Ana Fernández-Villaverde, conocida ya como La Bien Querida, aún estaba hace unos meses descargándose manuales para aprender a tocar la guitarra. Hoy encabeza el que puede sea el proyecto de más proyección de un artista sin contrato discográfico. No muchos la han escuchado, pero todos los que lo hemos hecho hemos caído rendidos a sus encantos. Y para comprobarlo no hay más que pasarse por http://www.myspace.com/labienquerida y descubrirla antes de que esté en boca de todos.
Recapacitemos. Ani Di
Franco, Lisa Germano, Liz Phair, Leticia, Lisa Germano, Lorette Velvette,
Poe, Maria McKee, Aimee Mann, Cheralee Dillon, Beth Orton... Y así hasta el
infinito. La mejor generación de cantautores rock está grabando ahora
sus discos y tiene nombre de mujer. Ellas han tomado las riendas y combinan
los sonidos más agresivos con cierta experimentación. La americana Tracy
Bonham tiene en The Burdens Of Being Upright la mejor prueba, tan
airada como arriesgada.
Tiene 27 años y una
sensibilidad melódica nada convencional. Se llama Tracy Bonham y acaba de
editar su debut para Island Records, titulado The Burdens Of Being
Upright. Sus provocadoras canciones y su chocante sinceridad transmiten
una fuerza extraña para alguien que inició su nueva andadura hace cosa de
unos tres años, después de que su formación durante años discurriera por la
vía clásica, pegada a un violín.
"Para mí cada canción es
una explicación de cada una de esas cargas del título -burdens-, cada
una de esas cosas que no está del todo bien", explica Tracy. "No son quejas,
tan sólo observaciones de la vida, la gente y de mi misma que me confunden,
que me no me parecen correctas o que son pura ironía. "The One" supera lo
que es una mera declaración de amor para convertirse en una declaración de
intenciones y en "One Hit Wonder" quise hablar de la arrogancia y la
inseguridad que discurren por la cabeza del artista".
Nacida en Eugene, Oregón,
Tracy Bonham se empezó a interesar por la música antes de su décimo
cumpleaños. "Primero me atrajo el violín, un poco gracias a las sugerencias
de mi madre, que también es profesora". La elección fue afortunada ya que su
dominio de ese instrumento le dio acceso a una beca para la Universidad del
sur de California.
Aunque nunca dejó de amar
el violín, como refleja el uso que hace del mismo en The Burdens Of Being
Upright, su deseo de adentrarse en el mundo clásico se agotó pronto.
"Sentí que había llegado a un callejón sin salida, y lo que de verdad quería
era crear mi propia música, experimentar todas las emociones que eso
conlleva. Así que cambié de carrera y de costa, y me marché a Boston". Allí,
a la vez que estudiaba voz y violín, empezó a componer con la guitarra y
pronto se convirtió en una habitual de los escenarios de aquella ciudad. "Lo
peor de aquella época es que la primera vez que actué en público sólo me
sabía un acorde, y gracias a que podía tocarlo en todos los trastes", dice
con una carcajada.
Algo de exageración hay en sus
palabras. Sus actuaciones llamaron rápidamente la atención no sólo del exigente
público de las salas de Boston, sino también de los profesionales de la
industria musical que se interesaron por ella justo antes de la publicación de
su primer disco independiente. "Mi primer EP, The Liverpool Sessions, fue
publicado por Cherry Discs, y en el 94 apareció el tema "The One", que ahora
recupero en mi primer disco, en una recopilación llamada Girl.
Suficiente como para hacerse
con los primeros premios musicales de Boston del año 95 en categorías como
artista revelación, single y vocalista femenina. "Fue gratificante
obtener semejante respuesta pero también fue agotador, porque me obligó a
avanzar a toda velocidad para que la situación no me superara. Me ayudó a ser
mucho más decidida y a estar más segura de mi misma".
Esta confianza no es una
novedad absoluta en el repertorio de Tracy Bonham, como demuestra su canción
estrella, "Mother, Mother", una de las primeras que escribió. "Parece una carta
abierta y, en alguna medida, lo es. No pretendía meterme con mi madre
concretamente, pero creo que esa canción describe algo por lo que pasa todo el
mundo al ir creciendo", dice confiándose abiertamente. "No se la enseñé a mi
madre inmediatamente. No quería herirla. Pero, cuando en un viaje a casa vio en
mi cuarto las cintas con el título, se asustó y no tuve más remedio que
dejársela escuchar. Le alivió ver que la canción trataba más de mí que de ella".
Si bien el tema de esa canción
es evidente, hay otras en las que explora terrenos más movedizos. "Sí. Por
ejemplo "Navy Bean" es la descripción de la manipulación que sigue a un
desafortunado lío amoroso. "Sharks" tiene cierto aire de fábula: empieza como si
fuera una canción de cuna y avanza hacia un clímax en el que caben preguntas
sobre la vida y la muerte. Y "Brain Crack" tiene un aire psicodélico que acentúa
la impresión de trastorno psíquico que le quisimos dar".
Puede que tenga bastante que
ver con ello la astuta producción de Sean Slade y Paul Kolderie, gente que ha
trabajado con Hole, Radiohead o Morphine, y las mezclas de Tom Lord Alge, que
también tiene su experiencia con bandas como Live o American Music Club. Las
canciones ganan en tensión dramática, pasando rápidamente del susurro al grito
y, de nuevo, a la placidez. "Quizá es que nunca me molesté en aprender las
reglas de la composición de una canción. Yo no me paro a pensar si una canción
debe ir en una determinada dirección u otra. Me limito a dejar que la canción me
lleve a donde quiera llevarme". A juzgar por el paisaje hechizador de "The
Burdens Of Being Upright" no sería mala idea hacer lo mismo al escucharlo.