Tras tres décadas fabricando discos y pateándose escenarios, Cave llegó el pasado septiembre a sus 50 años de edad con la misma mirada incisiva de sus grandes ojos, ahora seguramente más serena, y subrayada por un mostacho de bandolero.
40 años de Reseña,
50 años de rock. Aventuras coetáneas y no muy distantes. En estos 50 años,
muchas cosas han cambiado en el mundo de la música popular; otras, en cambio,
permanecen igual que cuando Elvis Presley entró por primera vez en un estudio
de grabación para adaptar las canciones de los artistas de color y cambiar el
curso de la música popular para siempre.
Hoy hay más estilos
que nunca, mas variedad de sonidos, mayor número de artistas, una infinita
cantidad de referencias disponibles si tenemos en cuenta el fondo de catálogo,
los conciertos se multiplican... Y, sin embargo, si sólo reparamos en lo que
reflejan la mayoría de los medios de comunicación y en la tan cacareada crisis
de la industria, podría parecer que estamos viviendo un periodo muy negativo.
Depende de quién y cómo lo mire.
Si en los 50 sólo se
vendía vinilo, y después se le sumó el casete, ahora es el disco compacto -y
los archivos mp3- el modelo predominante en el consumo de música, aunque no el
único, una vez superados otros soportes como las bovinas o el mini-disc.
En ellos se vende o
intercambia una infinidad de estilos que se engloban bajo el epígrafe común de
rock o pop. Seguirles la pista a denominaciones incomprensibles para una mayoría
como shoegazing o drill’n’bass necesitan de un buen
diccionario musical a mano -y los hay, sí-. Muchos se contaminan entre sí y un
consumidor habitual conoce y disfruta de muchos de ellos. En los primeros
tiempos era rock’n’roll y poco más. Sus márgenes se han ido ampliando y
ensanchando hasta lo impensable, y buena parte de sus creadores más
interesantes siguen investigando en esa línea.
Dicen que cada diez años
ha habido una revolución o movimiento importante y crucial en la música
popular. Más o menos, en el 57 triunfaba el rock’n’roll; en el 67 llegó la
psicodelia con el primer verano del amor; en el 77 el punk le dio un
vuelco único a todo lo existente; en el 87, el segundo verano del amor
se extendió con el house -o música de baile-; y en el 97... ¿qué? Más
bien nada, lo que no quiere decir que exista una crisis creativa, sino que está
todo tan fragmentado que es difícil ya que un único estilo acabe por influir y
destacar entre todos los demás.
Si a mediados de los
90, la música electrónica era la gran novedad y la gran apuesta, en los últimos
tres años se ha vuelto a un rock de guitarras que parece más una contraposición
a la música banal que se cuela a través de las televisiones y canales
habituales que otra cosa. En cualquier caso, la creación se ha democratizado
-sobre todo, después del punk- y, si antes era necesario dominar un
instrumento, hoy es suficiente querer hacer música.
Antes,
el valor era del intérprete, mientras que hoy son los pinchadiscos o DJ’s los
nuevos gurus de la modernidad a base de pinchar canciones de otros artistas.
Todo el mundo, además de consumidor, puede convertirse en creador, aún sin
conocimientos musicales, gracias a programas informáticos o, simplemente, a
mezclar discos de otros artistas. Por suerte para la música y su creatividad
-aunque, probablemente, por desgracia para los ingresos de los artistas y su
vanidad-, a diferencia de lo que ocurría en los 60, los ídolos de los jóvenes
ya no son los músicos de rock sino, en gran medida, los deportistas y, más
concretamente, los futbolistas.
Al igual que ocurría
en los principios del rock, siguen existiendo dos tipos de música
predominantes: la que se hace buscando el consumidor masivo, en especial el público
adolescente, y el de los creadores independientes, más preocupados por la
sustancia de su música que por el éxito inmediato. Si acaso, desde principios
de los 80 habría que sumarle una tercera categoría: la de aquellos artistas
que, después de una trayectoria inicial relevante, buscan, con la edad,
acercarse a un público adulto. Los ejemplos serían numerosos: Phil Collins,
Sting, Eric Clapton...
Los medios de
comunicación, preocupados por atraer también a grandes audiencias, han ido
escorando su objetivo hacia el primer tipo de consumidor, con productos que se
dirigen a audiencias masivas y escasas concesiones a la tercera categoría que
citábamos. Eso significa menor presencia en televisión de programas
especializados, incremento de la radio fórmula y escaso índice de lectura de
los medios especializados.
La industria, que se
había mantenido prácticamente inamovible desde principios del siglo pasado, se
enfrenta a su mayor reto, renovarse o morir, debido, principalmente, a la
piratería y a las descargas gratuitas a través de Internet. Hasta ahora se ha
optado por la concentración empresarial aunque, muy probablemente, no sea la
solución. El futuro está en enfocar Internet como una ilimitada promoción y
adaptarse a la venta de música por la red, aunque la mejor estrategia ha sido
siempre la apuesta por nuevos valores, los únicos que pueden asegurar una
viabilidad más allá del corto plazo.
De todas formas, los
artistas más creativos nunca han desaparecido del mapa y se encuentran, en este
momento, en una coyuntura favorable, valiéndose, como ya hacían en los 50, de
los resquicios desaprovechados por la industria. Ellos sí han sabido comprender
las oportunidades que Internet ofrece para darse a conocer. También siguen
existiendo las compañías independientes, al igual que hace cinco décadas,
para promover su música. Y, por si fuera poco, el círculo se cierra después
de 50 años: si en el principio era la canción en single el formato en el que
se comercializaba la música, un soporte que con el tiempo acabó casi por
desaparecer, hoy vuelve a ser la canción, como unidad de venta e intercambio en
la red, el valor de consumo y creación predominante.