“Este álbum, Viva La Vida or Death And All His Friends, estuvo impulsado por un deseo de pasar del blanco y negro al color”, declara Chris Martin el líder de Coldplay. “O, si quieres verlo de otra forma, decidimos dejar que nuestro jardín creciese un poco más salvaje. Se liberó al sabueso de su cadena”.
La década de los noventa, un auténtico trampolín para las músicas del
mundo de cara al siglo XXI, ha traído para la música brasileña el impulso de
nuevas formas y valores necesario en aras de la renovación de un género que ya
había visto momentos de trascendencia capital.
La revolución de la bossa nova, capitaneadapor Antonio Carlos Jobim y Vinicius de Moraes a partir de finales de los
cincuenta y primeros sesenta, así como el tropicalismo, conducido por Caetano
Veloso y Gilberto Gil durante los setenta, se habían quedado fijados de tal
forma en el subconsciente colectivo que cualquier evolución posterior tenía
que tomarlos como referente obligado.
Son aquellos unos nombres que, a través de los años, han convivido con
otros clásicos como Joao Gilberto, Gal Costa, Jorge Bem, Chico Buarque o Milton
Nascemento, entre otros, y que, a su vez, han seguido estando siempre presentes
y en la mente de las nuevas generaciones cuando comenzaron a grabar y actuar.
Así,
en los últimos años, una nueva hornada de músicos, receptivos a todos
aquellos referentes, pero sobre todo conectados a la realidad más inmediata,
han proporcionado una nueva dimensión al tratamiento de la música popular.
Todos han contribuido a mantener intacta la tradición al tiempo que conectaban
con el lenguaje pop internacional, propiciando un espectacular resurgimiento de
la música brasileña.
Pensemos
en la voz de Marisa Monte, el carisma de Carlinhos Brown o el discurso de Chico
Cesar. Recordemos, también, la irrupción de figuras como Zeca Baleiro, Rosa
Passos, Daniela Mercury, Fernanda Abreu, Lenine, Belo Velloso, Margarita
Margareth Menezes, Marina Lima, Rita Ribeiro, Daúde, Mónica Salmaso, Chico
Science & Naçao Zumbi...
Entre
aquellas cantantes introducidas recientemente en nuestro Estado se encuentra
Silvia Torres, mujer de mirada directa y gesto apasionado, que acaba de publicar
su primer disco de resonancia internacional, Silvia
Torres.
En
el cómputo de su carrera, éste es su quinto disco, aunque según ella viene
declarando se trata del primero de una nueva vida. Una consideración motivada
por el hecho de que sus trabajos precedentes no eran más que recopilaciones de
sus participaciones como intérprete en un trío eléctrico por las calles de
Salvador de Bahía durante el Carnaval, intervenciones en las que diferentes
artistas se pasean durante días cantando encima de escenarios ambulantes, entre
cientos de miles de personas, por pura diversión y a la espera de que alguien
reconozca su talento.
Nacida en Bahía y pariente lejana de Astrud Gilberto –la mítica
cantante de “A garota de Ipanema”-, Silvia Torres tiene detrás un lustroso
pasado como parte del grupo de rock brasileño Mar Revolto y como acompañante
de figuras como Gilberto Gil o Carlinhos Brown, en este caso dentro de la
agrupación Acordes Verdes, el grupo de Luz Caldás.
Para el disco con el que comienza su nueva etapa, Silvia Torres ha tenido
claro que era necesario una alianza con alguien más para garantizarse a ella
misma que no daba un paso en falso en este momento decisivo de su trayectoria.
De ahí la participación como productor de su antiguo compañero Carlinhos
Brown, siempre más proclive a colaborar con sus colegas que a dar impulso a su
propia carrera. También ha contado con el respaldo del gobierno del Estado de
Bahía, elemento clave para dejar definitivamente de lado las canciones de
carnaval y exponer un concepto personal, escogiendo las canciones, el productor,
los arreglos e incluso los músicos.
En esta colaboración, Carlinhos Brown ha sabido dejar claro el caudal de
seducción que atesora la música bahiana y que tan perfectamente ha sabido
interpretar Silvia Torres. Sensualidad, cadencia y ritmo son elementos que
definen este disco, en el que la voz otorga luminosidad y escalofrío a los
textos que pasan por su garganta.
Junto a canciones del Recônvaco de Bahía, zona de mar de melodías
inocentes, ritmos cadenciosos y sensualidad desorbitada, como “Ao a da mina
doce”, se incluyen otras procedentes del Sertao, el interior seco y pobre del
mismo Estado, en tonos más graves, a medio camino entre el dolor y la
esperanza.
La bossa miniaturista se combina con el samba de autor en canciones
provistas de grandes hallazgos melódicos, brochazos de percusiones con
trasfondo místico e invitados tan relevantes como Oscar da Penha, “Batatinha”,
que falleció a los 72 años, poco después de poner su arte en este disco
regalando el tema “Para todo efeito”. Así, su tratamiento, en clave acústica,
casi artesanal, sin alardes tecnológicos, se convierte en su mayor acierto.
Si Elis Regina era pura fuerza, Maria Bethania puro carácter, Gal Costa
la reina de la elegancia y Marisa Monte se sitúa como la nueva diva de la música
brasileña, entonces Silvia Torres encarna la mejor representación posible de
la sensualidad bahiana.