Bienvenidos aFunplex, el primer disco del siglo XXI de los B-52s. “Es rock & roll sexy y potente, con el ritmo y volumen subidos hasta el rosa fuerte”, declara el guitarrista Keith Strickland. Once canciones nuevas y frescas, confeccionadas por la revolucionaria banda que colocó a la ciudad de Athens,Georgia (EEUU) en el mapa musical internacional a finales de los años 70 y que conquistó el mundo con sus inteligentes ganchos con desparpajo, su enfoque no-convencional en el arte de hacer música y su original estilo. “Funplex suena a nosotros, pero actualizado”, añade Fred Schneider. “Son los B-52s ahora, o quince años desde ahora”.
ULTRASÓNICA ARTÍCULO MASSIVE ATTACK Y CHEMICAL BROTHERS EN EL XACOBEO
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ULTRASÓNICA ARTÍCULO MASSIVE ATTACK Y CHEMICAL BROTHERS EN EL XACOBEO
Massive
Attack y The Chemical Brothers, Xacobeo en el cetro del baile
¿Cuándo se le pasó el arroz a la música electrónica? ¿Antes del
cambio de década? ¿Después? Lo cierto es que el gran revulsivo del rock en
los 90 está en horas bajas. Tal vez nunca debió salir del underground
y los clubes -donde aún se mantiene en vigor, pero con nombres ajenos al gran público-,
ya que, una vez que se hicieron con las listas, empezaron a perder su capacidad
de sorpresa y su creatividad.
Contar con The Chemical Brothers y Massive Attack en el Xacobeo puede ser
un motivo de orgullo para Galicia, aunque lejos están de visitarnos en su mejor
momento. Es más: a estas alturas poco grandioso esperamos de ellos ya. Son el
pasado, aunque hay que reconocer que puestos en el cartel al lado de The
Darkness -que gran chiste inflado el de estos tipos-, casi siguen pareciendo el
futuro. Y eso que estamos hablando de dos de los nombres cruciales de los últimos
años. Recapitulemos.
Massive Attack firmaron, en el 91, el gran disco de la música electrónica
de todos los tiempos, Blue Lines, el
álbum que sirvió de acta de fundación del trip-hop.
Su mezcla perfecta de soul, house, funk, hip-hop y electrónica incluía la
canción de mayor pegada emocional de la década, “Unfinished Sympathy”.Cierto es que, con el tiempo, hemos descubierto que Robert “3D” del
Naja, Grant “Daddy G” Marshall y Andrew “Mushroom” -el núcleo del
colectivo- le debían mucho a otros artistas (“Mambo” de Wally Badarou sirvió
de base a “Daydreaming”, “Stratus” de Billy Cobham fue fusilado en
“Safe From Harm”, incluían una versión de “Be Thankful For What You’ve
Got” y se apoyaban en algo más que simples y excelentes colaboradores: Tricky,
Horace Andy o Shara Nelson).
Aún así, aquel debut sigue sonando único. Después llegó Protection
(94), un álbum más meloso, Mezzanine
(98) el disco que, pretendidamente, fundía la electrónica con las guitarras de
Radiohead -y que es su otro disco imprescindible-, y 100th Window (03), un trabajo que sólo contó con 3D y
que manifestaba un cierto desarraigo y desorientación con su tiempo. Massive
Attack siguen siendo únicos en directo, tal y como se pudo comprobar en su gira
del año pasado en Madrid, y para quien no los ha visto nunca su capacidad de
emoción permanece casi intacta.
Si Massive Attack son el grupo de los detalles, del perfeccionismo, de
los ambientes densos, The Chemical Brothers son los amos de la electrónica de
trazo grueso, del gran ritmo, el grupo
que cualquier seguidor del rock puede bailar desaforadamente en un recinto al
aire libre sin tener que pedir perdón. Vamos, pura cazalla electrónica para
las masas, algo en lo que sólo sienten la competencia del bueno de Fatboy Slim.
Sitúate. Como se pudo comprobar en el Festival de Benicassim de casi cualquier
año, el escenario principal arde en llamas con luz celestial y un humo espeso
que va cayendo. Ocasionalmente, la niebla se abre y deja entrever imágenes de
vidrieras, imaginería religiosa, cosas que parecen tan fuera de lugar ahí,
justo enfrente de miles de juerguistas de fin de semana en un descampado al lado
de una carretera nacional. El sonido que sale de los altavoces es un imparable
ritmo de ruido marciano, duro y melódico al mismo tiempo.
Ya son más de diez años de este tipo de recuerdos confusos de noches y días
pasadas sin descanso. Ya son diez años de discos y remezclas; de actuaciones en
directo y de sesiones pinchando. Diez años de monumentales ganchos que
atraviesan los huesos y de pulsantes chispazos electrónicos; de la fuerza de
viajes psicodélicos a través de distintos estados oníricos. Diez años en los
que los viajes mutaron de un rápido recorrido por su país con una caja de
discos, a asombrosas giras mundiales, a festivales por todo el mundo, al abrigo
de la oscuridad.
Tom y Ed le han dado a la música de baile una reconversión cargada de turbo en
cuatro discos que parecen el sonido de una manada de elefantes digitalizados en
estampida sobre un ejército de músicos tocando el sitar. En Santiago oficiarán,
una vez más, su ceremonia psicodélica reclamando el trono que un día, tanto
ellos como Massive Attack, ocuparon.
The
Darkness, cock-rock
La pregunta del millón: ¿se toman lo suyo con ironía o van en serio?
Hasta ahora, no se han pronunciado. Tal vez les convenga, ya que así se ganan a
los medios -como chiste hasta tienen un pase- y a un sector del público rock
mayoritario -huérfanos desde que bandas como Queen, Def Leppard o Rainbow andan
desaparecidas o desorientadas-.
Por increíble que parezca, estos machos que han recuperado el heavy más
exhibicionista empezaron en una banda de techno llamada Empire, pero no se comían
un rosco. Un buen día, en un karaoke de Nueva York, comprobaron que tenían más
suerte interpretando el “Bohemian Rhapsody” de Queen que con sus
trasnochadas canciones de sintetizadores.
El plan maestro se puso en marcha. El vocalista Justin Hawkins debía
copiarle la indumentaria y los leotardos a Steven Tyler de Aerosmith, las pintas
y los saltos a David Lee Roth de Van Halen y el falsete a Freddie Mercury de
Queen; mientras, el resto del grupo debía acompañarle en el reciclaje del
heavy AOR de finales de los 70 y principios de los 80. Acertaron. Su debut Permission
To Land se instaló en el número 1 de las listas británicas en su primera
semana, algo que no pasaba desde que Coldplay hicieran lo propio tres años
antes.
Y ahí siguen. ¿Van de coña o son así? Da igual. Lo que es de juzgado de
guardia es ponerlos en el mismo cartel que The Chemical Brothers y Massive
Attack. Sucede cuando contratas a golpe de talonario y no existe un criterio. ¿Deserciones
en masa hacia las barras de los alternativos? ¿El resurgir del heavy gallego?
Lo veremos.
Muse, Wagner rock
Muse sí se lo toman en serio y hacen gala de ello. Lo mejor y lo peor de
su música es que han llevado el rock a los extremos más grandilocuentes que
uno se puede imaginar, siendo perfectamente conscientes. Es más, es justo lo
que pretendían desde sus inicios.
Algo así como si La cabalgata de las
Walkirias de Wagner, el Carmina Burana
-sí, mira tú por donde aparece de nuevo- de Carl Orff o el Réquiem
de Verdi sonaran todos juntos en un grupo de rock pasado de rosca y a todo
volumen. Vamos, una pesadilla sonora para muchos que, sin embargo, atrae a mucha
otra gente.
Lejos quedan ya los ecos de Radiohead y Jeff Buckley de sus primeras canciones,
cuando se llamaban Gothic Plague, Fixed Penalty o Rocket Baby Dolls. A partir de
ahí Matthew Bellamy, Chris Wolstenhome y Dominic Howard sólo viven para hacer
música estratosférica que los sitúe en la estratosfera. Allí habita su
sonido y de allí bajarán para pasarse por el Monte do Gozo, en un -de nuevo-
desafortunadísimo cartel que los une a Starsailor, The Cure y David Bowie.