Van Morrison, en días como éstos

No es que sea un tipo huraño. El negocio nunca ha ido
con él. Aunque las discográficas tampoco tienen mucho que criticarle. No pueden
vender su sonrisa -nunca la hubo- ni su imagen: sólo tienen su retrato con
cuentagotas.
En lo que realmente importa, su obra, no puede haber
queja. Después de veinticinco discos, el balance es asombroso: su generoso
abanico de sonidos condensa lo mejor de la música negra y las raíces irlandesas,
afirmando una y otra vez su independencia y su intimidad frente a las redes y a
las presiones de la industria y los medios de comunicación. Su palabra está en
sus canciones, y cada disco es una demostración de como mantenerla intacta.
La voz más negra del rock blanco, George Ivan
Morrison, se encontró desde siempre en un mundo extraño, desde que nació en
Belfast en 1945. Influenciado por el soul, el jazz y el rhythm & blues, es uno
de los pocos artistas de rock que pueden exprimir el legado de un estilo
personal y único, de notable influencia en los músicos de varias generaciones.
Después de treinta años, el león de Belfast mantiene
un rugido tan conmovedor como brillante, tanto en sus grabaciones como en sus
apariciones en vivo, casi siempre tan imprevisibles como su carácter. Su
singular voz es capaz de transmitir vibraciones sólo reconocibles en los
cantantes de color.
Sus orígenes musicales se remontan a los primeros
años 60, pisando los escenarios antes de cumplir los quince años. Poco después
formaba parte imprescindible de los legendarios Them, componiendo para ellos
clásicos del rock como "Gloria", "Baby Please Don't Go" o "Here Comes The
Night".
El mundo de las estrellas y los grupos de rock
siempre le fue ajeno al irlandés errante. De ahí que el siguiente paso fuera tan
lógico: enfrentarse sin acompañamiento a sus propios temores. En solitario
llegaron un buen montón de discos, algunos tan imprescindibles como los dos
primeros, Astral Weeks y Moondance, o el disco en directo del 73,
It's Too Late To Stop Now, uno de los trabajos en vivo más inquietantes
que se puedan escuchar.
Todo su repertorio puede ser visto como una unidad,
resultado de un conglomerado de influencias: el mundo celta de sus antepasados,
la expresividad del soul, el desarraigo de un mundo en descomposición y la
inspiración de los poetas visionarios. Tan necesitado ha estado de encontrar un
lugar propio que dio nombre a su propio mundo: Caledonia, un lugar imaginario
donde dejar trazos de su tortuosa vida sentimental y de sus dudas espirituales,
y que también sirvió par dar nombre a una de sus más famosas bandas de
acompañamiento, la Caledonia Soul Orchestra.
Desde el 89 no dejan de llover los clásicos:
Avalon Sunset, Enlightment y el imprescindible doble álbum Hymns
To The Silence, un apasionado recorrido por las calles y las emisoras de
radio que fueron testigos de su adolescencia. A continuación hubo tiempo para el
reencuentro con John Lee Hooker y el blues en Too Long In Exile y para un
nuevo directo A Night In San Francisco. Incluso hizo un hueco el año
pasado para supervisar su propio tributo, No Prima Donna.

Days
Like This
es otra buena muestra de ese estilo único y de la continuidad de
su obra en los 90. Esta vez la estabilidad sentimental se pregona desde la
portada, al lado de la periodista Michelle Roca, su compañera desde el día en
que se conocieron en una entrevista, y en viñetas soleadas como "Perfect Fit",
"In The Afternoon" o el corte que le da título.
En contrapartida, las dudas resurgen y oscurecen el
tono, como en la dulce pero sombría "Underlying Depression" y en la triste "Melancholia".
Entre los surcos también se puede rastrear la reafirmación frente a las dudas
espirituales del pasado y la recuperación del gospel que acompañó parte del
recorrido por los 80, como en "No Religion". Ray Charles tiene un nuevo homenaje
en "You Don't Know Me", un emocionado dueto de Van Morrison con su hija Shana. Y
los clásicos son reincorporados al repertorio con la versión de "I'll Never Be
Free", una canción de los años 40.
Puede que alguna de estas nuevas canciones se haya
sumado ya a la interminable lista de canciones intemporales que llevan su firma.
"Ancient Highway" parece ser aquí la se gana a pulso tal honor. Ocho minutos que
envuelven una confesión espiritual sobre un excelso muro de misticismo celta:
vientos desbocados, un órgano envolvente y coros casi celestiales.