Por fin se edita un álbum en directo de Dominique A, Sur Nos Forces Motrices, un disco que podemos considerar además un ‘grandes éxitos’, un disco con toda la energía descomunal que transmite su directo. Éste ha sido un proyecto largamente madurado que sólo ha podido llevarse a cabo después de quince años de carrera y en el que colaboran Olivier Mellano a las guitarras eléctricas; Jérôme Bensoussan a la trompeta, trombón, clarinete y baterías; David Euverte al teclado; y Daniel Paboeuf a los saxofones.
Cuando
Marvin Gaye falleció en 1984, había dejado detrás uno de los legados más
importantes del pop y, por extensión, de la música del siglo XX. Más que un
brillante vocalista y un sutil compositor, fue un visionario, un artista
revolucionario que expresó el sino de los tiempos al mismo tiempo que rompía
moldes y creaba nuevas formas. Fue radical y romántico a la vez, un cantante
que se había creado a sí mismo con un instinto nato para la revelación
autobiográfica.
Tuvo el talento único de convertir a sus oyentes en confidentes, de
hacernos sentir su presencia inmediata. Su aura combinó esencias espirituales y
sensuales. En su música, la combinación hizo maravillas; en su vida personal,
los dos extremos chocaron. Tuvo éxito al traducir sus contradicciones en música
compleja y hermosa. Hoy, más que nunca, aquella música habla a nuestros
corazones con la máxima urgencia. Es música de valores permanentes, y eso es
algo que la colección editada recientemente, Abthology, The Best Of Marvin
Gaye –uno más en su extenso repertorio de recopilatorios- nos ayuda a
recordar y comprender.
Marvin Pentz Gay Jr. –la “e” la añadió a su apellido al entrar en
el negocio musical- había nacido en 1939 en el estado de Washington. Su vida
familiar fue determinante: su padre era un predicador y la mujer con la que se
casó, Anna, no era otra que la hermana de Berry Gordy, el fundador del sello
Motown. Como el mismo reconoció, en la iglesia aprendió el gozo esencial de la
música y con Motown forjó el grueso de su gloriosa carrera.
Aunque creció en una generación conformista, Marvin Gaye era todo lo
contrario: un poeta concienciado, un artista anti-autoritarismo, tímido pero
ambicioso, delicado pero temeroso, reflexivo y serio. Comenzó como batería de
sesión pero muy pronto se encontró cantando al frente de varias formaciones.
Se veía a sí mismo como un baladista al estilo Sinatra y estaba decidido a
oponerse a la maquinaria del sello Motown.
Sus primerizos intentos con material del tipo Nat King Cole fracasaron,
así que pronto cedió e inició el mismo recorrido que los otros artistas de su
discográfica. Con el ramillete de productores de la casa no tuvo ningún
problema para hacerse popular. El espectro de sus primeros éxitos era amplio:
de las locuras bailables como “Hitch Hike” a canciones empapadas de raíz
gospel como “Can I Get A Witness”, de la caprichosa “Ain’t That
Peculiar” a la desarmantemente sincera “How Sweet It Is (To Be Loved By You)”,
Marvin Gaye se estableció como un solista, incluso cuando comenzó una serie de
celebrados duetos con Mary Wells (“What’s The Matter With You Baby”), Kim
Weston (“It Takes Two”) y, sobre todo, Tammi Terrel.
Aún hoy, el equipo que formó con Tammi Terrel es el estándar con el
que se comparan todos los duetos soul. Con Tammi Terrel, Marvin Gaye
interpretaba el papel del amante sensible y entregado. Su estilo vocal nunca
hostigaba, pero tampoco era arrollado por el de la mujer amada. Amantes sólo en
la ficción de sus canciones, crearon la verosimilitud del romance perfecto.
Mientras su país se estremecía por la Guerra del Vietnam, mientras los
disturbios raciales estallaban por todas partes, aquellos duetos se convertían
en una buena excusa para escapar de la realidad.
Marvin Gaye era, entonces, un maestro de la ensoñación. Aquellas
canciones –“Ain’t No Mountain High Enough”, “Your Precious Love”,
“If I Could Build My Whole World Around You”, “Ain’t Nothing Like The
Real Thing”, “You Are All I Need To Get By”- todavía emocionan. Cuando
Tammi Terrel sufrió un colapso en los brazos de Marvin Gaye, durante una
actuación en el verano del 67, la fantasía terminó. Ella murió de un temor
cerebral tres años más tarde y nada volvió a ser igual.
Ahí fue cuando Marvin Gaye se puso en la piel de su hermano, un veterano
de guerra de Vietnam que regresaba a la confusión de la vida americana y, entre
1969 y 1971, escribió el que aún hoy es considerado por muchos el mejor disco
de la historia del pop, What’s Going On.
Esta suite auto-producida fue escrita desde un punto de vista inequívocamente
afro-americano, al tiempo que recogía la identificación de su autor con las
ideas más perdurables de los hippies de la época y se inspiraba en los valores
cristianos. Además de encarar temas de índole ecológico, social o espiritual,
Marvin Gaye también rompió todos los moldes previos al grabar y repetir
infinitas veces su voz. En lugar de un Marvin Gaye, se podían escuchar tres o
cuatro a la vez; mientras fijaba una armonía, cada voz –su falsetto, su tenor
suave, su gruñido- reflejaba un estado de ánimo diferente.
Aún hubo nuevos hitos, como Let’s Get It On o Here My Dear,
hasta la resurrección triunfal en el 83 con Midnight Love, justo un año
antes de ser asesinado por su padre con la pistola que él mismo le había
regalado. Por fin los continuos roces entre los dos, marcados por el temor, los
celos, el abuso de sustancias químicas y una fuerte carga autodestructiva por
parte de ambos, encontraron un final, liberando a aquella voz de ángel atrapada
en un cuerpo de hombre.
Más de tres lustros después de su desaparición, las contradicciones
que le acompañaron en vida continúan. Elementos de discordia y armonía aún
resuenan en su música en forma de dulces oraciones. Cuando cantaba, los
demonios que tiranizaban su alma eran puestos bajo control y se les hacía
formar parte de su elevado código de belleza. Había conseguido, en fin, lo que
Oscar Wilde llamó una “espiritualización de los sentidos”.