Raimundo Amador, viente años después

Lo menos que se puede decir de él es que ha sido
sincero y consecuente. Sincero por proclamar sus amores y sus defectos a los
cuatro vientos. Consecuente por hacer ni más ni menos que lo que se podía
esperar de él después de tanto tiempo conociéndolo.
Y es que Raimundo Amador ha estado con nosotros
demasiado tiempo, casi sin darnos cuenta, acompañando la banda sonora de la
música de raíces más innovadora durante los últimos veinte años, desde antes
incluso de alcanzar la mayoría de edad.
Veinte años que ha tardado en dar a la luz a
Gerundina, su primer intento en solitario después de que una compañía
discográfica de las importantes -recién implantada en nuestro Estado y con
Raimundo Amador como primer fichaje de aquí- pusiera en él toda su confianza.
Tal era la fe que en él tenían.
Un tanto que se apuntaron conscientes de que no
podían fallar, porque Raimundo Amador es, sin duda, la primera figura del nuevo
flamenco conocido por su nombre y apellidos más allá de los limitados círculos
que se le suponen, la primera figura ciertamente exportable. En la última gira
de Kiko Veneno era él quien recibía todos los aplausos y quien escuchaba su
nombre coreado por cientos de gargantas.
En su haber queda el mejor disco estatal de los 80
según el parecer de buena parte de la crítica, Blues de la frontera,
trabajo que firmó con su hermano Rafael como Pata Negra, grupo que supo dar vida
al flamenco-blues durante la década pasada. O el primer disco de Veneno, un hito
en la transición política y musical.
No era todo. Hay que sumarle su aportación en más de
30 discos de artistas de todos los estilos, en canciones que sin su guitarra
perderían el alma. Que se lo pregunten, si no, a Camarón, Kiko Veneno, Radio
Futura, Los Rodríguez, Rosario, Cathy Claret... Y está también en su haber su
papel como integrante, siempre indispensable, de grupos forjados alrededor de
sus notas: Veneno, Pata Negra o Arrajatabla.
De ahí que no resultara nada extraño que, primero
Chuck Berry, y luego B. B. King, el rey actual del blues, encontraran en él a un
alma gemela, aunque tan distinta fuera su condición. Puede que no lograse
entenderse con B. B. King por la barrera del idioma, pero se comunicaron a la
perfección con sus guitarras en las manos, y uno no deja de hablar maravillas
del otro en cuanto se le presenta una ocasión.

Por eso cuando se supo del comienzo de su aventura en
solitario todo sonó a algo que se había aplazado durante demasiado tiempo, algo
que era inevitable. Gerundina es el resultado, tan cierto como
inesperado. Cierto porque faltaba escucharlo para creerlo. E inesperado porque,
aunque podía intuirse su contenido, nadie podía suponer tal facilidad a la hora
de conjugar elementos tan dispares.
Por supuesto está la guitarra de B. B. King en dos
temas, grabados en una corta sesión en Nueva York. Está la voz de sus amigos
-cantar nunca fue el fuerte de Raimundo Amador-: Andrés Calamaro en "Ay que
gustito pa' mis orejas", el reggae del disco, y Nacho García Vega en el corte
más rock y, tal vez, el más prescindible, "La viciosa de los gatos".
Cuenta con dos productores sin demasiada experiencia
en el mundo del flamenco, Fernando Illán y Arturo Soriano, que no ponen
demasiadas trabas a la expresividad del maestro. Hay hasta seis compositores,
entre ellos el rey del chiste fácil al frente de los Toreros Muertos, Pablo
Carbonell, y la frágil francesa Cathy Claret.
Sorprendentemente, todo casa en un disco de una
pasmosa unidad, en el que se impone la desbordante humanidad de Raimundo Amador,
ésa que le hace declarar sin ninguna vergüenza su amor a su mujer -"Antonia"-, a
su papel de fumar favorito -"Bolleré"- o a su guitarra -"Gerundina"-, según él,
su segundo amor.
El paso está dado y la demostración de esta técnica
tan particular, tocar la guitarra eléctrica como si fuera una flamenca y la
flamenca como si fuera una eléctrica, tiene ya su primer volumen completo. Nos
queda la duda de si el nuevo flamenco está completamente asentado, si tiene un
público propio o si ha logrado cruzar sus fronteras naturales, pero no se puede
dudar de esa realidad llamada Raimundo Amador, veinte años después. Con él, las
dudas empiezan a tener respuesta.