Sally Seltmann es prácticamente una desconocida en nuestro Estado. Sin embargo, su debut, The Last Beautiful Day, se editó por aquí. Esta australiana de Melbourne, relacionada con The Avalanches, podría estar jugando en la misma liga que Feist, a la que su música recuerda.
“Algo como una plaga ha aparecido en mi casa.” Con estas misteriosas
palabras extraídas del Levítico, el dueño de una casa se dirige a un
sacerdote al observar una extraña lesión en su morada, en busca de ayuda para
eliminar la impureza denotada por las heridas de la pared. Lo más asombroso de
esta voz es su vacilación, su imprecisión, su incertidumbre. Es raro que
alguien no esté seguro en las Sagradas Escrituras. Pero este hombre no informa
acerca de una plaga en su casa, sino que informa acerca de la creencia de contar
con una plaga en su casa. ¿Por qué? Quizás su temor haya sacudido su
confianza en su mente. Pero también se puede pensar en otra explicación. El
centro de estas palabras, tan desconocidas en el universo bíblico pero tan
familiares en el universo humano, consiste, en palabras de un antiguo rabino, en
“enseñarle a tu lengua a decir: ‘No lo sé’”.
Aquí acaba el midrás o interpretación de Dear
Heather de Leonard Cohen. Pero es precisamente de esa lengua de donde ha
surgido este precioso disco meditabundo. Para los poetas, para los artistas,
para los pensadores, no existe ilusión más peligrosa que la ilusión de la última
palabra. No existe tal cosa como la última palabra, porque en cualquier momento
la luz cambiará, se pasará página, finalizará la caricia, el hielo se
derretirá, la sombra acabará, el cristal se romperá, la noticia llegará: el
mundo dejará de ser como era cuando escribiste, dijiste o cantaste las palabras
destinadas a captarlo, a concretarlo, a fijar su significado de una vez por
todas.
El ideal de la última palabra representa sólo un deseo de ser liberado de la
diversidad y mutabilidad de la vida, poner punto final a la experiencia y la
expresión. Tras la grandiosidad de la última palabra, la gran afirmación, la
imagen final, la conclusión suprema, tras todos esos pareceres y coerciones se
oculta un lastimoso agotamiento y una autoridad engañosa.
Dear Heather
es una réplica a todo ese agotamiento y un rechazo a esa autoridad. Su éxito
se debe a la reducción de su escala. Cohen siempre se ha sentido fascinado por
su propia pequeñez: no se rebela contra ella tanto como lo que se rebela dentro
de ella. Su arte ha sido un largo y estimulante esfuerzo por extraer la
trascendencia de la intrascendencia. Nunca introduce nada grande ni duradero
salvo irónicamente, como si quisiera decir: aquí está lo que sabe él que no
sabe...
Y Dear Heather es un ejemplo perfecto
de esta humildad brillante. Esta vez la forma se ha puesto a la altura de la
filosofía. El disco es un bloc de notas, un cuaderno de recortes, una miscelánea
de ideas y estados de ánimo, de observaciones y diversiones, la declaración
definitiva de la feliz pérdida de interés de Cohen en lo definitivo. El humor
es provisional, lleno de digresiones, incompleto, silencioso, experimental,
generoso, artesanal.
Dear Heather
se ubica en el centro de la obra, en el centro del mundo. Cohen canta, pero no
siempre; a veces deja que sean otros los que lo hagan (especialmente Anjani
Thomas, en cuya voz prodigiosamente maravillosa ha encontrado Cohen al más
angelical de todos sus “ángeles”), y a veces habla, expresando sus propias
palabras o las de otros. Quiere que se preste atención a todo aquello que ama.
Incluso en la tristeza, presenta sus elogios.
El disco se deleita con su propia falta de trascendencia. Ninguna emoción está
libre de su insistencia en la realidad y la belleza de lo ordinario. Tomemos por
ejemplo “On That Day”, la aportación de Cohen al duelo por el 11-S. Con
motivo del “día en que hirieron a Nueva York”, compuso un poemilla. Dos
minutos de duración en los que incluye la imprevista vibración de un arpa judío.
Pero no hay blasfemia en su simplicidad. En absoluto. El tema es profundamente
conmovedor por su rechazo a la tentación de la magnitud, y también por su
argumento de que se puede responder al mal con locura o favores.
Comparemos esta inverosímil conmemoración con las grandilocuentes elegías
provocadas por la catástrofe de Nueva York y recibiremos una lección acerca de
la integridad del dolor. O pensemos en “Dear Heather”, el pícaro tema que
da título al disco. En este caso no es la pena lo que se traduce en el idioma
de lo real, sino el deseo. Una mujer camina junto a un hombre y le anula de tal
forma que debe aprender a escribir de nuevo. Cohen se regodea con la banalidad
de su propia lujuria. Donde antaño hubo angustia, ahora hay estupidez. La
nostalgia perdura, pero la esclavitud ha acabado.
Y las pruebas de la libertad interior están por doquier en Dear
Heather. Una ventana al corazón de un hombre extraordinariamente
interesante y extraordinariamente mortal, un hombre con ganas de fugacidad que
ya se adentra, por imposible que parezca, en los setenta años.