Alison Sudol habita un vívido mundo imaginario poblado por canciones de sirenas y marineros, criaturas sin visión y frágiles águilas caídas, un lugar en el que los casi amantes y los sueños entonan una melancólica despedida musical. Y en One Cell In The Sea (Una celda en el mar), Sudol deja que el oyente se introduzca en ese mundo a menudo fantástico, revelando su vida interior a través de canciones como dijo una publicación “cargadas, encantadas y hermosas”.
Festival
de Benicassim, casi cualquier año. El escenario principal arde en llamas con
luz celestial y humo espeso que cae. Ocasionalmente la niebla se abre y deja
entrever imágenes de vidrieras, imaginería religiosa, cosas que parecen tan
fuera de lugar aquí, enfrente de miles de juerguistas de fin de semana en un
descampado al lado de una carretera nacional. El sonido que sale de los
altavoces es un imparable ritmo de ruido celestial, al mismo tiempo
martilleantemente duro y absolutamente melódico.
El
recinto está a rebosar con público con la mente retorcida cada vez más por un
día de sol glorioso. El tema que suena es “The Private Psychedelic Reel”,
una señal de que la actuación en directo de The Chemical Brothers está
terminando, fundiéndose, no apagándose. En cuanto llegue al final, veinte mil
personas se soltarán, se quedarán libres para salir corriendo en la noche a
intentar encontrar algo que hacer que iguale la intensidad de lo que acaban de
ver.
Ya
son diez años de este tipo de recuerdos confusos de noches y días pasadas sin
descanso, vagas recolecciones de pistas de baile o salas de conciertos o
recintos de festivales. Ya son diez años de discos y remezclas; de actuaciones
en directo y de sesiones pinchando. Diez años de monumentales ganchos que
atraviesan los huesos o pulsantes chispas electrónicas; de la fuerza de viajes
psicodélicos a través de maravillosos estados oníricos. Diez años en los que
los viajes mutaron de un rápido recorrido por su país con una caja de discos,
a asombrosas giras mundiales, a festivales por todo el mundo, al abrigo de la
oscuridad.
Hace
ya tanto tiempo desde que Tom Rowlands y Ed Simons hicieron por primera vez un
disco, el mismo tiempo desde la primera vez que hicieron girar los platos en su
nativa Manchester y decidieron llevar las cosas más allá. Durante todos esos años,
a través del britpop, pasando por años de barbecho de la música de
baile, a través de recuperaciones del blues e ídolos de pop, Tom & Ed le
han dado a la música de baile una reparación cargada de turbo; han hecho música
psicodélica moderna que retaba al seguidor curtido tanto como al oyente casual,
al chaval en la pista de baile pidiendo más a gritos o aquel que ha sintonizado
el dial de su radio algo semejante al sonido de una manada de elefantes
digitalizados que marchan en estampida sobre un ejército de músicos tocando el
sitar.
Han
sido numerosos discos y remezclas, incontables actuaciones en directo y sesiones
de DJ en pubs, clubes y estadios como The Chemical Brothers, que bien se podría
decir ya que se convirtieron en la fuerza que más ha hecho por acercar la música
de baile a las masas.
Hace
diez años, Tom y Ed se habían mudado de Manchester a Londres. Tras haber
empezado pinchando discos en pubs, se pusieron a trabajar en un estudio casero
bajo el nombre de The Dust Brothers, robado temporalmente a los productores
americanos. Inicialmente incitados por no ser capaces de encontrar discos con la
cantidad suficiente de ritmo, perfeccionaron un sonido en el laboratorio que
luego probaron en un puñado de remezclas.
Lo
que es más importante, poseían también unas cuantas copias de la canción
“Song To The Siren”. El disco, su primer single, sonaba diferente a
cualquier otra cosa que hubiese en esa época: era todo girantes derviches y
tremendos cambios de ritmo, como una tormenta de arena saliendo de los
altavoces. Aún más golpe de martillo fue “Chemical Beats”, su segundo
disco, que caló en una inesperada gran cantidad de público a principios de
1994. Un incesante riff ácido que sonaba como un pedal wah-wah fuera de
control, sobre un castigador ritmo de batería, lo convertía en un disco tan
gloriosamente hedonista que era casi como si portase mensajes subliminales de
control que no te soltaban hasta rematar el agotador ritmo.
Además
de esto, Tom y Ed fueron un paso más adelante con una serie de conciertos -al
principio sólo 20 minutos- que retumbaban por los altavoces de un club nocturno
como un terremoto rítmico. Sólo fue cuestión de meses, tras algunos primeros
pasos sin pretensiones, ya estaban teloneando a bandas como Underworld y The
Prodigy, antes de dar el paso decisivo y ser cabeza de cartel en salas más
grandes como el Astoria de Londres.
A
lo largo de los meses de verano del 94, Tom y Ed se pasaron los días laborables
encerrados en un estudio del Sur de Londres y los fines de semana pinchando,
tocando a todo volumen los frutos de los últimos cinco días de trabajo en una
cabina de un pub en el centro de Londres. The Heavenly Sunday Social tuvo la
gran suerte de escuchar por primera vez la mayor parte de Exit Planet Dust,
su primer álbum. El álbum fue tan importante en los años del britpop como Definitely
Maybe, la otra cara de la moneda.
El
resto, como sus cuatro discos, es historia, y, sobre todo, historia
imprescindible de la música de baile. Ahora, diez años después de “Song to
The Siren”, algunas de sus mejores canciones se recopilan en Singles
’93-‘03. Desde aquellos primeros singles, diseñados casi para reventar
altavoces, hasta temas más psicodélicos (“Star Guitar”, “The Golden Path”),
la carrera de Tom y Ed se ha condensado en un álbum que más que una guía para
principiantes es una serie de discos que sabes que quieres escuchar, cada
semana, en ese momento de la noche del viernes noche en la que sales.
Sí,
se trata de una colección de discos que van más allá de la cultura de baile y
se adentran en inexplorados reinos de experimentación sónica, llevándote a
lugares tan lejanos de los sótanos de los pubs donde empezaron, incluso de los
descampados de Benicassim o de las montañas de Japón, donde son venerados.
Lugares a los que querrás ir.
El
quinto álbum de estudio de The Chemical Brothers se espera para el 2004. Mejor
que empieces a ejercitar tu imaginación ahora, porque el viaje continúa…