ENTREVISTAS
2006
Phoenix, llamadas de larga
distancia

Cuando dicen, It’s Never
Been Like That (“Nunca ha sido así”), lo dicen con convencimiento. “Se
trataba de volver a empezar desde el principio”, declara Thomas Mars, el
fotogénico portavoz de Phoenix, moviéndose torpemente por un mezclador en su
estudio de Versalles. “Se trataba de volver a arriesgarnos otra vez”. Y eso es
lo que han intentado con su tercer disco.
Si precisamente hay el tipo de
frescura pulida que se puede esperar escuchar en un álbum de debut, aunque se
trata del tercer disco de estos cuatro fornidos franceses, existe una razón para
ello. “Lo abordamos como si no hubiésemos grabado juntos nunca. Pero supongo que
no hay cabida para la telepatía musical, así que algo cuajó en esta ocasión".
En realidad, es simplemente una
historia de reiniciar el disco duro. Cuatro jóvenes franceses marcharon hacia
Berlín el pasado verano para canalizar la energía de la última ciudad europea
genuinamente bohemia y para reflejarla a través de su particular enfoque galo.
Tal es la sincronía entre ellos, con un único modo de pensar, que se propusieron
la vertiginosa tarea de grabar sin una sola nota escrita. “Sin ninguna
consideración previa sobre cómo quedaría o iba a sonar”.
Dado que su relación y
amistad se remonta a la época del Instituto, podían permitirse el riesgo.
Entraron en el proceso de grabación determinados a descubrir la energía de una
primera toma. No habría nada del frondoso paisajismo que habían perfeccionado en
Alphabetical, su debut, o en su continuación, United. Esta vez
todo se centraba en la crudeza. “Hay cierta brutalidad en el disco”, declara
Thomas, “que yo mismo me sorprendí de que me gustase tanto e incluso me
sorprendí más de que sonase tanto a nosotros.”
lt’s Never Been Like
That está concebido con una
mentalidad del directo. Si al principio suena alocadamente inmediato, ese vigor
no debería restar mérito a sus canciones. Queda poco ya del estudiado aire de
sus dos inmediatos precursores.
El primer corte “Long Distance
Call” cuenta con una tonificante introducción de guitarra y continúa con una
estrofa de parada-arranque acentuada por uno de esos dibujos de teclado que
Phoenix parecen desempolvar con tanta facilidad de algún archivo de
sintetizadores y balancearlo hacia la modernidad. El estribillo es un desafiante
alegato de su intención de volver a empezar. Había que alertar de alguna manera
al núcleo duro de fans ansiosos por bailar en las primeras filas.
Otros puntos álgidos del disco
incluyen el boyante y primaveral sonido discordante de “Consofation Prizes”,
que hace referencia a su condición de franceses, “Napoleon Says”, y
“Second To None” (“Insuperable”). El disco tiene el entusiasmo saltarín
que los álbumes anteriores de Phoenix sólo habían insinuado. Es conciso y
juguetón.
La alegría musical con la que en
sus dos primeros lanzamientos se les podía ver cambiar entre un nuevo ruido
técnico de hip-hop y una orquestación exquisita, entre oscilantes timbres de
house y acción directa de rock, ha sido comprimida ahora en un sonido más
directo. “Pero se mantiene el espíritu de Phoenix y cómo entendemos lo que la
música pop puede representar”, aclaran.
“Este disco representa una
especie de libertad ganada para la banda y suena a eso. La encontramos nada más
asentarnos en Berlín. Era un enorme complejo abandonado de la Radio Estatal en
el antiguo sector del Este, con la sola compañía de los fantasmas de algo del
espíritu comunista que permanecía en el edificio”. Y ahí consiguieron sacar algo
y preocuparse menos de los intríngulis de su sonido.
Ahora, Phoenix han regresado a
casa en Versalles para ensayar el estreno en directo de su disco más animado y
vivo. “Va a ser divertido”, asegura el líder de la banda, quitándole
importancia, sabiendo que todo el mundo estará más pendiente que nunca de un
grupo que debe dar cuenta de lo que ellos entienden como un renacimiento. ¿Será
así?