bajo una nada
sutil capa de gruesa ironía y frío distanciamiento. Allá ellos, los que le
menospreciaron en su día. Los que tenían que ejercer de repartidores de
perdón a cada uno de sus movimientos. Los que sólo prestaban atención a su
faceta más visible y escandalosa. Los que no permitían el más mínimo desliz
en los surcos abiertos de su expuesta biografía.
No es un tipo fácil, domesticable. La reciente
reunión de la Velvet Underground, tantas veces rumoreada como poco deseada
-sí, los mitos son así de frágiles, cualquier menudencia acaba por
destruirlos-, así como su posterior desintegración tuvo un único culpable:
él. El héroe individualista, el protagonista coronado en los altares que no
quiere renunciar a la más mínima parcela de control: de los derechos de
autor a la producción.
Está bien. Su generación, la de los supervivientes,
ha acabado por ganarse la reputación que, o bien se han buscado, o bien les
han preparado sin ningún disimulo. La de los viejos perros huraños y reacios
al contacto -con los medios, no nos engañemos-. Bob Dylan, Van Morrison, Tom
Waits, Neil Young... Fácil de encumbrar, fácil de cimentar.
Suerte que la audiencia fiel, esa que rehuye de las
páginas ocasionales en los suplementos dominicales a color, conoce la madera
de los maestros. En esa extraña comunicación que se establece en el directo
sobran las palabras: hay un mutuo respeto y comprensión. Y hay, sobre todo,
lo único verdaderamente importante: las canciones, forjadas a base de todo
eso que sirve para cimentar una leyenda negra.
Por cada Berlin o un Rock'n'Roll
Animal hubo siempre un Legendary Hearts o un
Live In Italy. Nadie es infalible, aunque el Lou Reed que desafía
desde la portada azulada de su nuevo Set The Twilight Reeling,
con una mueca que podemos entender como una sonrisa, ha encontrado su lugar.
El renacimiento tuvo forma de trilogía, con
inspiración reconocida: una ciudad (New York), un artista (el
homenaje a Andy Warhol Songs For Drella, al lado de John Cale,
el otro genio motivo de tantos encuentros creativos y desencuentros
apasionados) y la muerte de los amigos (como Doc Pomus en Magic & Loss).
Se acabó el entretenimiento, el desgarro de la
juventud, parece ser el lema. La década actual es el territorio en el que el
sujeto reconocido como Louis Alan Firbank en su pasaporte se dedica a
analizar su experiencia y a usarla en su propio beneficio -y en el nuestro,
por extensión-. ¿No se conoce eso como madurez? De cualquier manera, para el
Lou Reed expuesto al ojo público eso es rock adulto, pensando para implicar
al oyente.
Set The Twilight Reeling
propone, a sus 52 años, guitarras contundentes, sonidos básicos y una vuelta
a los medios tiempos. Todo grabado en directo en un estudio casero, con el
calor de la primera toma y la técnica actual. Así se encuentra el estado
anímico del puro animal del rock'n'roll, recuperado bajo tal apariencia, con
la que afirma encontrarse más cómodo.
No hay concesiones. Nueva York y sus historias son
el argumento, del mismo modo que el Lou Reed actor descubierto por Paul
Auster se dedica a improvisar ante la cámara de Blue In The Face.
Laurie Anderson impulsa las escuetas declaraciones de amor y, tal vez, ese
gesto casi sonriente. Y para el final, los ataques frontales, esta vez con
la hipócrita derecha republicana, encarnada en el senador Robert Dole, como
objetivo, en un título tan explícito como "Sexo con tus padres (hijo de
puta) parte II".
"Tómame por lo que soy...
Una estrella nuevamente emergiendo
Explosión después de un largo hervor...
Dentro el yo rebobina
En el bolsillo del corazón...
En la vorágine de la sangre
En el músculo de mi sexo...
En el atento insensato amor
Acepto el hombre renacido y pongo el crepúsculo a rebobinar".