En sus inicios eran un grupo modesto, sin intención de dar muchos conciertos ni de prolongar mucho su vida discográfica. Pero tras su primer álbum, Almost Killed Me (2004), pronto se reveló un grupo de rock de alto voltaje, que trasciende la barrera de la música independiente para llegar a grandes audiencias. Ahora, tras Separation Sunday (2005) y Boys And Girls In America (2006), editan su cuarto álbum, Stay Positive, con el que dejan claro que son los más claros herederos al cetro de Bruce Springsteen. Craig Finn, su líder, se muestra preocupado por hacerse mayor.
ULTRASÓNICA ARTÍCULO CONCIERTO RED HOT CHILI PEPPERS
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ULTRASÓNICA ARTÍCULO CONCIERTO RED HOT CHILI PEPPERS
El
día que vi tocar a los Peppers
Exigían puntualidad y empezaron con algo de retraso. El viento pegaba fuerte
pero Flea no sentía el frío y salió sin camiseta. Crónica de cómo los
californianos Red Hot Chili Peppers dieron un concierto para abrir el verano-Xacobeo.
“Ahí
están”. Ovación ensordecedora. Al escenario del Monte do Gozo salen Anthony
Kiedis, Michael Bazary (Flea), John Frusciante y Chad Smith. Ante 30.000
personas en Santiago de Compostela van a cerrar su gira europea los Red Hot
Chili Peppers. Sólo podía ser un milagro del Xacobeo. La tan cacareada
exigencia de puntualidad no se cumple. Pero da igual. Ahí están.
“Can't
stop addicted to the shin dig...”. La canción dedicada por los californianos
al tratamiento con ozono pone a saltar a todo el mundo y el corazón, a cientos
de metros del escenario, se sale del pecho. Es difícil contenerlo. Son los
Peppers. Son ellos. Has pagado los 28 euros (con la historia de pillar la
entrada por Internet y no sé qué gaitas), has ido hasta Santiago (gracias otra
vez, Edu), te has colado en uno de los autobuses que subían al Gozo (gracias
por el descaro, Evita), has echo cola para entrar en el recinto y el sitio que
has pillado está a cientos de metros del escenario (y gracias).
Pero
son ellos. El “Hola, gente” de Kiedis sabe a gloria. A la chica que portaba
el cartel de “Marry me, Anthony”, a gloria bendita. Se ha vuelto a dejar el
pelo largo, esta vez con flequillo, el cantante de los Peppers. Sale con
americana y corbata. Acabará enseñando su famoso torso. El bajista Flea, que
no siente el frío, lo hace desde el primer momento. Frusciante lleva sus brazos
de tatuajes quemados tapados por una camisa. En medio del concierto, se pondría
un gorro. Mi cartel (que sólo era mental) ponía. “You’re my inspiration,
John”.
Van
cayendo las canciones. Toca repaso de grandes éxitos. La gente corea los hits:
“Californication”, “Otherside”, “By the way”... Para los bises
quedaría “Under the bridge” y “Give it Hawai”. Los orígenes quedan
lejanos. Ya no permanece casi nada de los amigos de instituto (Kiedis y Flea)
que tenían un grupo en el que salían a tocar desnudos con medias tapando lo único
que no querían enseñar del todo. Frusciante era sólo un fan. Sin él, hoy
simplemente no son.
Kiedis canta
muy bien. Su voz suena genial en directo. Quedan en la memoria los ecos de
30.000 gargantas ladrando como él propuso desde el escenario. Es habitual (lo
dicen los DVD). “Mamamaé”, canta. Y todos detrás. Quedan en la memoria las
parrafadas que soltaron. Quedan los esfuerzos de Flea presentando en castellano
una versión de una banda amiga de California.
Queda
él mismo pidiéndole a la gente que perdonase a Bush. “Fuck George Bush”,
le contestaron desde las primeras filas. Queda Frusciante dedicándole “Havana
affair” a Joey Ramone (ahí sí que te ganaron, Marta). Queda Chad Smith antes
de empezar los bises (dos horas clavadas duró el concierto) haciendo de las
suyas en la batería. “Buddy you’re a boy...”. Momentazo.
Pero
los momentos grandes, grandes de verdad, vinieron de la mano de Flea y John
Frusciante. De sus cuatro manos. Uno frente al otro. Solos con el bajo y la
guitarra. Sobrábamos todos. Cómo se aplaude algo así. Yo no sé. Y ahí sí
era oficial: éste era un gran concierto, por encima del montaje audiovisual que
derrapó al principio, por encima del pésimo sonido que iba y venía según
pegase el aire, por encima de pagar los casi 30 euros para cansarse de ver
invitaciones VIP colgadas de cuellos (VIP ¿de qué?), por encima de fuegos
artificiales que sobran (la pirotecnia no hace falta con un grupo como éste),
por encima de los parones entre canción y canción (por Dios bendito si llevan
tres días repitiendo concierto en High Park, ¿qué se comentaban?), por encima
de obviar un guiño como sería tocar “Cabrón”.
Allí
estaba John Frusciante para hacerlo olvidar todo, de rodillas, tocando con los
ojos cerrados, como si no hubiese nada más. No lo había y (casi) no lo hay.