Projecto Mourente, a la felicidad por la electrónica
Empezó como un pasatiempo de Carlos Valcárcel, su factótum, en su habitación. Projecto Mourente editó un primer álbum, Baixo os eucaliptos, como quien no quiere la cosa, sin armar ruido, y poco a poco se fue haciendo un hueco en la escena gallega con su techno-pop bailable. Después se atrevió a dar conciertos. Hoy, con la misma filosofía que antes, pero con mayor repercusión, tiene ya un segundo disco, Kara.o.ke, comparte protagonismo con Yolanda Valcárcel, cuenta con varios invitados y se prepara ya para el directo.
ULTRASÓNICA ARTÍCULO XACOBEO CONCERTOS NOVO MILENIO
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ULTRASÓNICA ARTÍCULO XACOBEO CONCERTOS NOVO MILENIO
Festival
del Xacobeo, ¿nuevo milenio?
Ian
McCulloch, de Echo & The Bunnymen: el mundo tras unas gafas de sol
¿Un gran Festival sin camping? ¿Un gran Festival con sólo cuatro
conciertos cada día? ¿Un gran Festival movido por el dinero público? ¿Un
gran Festival del nuevo milenio sin nombres nuevos? Decididamente, en la esquina
del Noroeste peninsular las cosas son siempre de otra manera. Y no tanto comopara proclamar que es mejor que Glastonbury (Ian McCulloch dixit).
Para los que se subieron al escenario, todo eso era lo de menos. ¿Balance?
Tres días, siete conciertos para recordar, cinco olvidables y otros dos
conciertos interruptus. Curioso, curioso: el mejor instante lo puso,
pasando el Ecuador, el tipo que dio el peor concierto, Lou Reed, que a eso de la
quinta canción se puso a divagar -y encandilar- con sus músicos en el único
momento que se permitió el lujo de invocar a su leyenda.
Lou
Reed perdido en el Gozo
Antes,
el viernes, nos habíamos preguntado por qué unos catalanes desconocidos eran
la única representación estatal -¿amigos de la productora Gamerco, quizás?-
apelando a Dover y Hole. Tras ellos, la hora de The Darkness se hizo larga
incluso entendiéndolos como un chiste.
Iggy
Pop, iguana libre al fin
A
partir de ahí llegaron tres nombres que quisieron reivindicar su momento en la
historia del rock -y del dance-. Iggy Pop salió como si llevara
enjaulado toda su vida, gritando, por si alguien no se había enterado, que
estaba con los fucking Stooges. Así que no había “Lust For Life”,
no. Que 30 años no son nada y “No Fun” fue coreado por unos 50 espectadores
que, con su complicidad, subieron al escenario a robarle el micro, meterle mano y hacerse unas fotos
con él. A la Iguana, el sol de la tarde sólo le inspiraba caos, locura y
reclamar la paternidad del punk.
Mushroom,
de Massive Attack, enredado en la red
Massive
Attack hicieron el mejor concierto que en ellos es posible: elegante, sobrio y
citando tanto al soul como a los experimentos menos complacientes de Radiohead.
Su desconocido instrumental los situó en otra dimensión; por lo tanto, hay
futuro. ¿Y qué se podía esperar de The Chemical Brothers? Que pusieran a
bailar a 25.000 personas, incluso aquellas que nunca han escuchado un disco que
no tenga guitarras. Si es así, cumplieron. Eso sí: vistos una vez, se les
conocen todos los trucos.
Dieciséis
horas más tarde, bien entrado el viernes, Starsailor intentaron que su pop
bonito no quedara demasiado apagado en un gran escenario. ¿Lo consiguieron?
Depende de en qué lado te sitúes. A continuación, la pesadilla sonora de Muse
atronó hasta revolver las entrañas del mismo Monte do Gozo. Triunfo popular y
deserción de bastantes que queríamos dormir sin que se nos apareciera el
fantasma wagneriano de Matt Bellamy.
Matt
Bellamy, de Muse, encantado
de conocerse a sí mismo
Pedir
masajes y baños turcos no debe ser una buena idea. A Lou Reed se le debió
pegar el tufillo new-age, porque salió sin ganas, sin voz, con un
repertorio plomizo y mal interpretado. Masacró “Perfect Day” para
finalizar. Parece que sólo se encontró durante cinco minutos, los justos para
dejar la sensación de que podía haber sido otra cosa. Al principio, escuchar
de la boca de los siniestros “Abuelo, retírate” sólo inspiraban ganas de
contestarles. Al final, hasta se les disculpaba.
Robert
Smith hizo todo lo contrario. Un concierto para todos, repleto de singles,
guiños al respetable, cinco canciones siniestras en homenaje a sus fans y dos horas intensas, muy
intensas. Se ganó el trono del Gozo. Sus padres, entre el público, presumían
de hijo. Él no daba crédito: se dedicó a fotografiar a su contenta y rendida
audiencia.
Robert
Smith, de The Cure, entre las sombras
Difícil
papeleta para el sábado. Y para colmo, el tal Gary Jules que no aparece. A
Amaral, una espectadora más, le ofrecen un bolo acústico improvisado de media
hora. Acepta y canta, entre otras, el “Universal” de Lagartija Nick. Al
final aparece el tal Gary Jules -“un yonkie me ha robado el piano,”
explica- y sólo tiene 20 minutos de margen. Nadie se enteró.
El
esquivo Bob Dylan
Media
hora más tarde, por una esquina sale un tipo con sombrero de ala ancha y gafas
de sol. No mira ni una sola vez al auditorio, no permite fotos, no deja conectar
las pantallas de video. Se coloca detrás de su piano, de
lado, y comienza su particular juego, el de las adivinanzas. ¿Cuántas
canciones de Dylan puede uno reconocer? Cuantas más, más fan se es. Da igual:
las descubras o no, son interpretaciones valiosas, muy cercanas a la raíz
-country, folk, rockabilly, honky tonk...- de lo que nos ha congregado aquí. A
la tercera, Dylan sale con la cabeza alta de Galicia y hasta mira una vez hacia
el anfiteatro al despedirse -sin palabras, faltaría más-.
The
Corrs; ¿de verdad tocaba la batería?
¿Qué
pintaban ahí The Corrs, con su té al limón y sus efluvios de celta light?
Gran interrogante. Su público no fue el del resto del festival, ni tampoco el
que venía a ver a Echo & The Bunnymen. Ian McCulloch siempre arrogante,
pleno de actitud y estilo, jugó de nuevo sus cartas: ese pitillo, esas gafas de
sol, esa americana... Se le notaba suelto y juguetón. Su versión de “Walk On
The Wild Side”, en la que acabó cantando “Rafael Benítez is our coach”
-su entrenador, el del Liverpool, claro-, valió tanto como el 90% del concierto del
autor de aquel clásico un día antes. Presentó “The Killing Moon” como la mejor canción
jamás escrita y dijo aquello de que el Festival del Novo Milenio era mejor que
Glastonbury. Amigo Ian, hubo cosas buenas, pero a veces conviene sacarse las
gafas de sol.