The Spinto Band, qué potencia tiene la música barata
Antes de “Oh Mandy” prácticamente no existían. Tuvo que ser aquella mandolina la que los situara en el primer plano del pop reciente, aunque antes ya habían editado varios discos, hoy buscados, que autoeditaron y distribuyeron, como nos cuentasu vocalista Thomas Hughes, entre amigos y familiares. Ahora, tras el éxito de Nice And Nicely Done, presentan Moonwink.
Doctor Music Festival: en
el camino de la madurez europea
Era tan evidente que no
cabe pensar como a alguien no se le había ocurrido antes. Había sus
precedentes: numerosos en el extranjero y algunos estatales -el Espárrago
Rock granadino, el Festimad madrileño, el Festival Internacional de
Benicassim o el Pop Festival de Badalona-, pero ninguno con la ambición de
este Doctor Music Festival. El resultado no podía ser otro que un rotundo
éxito, con aspectos mejorables, aunque para esa reválida habrá una próxima
edición en la que comenzar a cubrir también el déficit acumulado, algo que
ya se había previsto con anterioridad.
El modelo muy bien podrían
ser los acontecimientos anuales de Reading y Glastonbury en las Islas
Británicas. Las condiciones, más que idóneas: una climatología favorable, un
paisaje envidiable o la falta de conciertos de este tipo, que hacían prever
una demanda importante. La elección, afortunada: un hermoso verde valle
pirenaico rodeado de montañas, unas fechas que siguen al San Fermín
pamplonica y un punto equidistante de Barcelona y el País Vasco, y cerca de
la frontera francesa. Y los criterios de selección, exquisitos: estrellas
musicales de primera fila, junto a grupos alternativos y nuevos talentos
emergentes, siempre atendiendo a presupuestos estrictamente artísticos y no
comerciales.
Las dimensiones podrían
asustar, pero muy probablemente no se podría hacer de otra manera: más de
cien hectáreas, cerca de cien horas de música en directo y más de 75
actuaciones, a las que habría que sumar varias representaciones teatrales y
circenses. Todo dentro unos límites aceptables de asistencia, de forma que
cualquiera de los conciertos se pudiera seguir desde la primera fila o
descansando en la hierba al final de los escenarios.
¿Qué fue lo que
realmente sucedió en el valle de Escalarre? La opinión más extendida entre
los asistentes, una vez pasada la resaca de tanta música en directo, recogía
lo afortunado de la organización y la excelente selección de los artistas.
En cuanto a lo estrictamente musical, cada uno parecía haber asistido a un
Festival distinto, con muy diversas actuaciones destacadas, lo que de nuevo
vuelve a reafirmar que en la variedad estuvo el mayor acierto.
Comencemos por las vacas
sagradas -que de las otras había cuatro: dos de plástico, para eso de las
fotografías, una que quemaron Els Comediants y otra de verdad-. Ninguno de
los grandes defraudó y, a juicio de muchos, fueron los triunfadores del
Festival. Lou Reed puso la mayor intensidad y sobriedad. Pura gloria
eléctrica la de los cuatro músicos-máquinas vestidos de riguroso negro que
cubrían todo el escenario: su bajista Fernando Saunders es un lujo que casi
arranca las lágrimas. Un irreconocible, por simpático, Lou Reed presentó a
sus compinches y cantó hasta en falsete en una versión increíble del “I Love
You Suzanne”. Si hasta “Set The Twilight Reeling”, su último disco, sirve
para algo más que para ser escuchado en casa con detenimiento. O sea: toda
una lección para los advenedizos de lo que es el puro rock.
Iggy Pop
fue el monstruo que arrasó la
pradera. Incombustible, con el torso al descubierto, como siempre, mostró
más energía que todos los tenía enfrente, que no daban crédito a sus ojos y
no podían seguir su marcha. Consiguió mover al más escéptico. Se fueron
todos sus músicos y él aún seguía arrastrándose por las tablas. No se puede
pensar en mejor artista para un Festival. Puro rock de contagio
inmediato.
A Patti Smith le
costó más ese contacto con el público. Lo suyo fue bastante intimista y
sensible, pero igualmente intenso. Presentó a su hijo de trece años, quien
hizo una versión infantil de “Smoke On The Water” y ella siguió con
canciones de Bob Dylan o Prince. Al final consiguió comunicar con “Beacuse
The Night”, “Horses” y “Gloria”. Michael Stipe, líder de R.E.M., tuvo
pluriempleo con su amiga: hizo de conductor hasta el valle, bajista en las
dos canciones finales y de masajista para intentar recuperarla de lo
extenuada que había acabado.
David Bowie
queda siempre muy bien con la crítica. Hace lo que ellos le piden, o sea,
recrear clásicos como “Heroes”, “Aladdin Sane” o “Scary Monsters” y, además,
se acerca a los ritmos más de moda -jungle- y a los sonidos
experimentales. Sólo sus fieles le respaldan, mientras los demás asisten
asombrados a sus conciertos. División de opiniones, salvo en la unanimidad
en cuanto a su estética y la de sus acompañantes: lo más horroroso que se
vio.
Las nuevas bandas
británicas fueron otro apartado importante en el programa. Black Grape
ofrecieron un concierto interruptus. A pesar de la actitud pasiva de
Shaun Ryder -¿de verdad estuvo allí?-, su concierto estaba siendo el más
rabioso y excitante del Festival cuando, a los escasos 30 minutos, anuncian
que se van a ver a Iggy Pop. Para la próxima que le blinden el contrato y
tal vez así se motive. Suede, dieron una actuación tan melodramática
como se podía esperar. Brett Anderson es un animal del escenario y canta tan
bien como actúa -aprendió bien de su idolatrado Bowie-. Con nueva formación,
presentaron casi todo su tercer disco, aún sin editar. Sólo una pega:
deberían conocer lo que es la progresión y no comenzar con éxitos del pasado
y acabar con baladas aún inéditas.
Gene
tienen en Martin Rossiter a otro fiera de la escena, pero su nada disimulada
influencia de Morrissey le resta credibilidad. Suerte que sus tres colegas
ponen fuerza eléctrica donde en disco hay emociones reprimidas. Echobelly,
con la arrolladora presencia de Sonya Aurora Madan, acaben por vencer todas
las reticencias que presentan dos discos con pocas canciones para el
recuerdo. En directo son tan efectivos como una cerveza. Con Blur
llegó la paradoja: ahora que son un fenómeno de masas, prefieren su parte
menos cómoda para el directo. Al final, los singles y el delirio. Tal
vez nadie se acuerde Ray Davies y los Kinks, su evidente modelo. A estas
alturas da igual: con la voluntad Damon Albarn se hace miles de kilómetros
saltando y consigue que no nos olvidemos que también tienen grandes
canciones.
Lo más destacado de todos
los grupos estatales vino por parte de Nación Reixa, con un discurso
litúrgico de diez minutos sin parar por parte del gran Antón, que empezó
como un chiste y acabó en ovación. El inquilino comunista no acabó de
encontrar su lugar entre las proporciones desmesuradas de tal evento y
Chucho demostraron por qué de casta le viene al galgo: eso sí que es
progresión. The Killer Barbies, a pesar de lo limitado de su
propuesta cazurra, encandilaron a una audiencia ávida de guitarrazos
fáciles. Aunque el verdadero triunfador fue, una vez más, el escurridizo
genio de Albert Plá, con un concierto-espectáculo completo, con una
banda entera y en una carpa, la acústica, en la que no cabía ni un alfiler.
Las más gratas sorpresas
del Festival vinieron por parte de los ritmos de baile y la carpa dance.
Allí se presentaron Morcheeba, en un alucinado y efervescente
concierto para el recuerdo, gracias a ciertas sustancias, que superó con
mucho lo limitado del repertorio de su primer disco. Algo similar ocurrió al
día siguiente con Moloko, que daban el tercer concierto de su corta
vida y lograron igualar, cuando menos, el nivel de su primer álbum. Moby
olvidó el techno que lo ha hecho famoso y optó por un concierto
punk, mientras Neneh Cherry cambió el hip-hop por el
rock -con versiones de King Crimson y Jimi Hendrix incluidas- aunque con
mucho encanto y una voz que emociona. Los Fun Lovin' Criminals
sorprendieron con su soul blanco y una arrogancia envidiable,
alejándose de esa imagen equivocada de gansters y rappers que
uno podía tener, convirtiéndose en el descubrimiento del viernes.
Underworld,
a pesar de la hora, las cuatro de la mañana, y los bostezos previos del
cantante, ofrecieron una hora de ritmo sin pausas para acabar con su
excelente “Born Slippy” y confirmarse como la revelación del Festival. Por
su parte, Massive Attack, fueron el broche de lujo, consiguiendo lo
imposible: trasladar a un escenario sus dos discos –de lo mejor de lo que
llevamos de década-, sin perder nada de su elegancia. Tanta que se
atrevieron a enfrentar a cuatro vocalistas a... ¡un instrumental! Su
“Unfinished Sympathy” puso la piel de gallina y cerró la aventura de los
Pirineos.
En los sonidos más duros, se
demostró lo estancado del género, sobre todo en el montón de grupos catalanes
que, sin imaginación, se limitan a copiar a Rage Against The Machine o a los Red
Hot Chili Peppers. Sepultura fueron, sencillamente, atronadores, aunque
el bajo nivel del sonido no les acompañó. Y Bad Religion dieron la nota
subiendo al escenario a un fan que no dejó de llamar “vendido, gordo y
calvo” a su cantante, acabando todo en una bronca descomunal. Otra decepción
vino con la ausencia de ritmos étnicos, para lo que sólo se contó con la
malinesa Oumou Sangare, en la actuación de más colorido, percusión y de
media de edad más elevada entre el público.
La polémica, y el hecho más
resaltado por los medios de comunicación, llegó por parte de las organizaciones
ecologistas, con las que se había contado desde el principio. Algunas de sus
críticas -el uso de recipientes no reciclables y los abusos en el río
circundante- son perfectamente asumibles y subsanables para la próxima edición,
pero no deberían empañar el resultado final. Puede y debe ser posible un mayor
control y, de esa forma, volver a contar con su necesario apoyo.
Las recomendaciones finales,
tal y como piden los responsables del Festival, han de pasar por un minucioso
cuidado del valle, de forma que renazca la hierba y se evite que el polvo se
convierta en protagonista indeseado, y por las imprescindibles pantallas de
video, a fin de que los más rezagados no se pierdan detalle de lo que sucede a
unos metros de ellos. Intuimos que, dentro de las posibilidades, la selección no
defraudará, pero se pueden apuntar nombres que ayuden a configurar el cartel,
respetando de nuevo la máxima de la variedad: Matthew Sweet, The Chemical
Brothers, Neil Young, Nicolette, Lokua Kanza...